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ABC DOMINGO 20 11 2005 Los domingos 61 La reivindicación de una época: Cuando la economía dio un salto cualitativo V. R. De la figura de Franco quedan hoy tres o cuatro cosas que son las que ya no se pueden discutir. La primera, -desglosa Luis Suárez Fernández, Premio Nacional de Historia 2001, académico y presidente de la Hermandad del Valle- -es el retorno a la Monarquía, porque había grandes vacilaciones en aquel momento y, sin embargo, él se mantuvo bastante firme desde el principio en que la reparación de España lo exigía. Y sin Monarquía, seguramente no hubiéramos tenido la transición. El segundo aspecto fue el cambio económico que una serie de economistas jóvenes en aquel momento, y hoy grandes figuras como Fuentes Quintana o Velarde, tuvieron la oportunidad de dar desde el proteccionismo a la apertura, lo que trajo consigo un cambio que es más persistente de lo que a primera vista parece y que trajo el refuerzo de la clase media. La otra cosa importante que no sé yo si ahora no la estamos perdiendo- -lamenta- -fue el acercamiento a EE. UU. Porque España había vivido durante el siglo XIX y los primeros años del XX demasiado pendiente de Inglaterra y de Francia, y entonces se produce el cambio sobre todo a partir de 1947, el dar preferencia a una relación con EE. UU. que, a fin de cuentas, es el que va a ejercer la hegemonía en el mundo Más que su figura- -apunta el historiador- yo preferiría reivindicar la época de Franco, porque fueron dos generaciones. En ese periodo se creó una especie de tregua en las luchas políticas que permitió a gente de muy diferente manera de pensar y también de muy distinto origen contribuir a la reconstrucción de una España que estaba en ruinas y que hoy está en una situación bastante favorable. Pese a todo, hoy pesa más la posición de los detractores de Franco, pero nos va a ocurrir como en otras muchas circunstancias históricas en que el tiempo va recuperando poco a poco las cosas y se verá cómo ocurrieron en realidad, es decir, con sus virtudes y sus defectos, como en todas las épocas. Porque lo peor que nos puede ocurrir es que convirtamos un trozo de nuestra historia en una especie de bandera de combate para las luchas políticas que en nuestros días se están dando. Entonces sí que habríamos hecho muy flaco servicio. Yo pido a Dios- -confiesa Suárez- -que nos ayude a superar todas estas cosas MEMORIA DIVIDIDA JULIO ARÓSTEGUI Director de la Cátedra Complutense Memoria Histórica del siglo XX Arriba a la izquierda, la imagen ecuestre de Franco convertida en sugerente instalación urbana junto al Centro de Arte Reina Sofía. Debajo, el Valle de los Caídos, emblema del régimen y objeto hoy de encendidas discordias. Sobre estas líneas, pupitre de la etapa de la Formación del Espíritu Nacional y botellas de cosecha nostálgica a la venta en Casa Pepe. fuerzas interiores del franquismo colaboraron activamente en la propia transformación Quitar estatuas es franquista Para De Miguel, quitar estatuas, paradójicamente, es totalmente franquista. Es rescatar la teatralidad de la dictadura para manejar la sociedad. Igual que el bando que ganó la guerra sembró el país de plazas del Caudillo, ahora se va al lado contrario con el mismo propósito excluyente. Y aún quedan otras secuelas negativas de la etapa, como esa cultura autoritaria que se traduce en el tirón oligárquico de los partidos, por ejemplo, o el hecho de que todavía esté bajo sospecha la mismísima libertad de expresión Por último, menciona otro síntoma de que ha habido cambio sin trauma: El salto adelante hacia una economía moderna se produjo en el franquismo En todo caso, distancia sí es olvido entre los jóvenes. Irene, nacida en 1983, terminará este año la carrera de Derecho y hasta ahora acumula unas calificaciones sobresalientes. Se somete, desganada, a un pequeño test a la prueba del algodón No consigue recordar el nombre de aquel hombre lloroso que salmodiaba en blanco y negro la noticia de la muerte de Franco. Conoce la escena por algunos documentales y por recurrentes parodias televisivas. Tampoco sabe explicar qué fue exactamente el proceso de Burgos. Del Al alba de Aute hemos pasado al in albis os cincuentenarios, centenarios y otros cumplimientos de edad histórica (particularmente cuando sus años son cifras terminadas en cero o cinco) son acogidos con especial fruición en este