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ABC DOMINGO 20 11 2005 Los domingos 63 alternaba con la propia de un teatro cuyas candilejas alumbraron a numerosos artistas, especialmente folclóricas, que echaron el resto en el proscenio palatino. Dice Flora que es la joya de la construcción. Y sueña la historiadora con llevar a cabo el proyecto de restauración que arranque de sus paredes las telas color dorado que se colocaron en 1950 y que cubren frescos pompeyanos, o la pintura color crema con que se taparon las imperfecciones de los elementos decorativos que esperan ser devueltos a su lapislázuli original. Detrás del palco, las catas en el entelado ya dejan ver las pinturas. Ahí la sillería es tosca y robusta, por mucho que sea de Alfonso XII. Una herencia en el Palacio Real En los almacenes del Y la función se acabó. Después de aquel 20 de noviembre de 1975 en que Franco, al fin, no murió en su casa, sus habitaciones de El Pardo se desmantelan. Fuertes de Villavicencio, que fue el jefe de la Casa Civil del generalísimo, seguiría al frente de Patrimonio Nacional hasta 1981- -siempre se dice que éste fue el último lugar de la administración al que llegó la democracia- -y muchas cosas que había albergado la residencia privada o bien van a parar a la basura o se guardan, como algunos retratos y otros objetos que le habían regalado, en unas dependencias destinadas a almacén en el Palacio Real de Madrid, que pocos han visto en su nueva disposición dada la animadversión a permitir tales tipos de visitas ante la sospecha de que alimente viejos fantasmas. El caso es que se conservaron porque no fueron pocos quienes pensaron tras 40 años de franquismo en que llegaría el día de convertir en museo aquella herencia que nadie había querido llevarse por ser su valor crematístico de prácticamente cero. También la mano incorrupta de Santa Teresa fue devuelta a su convento de la Merced, en Ronda, una clausura que hoy permite la contemplación de la reliquia en horario de mañana y tarde, según nos precisa una de las hermanas, quien explica que Franco la tuvo prestaílla porque con su devoción concede muchas gracias Una atracción que entre el morbo, la curiosidad y la fe hace incesante la peregrinación. Como a El Pardo. Desde la plaza del Caudillo de este distrito madrileño, y a dos días del XXX aniversario de la muerte de Franco, se divisan por la entrada de visitantes grupos que aguardan la hora de apertura. De aquel cazadero que levantara hace 400 años Enrique el Doliente, a los 45.000 visitantes que cada año recorren el real palacio sólo les es posible percibir el foso medieval que lo circundaba; del paso de Franco, la sensación perturbadora que tamiza el pragmatismo de nuestro 2005: ¿y para vivir de ese modo ganó una guerra? La impresión del último visitante. La historia vista con unos ojos de veinte años. El salón de consejos, sobre estas líneas, antiguo comedor de gala de Carlos III. En primer término, el sillón isabelino donde se sentaba Franco, bajo el fresco España y los leones que simbolizan el poder. A la izquierda, el teatro de corte, donde el generalísimo veía cine y asistía a actuaciones por añadidura, frugal, debido los regímenes a los que se sometía el general, y con él, por extensión, al resto de la familia, para contrarrestar los efectos secundarios de su vida sedentaria. lunetas de Juan Gálvez; tapices de Goya y Bayeu en las paredes, un jolgorio de majas y chisperos. El despacho oficial era el comedor de diario de Carlos III, amueblado con magníficas piezas de principios del XIX, y en donde, entre los dos bargueños decorados con cristal eglomisé, se cuenta que se fotografió la rúbrica de sentencias de muerte, mientras en el frente lucían los tapices del archiduque Alberto y sus batallas en Flandes; el retrato de Isabel la Católica, de Juan de Flandes, y en el vano de la ventana un gran globo terráqueo, propiedad de Francisco Franco, que debió tener mucho trajín a la vista de su estado, con letras desvaídas y hasta arrancadas. Por toda la sala se reparten fotografías dedicadas por los jefes de Estado que se han hospedado en el Pardo agradeciendo la impecable hospitalidad recibida. Y justo detrás, su despacho privado, donde se guardan varios teléfonos de aquellos años sesenta y una radio. Tras su mesa, una ventana y un armario empotrado forrado en madera, lleno de cajones; y al frente dos puertas, una que comunica con su cuarto de baño y otra con la biblioteca. El aseo para su uso privado, y que debe permanecer tal cual lo dejó, es una diminuta estancia de azulejos color chocolate con leche, provisto de un mingitorio, una banqueta, un lavabo, una repisa de cristal amarrada a la pared con dos abrazaderas, y un espejo, sujeto de idéntica forma, sin ángulos rectos y desconchado por los bordes, sobre el que cuelga a modo de aplique una lamparita poblada de desangeladas lágrimas que acaban por rematar lo siniestro de la estancia. Sin duda, un cuarto más propio de una pensión de quinta que del despacho de un jefe de Estado. Pero que, a la vista está, a su único usuario no incomodaba. También dio buen uso al teatro de corte, único en los palacios españoles, de estilo neoclásico, diseñado por Isidro González Velázquez a principios del XIX con un aforo para cien personas. Franco lo convirtió en sala de proyecciones- -de hecho se conservan en un cuarto los reproductores que utilizó el dictador para ver cine- función que España y los leones del poder Una vida que transcurría en gran parte entre el salón de consejos, antiguo comedor de gala de Carlos III, situado en la zona de los austrias, la de mayor solera; el despacho oficial, eje central del palacio, inmediatamente anterior a su despacho privado, y la biblioteca, literalmente ocupada por anuarios estadísticos y censos, entre los que encontramos un Estudio sobre la emigración española En la primera de estas estancias se observa a la cabecera de la mesa el sillón isabelino en que se sentaba Franco- -debían ser su debilidad porque tenía otros tres- -frente a la sillería magnífica de los Talleres Reales en que se sentaban sus ministros. En el techo, España con los dos leones que simbolizan el poder, las cuatro virtudes, y las regiones españolas en las Cuesta hacerse a la idea de que el hombre que había ganado la guerra escogiera para vivir la peor zona del edificio, de espaldas a la reserva natural del monte, con habitaciones interiores, y, además, orientadas al norte