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ABC MARTES 15 11 2005 Nacional 15 Las querellas en el PP valenciano se suceden desde comienzo de legislatura y amenazan con erosionar de forma irreversible su hegemonía en la región y, de paso, la expectativas de Rajoy El enésimo pulso del zaplanismo TEXTO: I. BLASCO ALICANTE. La deserción de Francisco Javier Tomás, el diputado autonómico del PP que el pasado jueves se pasó a la formación ultra Coalición Valenciana para distanciarse de la supuesta incuria dominante en su ya ex partido ante las situaciones de hipotética corrupción de varios cargos populares, culmina un ciclo interno de embates contra el Ejecutivo de Francisco Camps, que quedó activado desde el primer minuto de la legislatura. El hecho- -que, de acuerdo con la propia Coalición Valenciana, será remedado por otros diputados populares en el futuro- -abre una nueva etapa en la que el gran asunto será calibrar hasta dónde llegará el sector zaplanista, instalado aún en algunas parcelas institucionales con gran capacidad de presión, en su recurrente puesta en cuestión de Camps y lo que representa. La aparente exoneración del zaplanismo con respecto a la gestación del episodio tránsfuga pierde fuelle en tanto en cuanto los argumentos de autojustificación invocados por el diputado disidente coinciden con los propalados por los notables del zaplanismo. Un conspicuo observador político ha señalado que la fuga de Tomás equivale a la oreja que los secuestradores envían a la familia del rehén para hacerle ver que el chantaje va en serio Las revelaciones, precisamente ahora, de un ex funcionario autonómico sobre una supuesta trama de facturas falsas en el Instituto Valenciano de Exportación durante la égida Zaplana no hacen más que corroborar que el debate interno- -y las acciones de desgaste- -seguirán valiéndose de la corrupción. Pero si esta vez ha sido ese discurso el vector de la disconformidad, desde 2003 el bastión zaplanista combina a partes iguales reproches y exhibiciones de fuerza que, según las fuentes consultadas, transitan (los primeros) entre el supuesto agravio territorial con Alicante y la discrepancia de matiz ideológico, y persiguen (los segundos) una preeminencia de cuotas de poder irrenunciable. estelares. Con la legislatura recién estrenada, el zaplanista Eduardo Ovejero se permitió pedir la dimisión del consejero de Presidencia; fue el primer órdago y el comienzo de las hostilidades. El nivel de tensión cobró cotas alpinas en julio del pasado año (meses después de que Zaplana abandonara la presidencia regional del PP y pugnara para cerrar el paso a Camps hacia el cargo en beneficio de uno de sus fieles) cuando una veintena de diputados autonómicos zaplanistas plantó al presidente en las Cortes, un acontecimiento inédito en la política valenciana. La estrategia ha seguido con una puesta en tela de juicio del nuevo Estatuto valenciano, pese el aval de Rajoy, y una inacabable hilera de censuras domésticas. De hecho, el pulso zaplanista para conservar sus cuotas es, en palabras de un colaborador de Camps, el principal quebradero de cabeza del presidente La legislatura, por lo demás, presenta un buen aspecto: históricos datos de desempleo, intensa actividad económica, la Copa América en ciernes y un Estatuto que pretende ser de guante blanco, entre otros logros. La oposición se halla sin capacidad de respuesta y, confiesa, ve esta pugna interna como la única oportunidad de tumbar a Camps en la Comunidad Valenciana, una plaza vital, como Madrid, para el proyecto nacional del PP. Amplio abanico de agravios El actual pico de hiperactividad de los fieles al portavoz en el Congreso engarza además con las aspiraciones de mayor proyección en Madrid de su más alto referente, lo que lleva a su nido local a mantener expectativas de futuro y a redoblar la labor autorreivindicativa con la vista puesta en el reparto de espacios electorales previo a 2007. La estrategia no es nueva. La cuenta de reproches del zaplanismo es volátil y diversa, en función de los tiempos: antes, la escora cristiana del campismo; más tarde, su supuesto nacionalismo, y ahora, su presunta inacción en casos de corruptelas muy localizadas. Esta disciplinada aplicación en tensar la cuerda ha tenido sus momentos