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60 Cultura LUNES 14 11 2005 ABC TEATRO La soga Autor: Patrick Hamilton. Adaptación: Víctor Domínguez. Director: Víctor Manuel Dogar. Escenografía y vestuario: José Miguel Ligero. Iluminación: José Carlos Moreno. Intérpretes: Chema Muñoz, Alberto Maneiro, Víctor M. Dogar, Paloma Paso Jardiel, Rafael Segarra, Eva Higueras, Tomás Calleja, Ana Carvajal y Manuel Andrés. Lugar: Teatro Real Cinema. Madrid. MÚSICA POPULAR III Mostra Portuguesa Concierto de Katia Guerreiro. Lugar: Círculo de Bellas Artes. Madrid. Fecha: 11- 11- 05 ÓPERA Don Chisciotte Música: Manuel García. Int. R. Müller, J. Galán, C. Obregón, J. J. Frontal, M. Beltrán, J. Plazaola, S. de Munc, M. Pardo, J. P. García Marqués, M. Pardo, Coro Intermezzo, Orq. de Cámara Galega. Dir. escena: G. Tambascio. Dir. musical: J. de Udaeta. Lugar: Teatro Municipal, Tomelloso. Fecha: 12- 11- 05 LAS MANOS OCULTAS DEL FADO IGNACIO ABAD HITCHCOCK PRESENTA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN D esde los iniciales compases de la juguetona Marcha fúnebre para una marioneta de Charles Gounod, que la memoria televisiva de los espectadores asocia instantáneamente con la sintonía de Hitchcock presenta al prólogo filmado que realiza Manuel Andrés como trasunto de don Alfred, todo en este montaje de La soga la obra de Patrick Hamilton que el cineasta británico llevó a la pantalla en 1948, rebosa referencias hitchcockianas: se entona al piano el Qué será cantado por Doris Day en El hombre que sabía demasiado (1956) los personajes llevan nombres que remiten a personajes de las películas de quien fue llamado el mago del suspense (hay un Norman Bates, una Rebeca Winter, una señorita Danvers... y el aseado montaje de Víctor Manuel Dogar sigue puntualmente la planificación de la versión cinematográfica. Es una función que tiene carácter de ejercicio de estilo trazado con tiralíneas sobre la falsilla fílmica, en la que se marcan las líneas de tensión psicológica entre quienes pretenden cometer un crimen perfecto de inspiración nietzscheana y el público, que espera que el asesinato salga a la luz y la derrota de la mente criminal. Un espectáculo que se ve con agrado, con un muy correcto trabajo de interpretación y en el que, a la postre, termina pesando el abrumador arsenal hitchcockiano. a velada concluyó con el público al completo en pie, jaleando la rítmica de la guitarra y la viola portuguesa, y dando palmas como si fuese ya Navidad y el primer premio de la lotería hubiese recaído entre gran parte de los asistentes. En el programa se había convocado noche de fado y ya saben que este es el dibujo musical más reconocible de Portugal por todos los que vemos este país desde fuera. Melodías atribuladas a las que, paulatinamente, Katia Guerreiro suministró temperatura hasta dar con un tramo final que reservaba una verdadera fiesta. El recital había comenzado con un par de fados tradicionales, el segundo con letra adaptada de un poema de António Lobo Antunes. Y sólo por ese par de cartas de presentación ya habría obtenido Katia Guerreiro la calificación de digna heredera de la grande entre las grandes, Amália Rodrigues. Pero el temario fijado aún tenía previsto mezclar canciones de sus discos Fado maior y Nas maos do fado con algunas nuevas creaciones que, en breve, formarán parte de su tercer disco. Katia Guerreiro, voz fornida de cancionista forjada en la escucha atenta de la forma de decir la melodía de las grandes maestras del fado, canta bonito con las manos siempre ocultas tras la cintura, ella dice que por timidez, aunque, viéndola, se sepa que lo hace para proyectar con mayor claridad su voz, para fijar mejor las palabras que nos cuentan la violencia de vivir, la alegría de amar. Y llegan O teu encanto y Asa de vento dos ejemplos de que, en los tiempos lentos, Katia puede llegar a la levitación y en los tiempos rápidos desenvolverse de forma implacable. Y, en el centro de todo, siempre ella, sus silencios, sus arranques de temperatu- L AMORES Y ENTUERTOS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Katia Guerreiro ABC La velada concluyó con el público al completo en pie, jaleando la rítmica de la guitarra y la viola portuguesa ra, la sincera explosión final que lanza como una serpentina a los cielos de unas luces manejadas con superlativa maestría por unos técnicos que se conocen al dedillo el espectáculo. Su grupo hace el resto. Está sólidamente asentado en las guitarras de Joao Veiga y Paulo Valentin y en el contrabajo de Rodrigo Serrao, una suerte de hermano mayor de la melodía este último, responsable de un combinado inesperado: delicadeza y energía. Quedamos a la espera de la evolución de una mujer prometedora con suficiente entidad para que su presente sea sólido. on permiso de la crónica social, hasta Tomelloso, quién lo diría, ha llegado la ópera. La culpa la ha tenido el ínclito Don Quijote, pobrecito él, condenado a la admiración eterna en este año del centenario. También algún padrino de postín... como aquel García, Manuel de nombre, empresario, cantante, padre de hijos ilustres, y autor de un Don Chisciotte de libretista desconocido, datación discutible (quizá hacia 1827) e imprecisa fecha de estreno, y que musicalmente se mece entre las aguas de Mozart y Rossini, con todo lo que de admiración e impersonalidad tiene el asumir un estilo ajeno. Pero así son los cariños, siempre cerca del corazón y siempre inmaculados. El director investigador Juan de Udaeta y algunos más lo han demostrado con este proyecto en el que han volcado muchas ilusiones hasta poner en rumbo a este hijo algo bastardo. De algún modo, lo explica Teresa Berganza quien con la acostumbrada vehemencia y asumiendo una quijotesca doble personalidad avala la obra al protagonizar un evocador vídeo que sirve de prólogo a la representación. En él, habla, como intérprete devota de García, y también con el disfraz de Pauline Viardot, hija del susodicho y no menos admiradora del progenitor con quien surcó el Atlántico camino de América, para acabar atracando en La Mancha. Cosas de la fantasía. Así se cuentan aquí, al lado de algunas otras reales locuras del caballero andante. Adornadas con la farragosa literatura de un libreto que se habla en italiano (cual zarzuela de fina alcurnia) y que se canta en números de marmórea y rígida inspiración. También son mares algo añejos los que dibuja el esencial y artificioso barroquismo de los elementos escénicos elaborados por Jesús Ruiz y ordenados por Gustavo Tambascio. Sin olvidar el trabajo de los avalistas más sufridores: el amplio reparto que se colma de entusiastas (Frontal, Obregón, Galán, Müller... se llaman varios principales) a quienes se adivina el esfuerzo, las dificultades (alguna afonía circunstancial así lo demuestra) y la fe que han puesto en esta larga, larguísima obra, que tras recuperarla, admirarla, y defenderla tan fraternalmente quizá agradecería un análisis con distancia. C