Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 15 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC FRANCIA EN ESTADO DE EMERGENCIA POR NICOLÁS BAVEREZ HISTORIADOR Y ECONOMISTA La sublevación no muestra la cara oculta de la sociedad francesa, sino que funciona como una lupa que aumenta y acentúa los rasgos de la descomposición del cuerpo político y social del país... I GUAL que la sublevación electoral del referéndum de mayo de 2005 levantó el acta de defunción de una diplomacia francesa cada vez más ingrávida en Europa y en el mundo del siglo XXI, los alborotadores urbanos que golpean desde hace varias semanas a unas 300 ciudades metropolitanas- -con un saldo de un muerto, decenas de heridos graves, incendios de algunos edificios públicos y escuelas, comercios y almacenes- -marcan la implosión del pseudomodelo social francés. Es obligado señalar que, si bien los actos violentos han bajado de intensidad, la crisis no está ni mucho menos acabada, ni siquiera bajo control. Y esto por tres razones que se refieren a su naturaleza, sus causas y su gestión pública. Aunque la intifada de los suburbios franceses no toma de momento la forma de un enfrentamiento religioso, obedece a una revancha contra una lógica de guerra civil entre razas, generaciones y categorías sociales. De ello se deriva un carácter nihilista que se traduce en una huida hacia adelante de las destrucciones, objeto de una competición alimentada por los medios de comunicación y de una movilización en cadena transmitida por internet, así como en la ausencia de toda organización, representación o reivindicación políticas. De ahí la dimensión colonial de esta insurrección que alimenta una espiral de resentimiento y miedo, el sentimiento de exclusión y degradación de las poblaciones surgidas de una inmigración procedente del antiguo imperio francés, y que se nutre del rechazo y el terror creciente que inspiran. De hecho, esta revuelta no es en absoluto sorprendente, por lo numerosas que han sido las señales de alerta, y sus causas están relacionadas no tanto con las trágicas circunstancias de la muerte de dos adolescentes en Clichy como con un fracaso estructural de las políticas francesas de integración. Francia, desde luego, no tiene el monopolio de las revueltas urbanas- -que también han estallado en Estados Unidos y en el Reino Unido- ni de los enfrentamientos con los inmigrantes- -véanse las tensiones crecientes en España e Italia- -ni de las dificultades encontradas por las naciones europeas ante el cambio de dimensión y de naturaleza de la inmigración, por una parte, y el aumento de los riesgos terroristas, por otra: el comunitarismo británico, el multiculturalismo holandés, el derecho de sangre alemán, se ponen de igual modo en tela de juicio. saliendo cada día sin ninguna formación y por lo tanto totalmente inadaptados a una sociedad de servicio y saber; y del empleo: el descenso de la edad de jubilación, los prejubilados y sobre todo la reducción de la jornada laboral a 35 horas, la subida incontrolada del salario mínimo (que ha aumentado un 25 por ciento desde 1999) y el endurecimiento sin fin del derecho social basado en la protección de una minoría que traslada los riesgos de la precariedad y la exclusión a la mayoría, han realizado la eutanasia del trabajo mercantil, que es el primer vector de la integración, de la definición de las identidades sociales y de la ciudadanía. Por último, la burbuja ideológica mantenida en torno a una concepción universalista y abstracta de la igualdad, que ha disfrazado la implantación de un apartheid social donde la aceleración de las ayudas sociales va a la par de la institución de una sociedad paralela, condenada al paro y a la exclusión, encerrada en la anomia y situada fuera del Estado de derecho. Un vertiginoso vacío político contrasta con esta nueva manifestación de la mayor crisis nacional que atraviesa Francia. Por un lado, el presidente de la República ha desaparecido literalmente, ofreciendo una demostración añadida de la pérdida de toda legitimidad, así como de su incapacidad no sólo para actuar, sino para tomar la palabra e intentar refrenar el declive del país y la desintegración de la nación. Por otra parte, el Gobierno, organizado en torno a la conflictiva cohabitación entre el primer ministro, Dominique de Villepin, y el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, se ha desgarrado, y está dando más prioridad a la competición que le debilita ante la perspectiva de las elecciones presidenciales de 2007 que a la