país por historiadores especializados en efemérides, periodistas, autores y editores y aparatos culturales y mediáticos. En este panorama, un aniversario de treinta años no debería ser especialmente significativo. Sin embargo, el que ahora se rememora lo es. Se incluyen en él eventos tan decisivos de nuestra historia reciente como la muerte del general Francisco Franco, la proclamación como rey de Juan Carlos I y el comienzo de la andadura, al menos formal, de la celebrada transición política (posfranquista) El porqué de la resonancia de este aniversario menos redondo que otros, particularmente en lo que se refiere a la muerte del antiguo Caudillo y los interrogantes sobre su legado, su memoria y, en definitiva, la huella de su obra en la España de hoy, no es difícil de explicar. Y es que no se basa en la potencia rememorativa de los treinta años, sino en que ese lapso temporal marca, más o menos, el preciso para el relevo generacional. Al comenzar el siglo XXI, la generación central en la vida española no es ya la que hizo y vivió la transición. Es, justamente, la genera- L ción siguiente. Y, lo que es más importante, es aquella que, o no conoció de hecho a Franco y su régimen, o tiene de él sólo un recuerdo infantil o tempranamente juvenil. Por esto, la imagen de Franco y su tiempo es la que percibe hoy la opinión pública española de forma más encontrada y divida, mucho más sujeta a disputa que la de la guerra civil (imagen negativa) la reinstauración de la Monarquía (positiva) o la transición (mayoritariamente positiva) La memoria de Franco es la que más confrontación provoca hoy. Y lo va a seguir siendo, seguramente, durante el transcurso, al menos, de una generación, porque el periodo dominado por su figura fue claramente ambivalente. Mayoritariamente los españoles lo ven como época de oprobio, pero no escasean quienes la entienden como de progreso. Y, en cualquiera de los dos casos, el responsable de ello es siempre la persona misma de Francisco Franco. La memoria va siempre ligada a las condiciones históricas del tiempo en que se rememora y no del tiempo recordado. Y las que vivimos empiezan a tener síntomas de ambivalencia también. Durante un tiempo todavía, pienso yo, a los españoles les va a ser difícil arrojar a Franco de su memoria. Y esta seguirá siendo, por ahora, una memoria dividida y polémica. Seamos francos MANUEL DE LA FUENTE Francamente hablando, treinta años después de que el General desapareciese de la vida pública (no tanto) aún hoy es fácil seguirle la pista, a pie (como en Melilla) o a caballo (como estuviera en los Nuevos Ministerios de Madrid) Ni tampoco lo es (difícil) pasearse por calles dedicadas (aún) a camaradas suyos, como el General Mola. En Pozuelo de Alarcón, sin ir muy lejos. O en muchos pueblos de la España profunda, de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva (como antes, entonces, se decía) para ser más exactos. Ni es difícil tampoco comer pipas en cualquier Plaza del Caudillo. Ni hacerse arrumacos en la Glorieta del Generalísimo. Algunos tienen todavía y para ellos solos todo un pueblo como Onésimo (Quintanilla) aunque a otros, como Ferrol, la historia les ha dejado sin el prohombre. Siendo francos, hay retratos del general en los llaveros de algunos taxistas, los de las ondas más populares de España, generalmente, a las puertas de algún estadio, en las solapas de alféreces provi- sionales de algunos abuelos, en las tiendas de recuerdos, y en esas botellas de vino peleón con su Generalísimo y su ¡Arriba España! en la vitola. O esas iglesias (una de ellas en una calle madrileña que lleva el nombre de un pintor aragonés) en las que aún pervive el Franco y José Antonio, presentes o esas habituales listas en muchos lugares encabezadas por el Murieron por Dios y por España Y hasta en los portales de las casas de muchas barriadas (levantadas por el Instituto Nacional de la Vivienda) donde el yugo y las flechas siguen tan campantes, o en algún comercio madrileño dedicado a la venta de efectos militares y condecoraciones donde se puede ver desfilando a una escuadra (de plomo) de la Falange, o a un grupo de requetés (también de plomo, suponemos) haciendo lo propio, o donde el paseante puede hacerse, incluso, con el Cancionero inédito del Frente de Juventudes O, ya, en pleno delirio de ardor guerrero, hasta se puede uno laurear adecuadamente. Todo esto, siendo muy francos, claro.