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6 Opinión MIÉRCOLES 16 11 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA PIERRE BRIANÇON RESPONSABLE DE DOW JONES NEWSWIRES EN PARÍS LAS CAMPANAS DE COMPOSTELA ARÍA Jesús San Segundo no será una ministra eficaz, que no lo es; pero nadie puede negarle su contumacia. Se agarra al sillón como las lapas a su roca y, para demostrarlo, ayer dejó bien claro que, por muchos que fueran los manifestantes que el sábado clamaban contra la LOE, no dimitirá ni retirará el texto de la ley como quiere el PP. Sorprende tan poca sutileza, tanto empecinamiento, en una doctora en Economía por la Universidad de Princeton, una de las más notables universidades privadas de los EE. UU. nacida en el XVIII, y en la que sus profesores, muestrario del liberalismo clásico y contemporáneo, son y fueron tan notables coM. MARTÍN mo Albert Einstein. FERRAND Este asunto de la educación, especialmente la primaria y la media- -en las que se centra el debate en curso- es, más que ningún otro, fundamental y determinante del futuro nacional. No podemos pasarnos la vida cambiando los conceptos que la inspiran y las leyes que la regulan. Aquí, cualquier día, llega Almanzor a Santiago de Compostela y, tras dejar la ciudad hecha unos zorros, se lleva las campanas de la catedral para que sirvan de lámparas en la mezquita de Córdoba. Pase; pero es que, también aquí, llega a Córdoba Fernando III el Santo y, tras destrozarlo todo, se lleva las lámparas de la mezquita para que, transportadas a lomos musulmanes, vuelvan a repicar en Santiago. ¿No habrá manera de dejar las campanas en su sitio? Es una maldición que suele sacudir a quienes, en España, ocupan el poder ejecutivo la de, con gran diligencia, enmendar la obra de sus predecesores. ¿Nunca aciertan los predecesores? En asuntos como el educativo, en los que nos jugamos el futuro, bueno sería que el PSOE, en iniciativa de San Segundo, hiciera un ejercicio de humildad y, contando con la renuncia del PP a todo tipo de altanería, consensuar a un modelo que sirva para que nuestros niños y jóvenes, lejos de ocupar los últimos y vergonzosos lugares del escalafón educativo europeo, pasen a sus primeros puestos. Eso se consigue fácilmente con presupuesto- -junto con la sanidad no hay asunto más importante a la vista- -y con la buena voluntad de todos. En el fondo, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy no se ponen de acuerdo sobre adónde llevar esta vez las campanas de Santiago. No admiten la posibilidad de dejarlas en su sitio y de volver a la construcción de un modelo educativo en el que los alumnos aprendan y, además, forjen su carácter en la exigencia y el esfuerzo. Siempre en busca de la excelencia. Llegados a ese punto y aceptando que la catequesis no cabe en el plan educativo de un Estado laico, la enseñanza de la religión será una exigencia cultural inexcusable. Somos ya muchas, demasiadas, las generaciones de españoles que tenemos el lomo roto de tanto transportar campanas. M LA HOGUERA DE LAS VANIDADES El autor analiza la respuesta de la clase política a la crisis de los suburbios franceses: de la apatía de la izquierda, al duelo, por la derecha, que mantienen Villepin y Sarkozy, más preocupados de ganar puntos ante las próximas elecciones presidenciales que de arreglar tan grave problema D ONDE mejor se puede apreciar el penoso estado del discurso público francés es en el comportamiento de la clase dirigente durante las revueltas de los últimos quince días. Mientras ardían los suburbios, la principal obsesión era quién saldría políticamente más fortalecido de los problemas: el primer ministro y favorito de Chirac, Dominique de Villepin, o su archienemigo, el ministro de Interior, Nicolas Sarkozy. Ya tenemos el veredicto y, por el momento, Villepin parece un claro vencedor. Tras mantenerse callado los primeros cinco días de la crisis, la estratagema del primer ministro fue resucitar una ley de estado de emergencia de hace cincuenta años que, de acuerdo con la mayoría de los observadores, ni siquiera hacía falta. Los alcaldes y los representantes del Gobierno ya tenían todas las competencias para imponer toques de queda cuando fuera necesario. Pero los cálculos del Gobierno descansan claramente en la esperanza de que la aparición repetida de un aparentemente enérgico Villepin- -que se invitó a sí mismo al principal informativo televisivo del país varios días después de que empezaran las revueltas, y efectuó una comparecencia solemne ante el Parlamento al día siguiente- -bastaría para investirlo del manto de la ley y el orden que hasta entonces había lucido Sarkozy. Las revueltas parecen estar disminuyendo, aunque el cómputo diario de coches incendiados nos dice que los problemas distan mucho de estar superados. A pesar de que en el momento culminante de la violencia se quemaron 1.200 coches en una noche, el que en las pasadas noches sólo se destruyeran varios cientos difícilmente se puede calificar de éxito. Pero la parte más problemática de la crisis empieza ahora, porque una vez restaurados la loi et l ordre, todo indica que la política francesa volverá a ser la misma. Podrían encontrarse ya señales de ello en la otra parte de la respuesta dada por Villepin a las revueltas, la parte que ha recibido menos publicidad: su improvisación a última hora de un cóctel de fondos y subvenciones oficiales, pensado para dar la impresión de que se está haciendo algo aparte de reforzar las competencias policiales. Una vez más, un Gobierno francés enfrentado a una crisis mete el poco dinero que no tiene en los grandes problemas que lleva años sin resolver. O revoca apresuradamente decisiones que se tomaron no hace mucho, como recortar las subvenciones a asociaciones privadas que trabajan para mejorar el alojamiento y la educación en los suburbios de los grandes centros urbanos. Ahora se restaurarán los fondos, dando la impresión de que el Ejecutivo no sabía lo que hacía cuando los suprimió, y no hace falta decirlo, sin evaluar debidamente la verdadera eficacia de tales programas. Mientras los dos principales contendientes de la derecha intentan utilizar los acontecimientos recientes para competir por las elecciones presidenciales de 2007, lo que se deduce es que ni Villepin ni Sarkozy han elaborado una política clara- -y mucho menos un plan- -para enfrentarse a algo que constituye una plaga en los tristes suburbios que salpi- -Entonces, ¿a qué contagio de epidemia hay que temer: al de la gripe aviar o al del incendio nocturno de coches?