gestión de los acontecimientos. De ahí un ascenso a los extremos muy discutible en materia de orden público con el recurso a la ley de 1955 sobre el estado de emergencia, que no se había utilizado desde los conflictos de descolonización de Argelia y Nueva Caledonia, y la escasez de medidas en lo que respecta a la integración, que se han limitado a la bajada de la edad de aprendizaje, al hinchamiento de las ayudas sociales y las subvenciones a las asociaciones, a la creación de una agencia nacional para la cohesión social y la igualdad de oportunidades y a la institución de prefectos delegados para la igualdad de oportunidades. Por último, la oposición, entregada a la preparación del congreso de Mans y a la guerra de mociones que hace estragos en el seno del partido socialista, ha permanecido completamente muda. La falta de liderazgo y de respuestas políticas frente a la insurrección da fe de la total ruptura entre el país y la clase dirigente, lo cual subraya la realidad de una situación pre- revolucionaria en la que la violencia puede desbocarse en cualquier momento. La burbuja demagógica en la que François Mitterrand y Jacques Chirac encerraron a Francia durante un cuarto de siglo ha corrompido a la V República hasta situarla en la situación de la IV República, agonizante frente a las guerras coloniales, pero sin el crecimiento económico y el progreso social, y con paro de masas y enfrentamientos raciales por añadidura. Hoy no son tanto los barrios, sino Francia, la que se encuentra en estado de emergencia. La sublevación no muestra la cara oculta de la sociedad francesa, sino que funciona como una lupa que aumenta y acentúa los rasgos de la descomposición del cuerpo político y social del país. El nihilismo de una juventud aculturada y desesperada refleja fielmente el cinismo y la irresponsabilidad de los dirigentes. El aumento de la delincuencia acompaña al de la corrupción, comulgando las dos en el desdén por el Estado de derecho. El desprecio por la producción y el trabajo responde al culto de la renta y del ocio. La acumulación de falsas promesas en materia de inmigración, integración y empleo constituye el mecanismo que ha armado la revuelta. Sin embargo, cinco elementos específicos de Francia explican la violencia de la crisis y la dificultad para encontrar una salida. La intensidad de la segregación social, que concentra a las poblaciones surgidas de la inmigración en 751 guetos urbanos. La magnitud de la inmigración clandestina, que goza de un casi estatuto, de un acceso ampliamente garantizado y gratuito a los servicios públicos. La persistencia de un paro de masas que alcanza al 10 por ciento de la población activa desde hace un cuarto de siglo, pero hasta al 38 por ciento de los jóvenes procedentes de la inmigración y el 70 por ciento de los habitantes de ciertas ciudades en las que se juntan cuatro generaciones de parados. El fracaso probado de las políticas públicas de la ciudad, a pesar de un impresionante esfuerzo económico de 34.000 millones de euros desde 2000; de la educación nacional, con 161.000 jóvenes La salida para el nuevo avatar del declive de Francia que constituyen las revueltas urbanas del otoño de 2005 no puede residir ni en un fuerte aumento de la represión ni en el arsenal habitual de ayudas públicas y de la movilización de los servicios del Estado que ya no tienen ninguna forma de actuar sobre la economía o la sociedad. La solución es política, y pasa por una revolución moral e intelectual que supone que los franceses acepten considerar el mundo tal y como es y no como sueñan sus dirigentes, y volver a poner en tela de juicio el autoritarismo de las instituciones, la economía administrada, la sociedad cerrada, el antiliberalismo territorial y la cultura del miedo y de la protección que están en la raíz del declive actual. Por eso los 18 meses que preceden a las elecciones presidenciales de 2007 son decisivos: o bien al llegar después de la embolia de las huelgas de 1995, la crisis cívica de 2002 y la tragicomedia del referéndum de mayo de 2005, el levantamiento de los suburbios sacude a los franceses y provoca un renacimiento de la clase política, estando en juego la implantación de un programa de reforma liberal que permita a Francia inventar un nuevo compromiso nacional en sintonía con la modernidad del siglo XXI; o bien el país oscilará hacia formas de guerra civil y episodios revolucionarios que lo marginarán definitivamente, no sin provocar un gran riesgo de implosión de la moneda única y agravar la ruptura de Europa.