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ABC MARTES 15 11 2005 Cultura 61 TEATRO Misiles melódicos Texto: José Sanchis Sinisterra. Música y dirección musical: Gabriel Sopeña. Dirección: David Amitin. Nueva puesta en escena: Carlos Martín. Escenografía: Jon Berrondo. Vestuario: Pilar Laveaga. Iluminación: Rafael Mojas. Intérpretes: José Luis Esteban, Santiago Meléndez, Cristina Yánez, Gabriel Latorre, María Salgueiro, Carlos Fau, Camino Miñana y Marilés Gil, entre otros. Lugar: Teatro Español. Madrid. CLÁSICA Ciclo Grandes Intérpretes Obras de Franz Schubert. Intérpretes: Frank Peter Zimmermann (violín) Heinrich Schiff (violonchelo) y Christian Zacharias (piano) Lugar: Auditorio Nacional, Madrid UN SCHUBERT MEMORABLE ANTONIO IGLESIAS BALAS DE SOLFEO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN avier Zulueta, presidente del consejo de administración de una empresa que fabrica armas, advierte alarmado al despertarse un día que canta en vez de hablar y que no puede evitarlo. Un original y muy divertido arranque sobre el que gira la trama de Misiles melódicos tragicomedia musical en la que José Sanchis Sinisterra toma las herramientas satíricas brechtianas para denunciar la industria de la muerte, el tráfico de armas y los sangrientos y oscuros trapicheos internacionales que mantienen ese tinglado en pie. Entre la compota de ritmos diversos que ha compuesto Gabriel Sopeña y mezclados con elementos humorísticos y metralla antiestadounidense, Sanchis introduce un arsenal de estremecedores datos reales sobre las armas y los diversos conflictos bélicos que arden en las cuatro esquinas del mundo, y deja caer también unas gotas de vitriolo sobre el huero, bienintencionado y tontorrón pacifismo de escaparate. Misiles melódicos tiene momentos francamente divertidos, pues todos los personajes, impelidos por Zulueta y en solidaridad con él, terminan cantando para, por ejemplo, alabar las virtudes pacifistas y culturales del arma- J Una escena de Misiles melódicos en el teatro Español mento que fabrican o cerrar algún negocio de tráfico ilegal de esos productos saltándose los embargos internacionales. Cantan los miembros del consejo de administración, canta la secretaria para todo- todo que acompaña al magnate... y el recurso canoro, perdida la sorpresa inicial, resulta forzado y acaba pesando en el ritmo de la función, que acusa asimismo las dosis industriales de didactismo geopolítico introducidas en algunos parlamentos. Un montaje del Centro Dramático de Aragón- -en el que han colaborado el Instituto Gallego de las Artes Escénicas y la Música y el Teatro Español- -que, con todo, resulta estimable y muy cuidado, y en el que los actores se defienden en sus cometidos cantarines sobre los dos ambientes escenográficos- -el dormitorio de Zulueta y la sala de juntas de su empresa- -diseñados con trazos limpios por Jon Berrondo. ROCK Echo and the Bunnymen Echo and the Bunnymen. Lugar: Sala Arena, Madrid. Fecha: 13- XI REVERDECIDOS LAURELES PABLO CARRERO D espués de un largo período en el que el grupo anduvo algo errático, Echo and the Bunnymen llevan dos o tres álbumes ciertamente notables, destacando quizá especialmente el más reciente de ellos, Siberia editado hace sólo un par de meses. A lomos de este reverdecer de su inspiración, Ian McCulloch y Will Sergeant, verdaderos artífices del sonido clásico de la banda y únicos miembros que permanecen en la misma con respecto a su formación original, cabalgan con paso firme también sobre los escenarios y, a la luz de lo visto la noche del pasado domingo en Madrid, lo hacen como en sus mejores tiempos, aún a pesar de que la voz de McCulloch sonó algo más rota que de costumbre. No son, desde luego, un grupo de masas. Si en algún momento lo fueron- -tuvieron algunos éxitos importantes a mediados de los ochenta- la mayor parte de sus seguidores parece haberse esfumado. Sin embargo, fueron unos cuantos cientos los que se acercaron a la sala Arena para comprobar ese buen momento del grupo, para obtener una sólida recompensa en forma de electrico, vibrante y poderoso concierto. Los problemas de sonido- -desafortunadamente habituales en este recinto- -se redujeron en esta ocasión al mínimo y Echo and the Bunnymen pudieron demostrar su espléndido estado de forma. La sobriedad de su puesta en escena- -poco más que unas modestas proyecciones psicodélicas sobre el fondo del escenario y un entrañable candelabro con varias velas encendidas, un recurso definitivamente ochenteno- -anunciaba que iban directamente al grano. Y así fue. Durante poco más de hora y cuarto el sexteto- -a los mencionados McCulloch y Sergeant les acompañan un segundo guitarrista, un bajista, un teclista y un batería- -ofreció una actuación sobria e intensa, basada en un repertorio impecable. Y es que si al alto nivel de sus más recientes discos se le une una selección de canciones tan emblemáticas como Rescue The killing Moon Lips like sugar The cutter o The back of love el resultado es arrollador. Más que una presentación de su último disco, al que lo cierto es que no hicieron demasiado caso, el concierto del domingo fue todo un grandes éxitos llevado al directo, logrando además de esta forma ahuyentar el ligero tufillo a naftalina que sí ha dejado el paso del tiempo sobre sus grabaciones originales. Un grato baño de nostalgia, en fin, para un público que era precisamente esas canciones las que había venido a escuchar. odo intérprete musical ha de sentir una complacencia extrema cuando, tras vencer las dificultades técnicas de una obra, se sitúa ante la versión o acabado de cuanto ha de trasladar a sus oyentes; nada digamos cuando todo ello se refiere a la música de cámara o conversación, que parte de dos elementos que han de ponerse de acuerdo no tan sólo respecto a una única interpretación, sino a realizar detalles comunes conducentes a la más ideal conjunción de su siempre complejo total. Me consta que se llega hasta olvidarse del transcurso del tiempo, tornándose las horas en minutos. Y esto es lo que acertaremos en la suposición de lo que les ocurre a los tres auténticos profesores Franz Peter Zimmermann, Heinrich Schiff y Christian Zacharias que, olvidados de sus renombres en la función individual, se agrupan en un trío anónimo que sabe ponerse de acuerdo hasta en lo enfático de momentos, midiéndolo y sintiéndolo en una inolvidable unidad interpretativa. Los tríos D 898 y D 929 que Schubert dejó escritos para piano, violín y violonchelo llenaron el programa, incluído en el ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Aquellas dos huellas que el soberano compositor románticos dejó como indelebles de su obra inmensa, el lied y la danza popular, se vieron robustecidas dentro de unas magistrales traducciones, en bien dictada lección irreprochable. El gran cola abierto nos supo en su autenticidad, porque quien lo taocaba sabía muy bien cómo acoplar su caudal sonoro al de los otros dos instrumentos; algo que se señala con el más volcado elogio. Quizás hubo una cierta superabundancia, en aras de la mayor nitidez del juego, del recorte de los valores de cada figura, naturalmente vario y de enorme importancia en la comunicación afectiva que, mejor observado, evitaría momentos de una apreciación de sequedad jadeante. T