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ABC LUNES 14 11 2005 Cultura 59 MICHEL HOUELLEBECQ Escritor Mi vanidad no llega a la de un exterminador -Le han dado el Interallié, premio menor ¿Le robaron el Goncourt? -Algún premio merece mi obra. Lo del Goncourt quizá sea una maniobra entre editores. Yo he sido la víctima de esas maniobras de otros editores contra el mío. ¿Qué piensa de la crisis francesa? -No tengo opinión sobre ese jaleo... -Usted ya anunciaba algo parecido a lo largo de su obra. -Bueno, sí, sí, quizá menos que en la de otros autores. Tengo una perspectiva íntima más modesta. -Las bandas de niños y adolescentes pidiendo pasta, sexo y rap quizá hable de una crisis moral de fondo. -En el terreno de la crisis moral, sin duda. También se pueden encontrar factores económicos en todo el follón actual. -Ese lenguaje de crisis, donde se llegan a pedir, en los blogs, menos escuelas y más prostíbulos en broma, con ironía, pero con mucha brutalidad rayana en el odio, está próximo al lenguaje de alguno de sus libros. -Quizá. Hay otros problemas que forman parte del mismo problema. Me cruzo con frecuencia con personajes que tienen empleos de nivel bajo o muy bajo y que saben utilizar todas las nuevas informáticas con mucha eficacia. Esas gentes se sirven de todos esos nuevos recursos, que están al alcance de su mano, para decir cosas que sorprenden a la gente, que no escucha esa marea de fondo que se expresa a su manera, con ternura, con ferocidad, con violencia, también. -En los chats que ha fraguado parte de la crisis de incendios hay chavales descarriados y desesperados que utilizan un lenguaje atroz. Los hay más sensatos. Y, ante ese espectáculo, que data de hace algunos años, usted contempla la cosa con ironía cruel. -Tengo la impresión de escuchar monólogos que se superponen en un vacío poblado de ruidos sin sentido. ¿Tiene algo que decir sobre la influencia del Islam en ese volcán? -No. -Pero usted dijo horrores que le han costado muy caro judicialmente por entrar en ese terreno inflamable. -Sí, pero, en el fondo, es un tema que me interesa muy poco. -Ante la crisis, ¿usted se considera un cronista a la manera de Celine o un espectador comprometido? -Me veo de otra manera. Dejando al margen mi poesía, yo me prefiero cuando los personajes de mis novelas provocan reacciones fuertes. Cuando la gente ama, odia o detesta mis personajes. -En ese terreno, usted provoca reacciones muy próximas al odio, cuando toca temas como el sexo o la religión. -Sí. No sé si me encanta la cosa. Hay un poco de histeria. -A usted le encanta provocar. -Creo que hay una ideologización excesiva de la literatura. Se hacen lecturas que son puramente ideológicas. A mí me gusta mucho la ciencia ficción y me gustaría una crítica que fuese menos En su última obra, La posibilidad de una isla (Alfaguara) escrita en Vera (Almería) mezcla la provocación con una visión fría y cruel de la existencia. En esta entrevista, Houellebecq se desnuda TEXTO: JUAN PEDRO QUIÑONERO CORRESPONSAL ideológica y utilizara puntos de vista. -No comprendo su falta de entusiasmo por el futuro de las religiones, matizado con su creencia, real o falsa, en algunas sectas. -No hago juicios de valor en las religiones. Pero me parecen poco plausibles desde un punto de vista racional y científico. Y ese punto de vista mío no me invita a creer en la supervivencia de las religiones, que temo que vayan muriendo, todas, como seres inanimados, víctimas de la segunda ley de la termodinámica. Se trata de un futuro muy triste. Tengo un cierto respeto por la ética científica, poco sensible a las cosas religiosas. -Su pesimismo contra las religiones contrasta con su confianza real o aparente en la secta de los realianos. -De las sectas se sospecha tradicionalmente que utilicen la ingenuidad de las gentes para quedarse con su dinero. -Efectivamente. -Pero los realianos son otra cosa. -Para mucha gente, entre la que me encuentro, los realianos son una secta de la peor especie. -Pero usted se equivoca. Los realianos no se quedan con el dinero de nadie: ese es su principal problema. Han publicado muchos libros, han hablado mucho. -Sin embargo, los personajes de Buda o los Evangelios, incluso si los toma como personajes puramente imaginarios, son mucho más perdurables que las certidumbres científicas, siempre cambiantes. -Un teorema demostrado dura toda una eternidad. Michel Houellebecq ABC UN ESCRITOR DE NUESTRO TIEMPO JUAN ÁNGEL JURISTO sta última novela de Houellebecq es de una calidad literaria, por lo menos, dudosa. Pero eso es lo de menos. De hecho estamos acostumbrados a que gran parte de las obras literarias que se presentan como fundamentales, dos por año, no pasen de una suma más o menos raquítica de algún hallazgo estirado lo más que se puede y mucho autobombo. Pero lo que distingue este fenómeno mediático de otros en que se ha conver- E tido Houellebecq no es tanto la promoción de su autor, ni siquiera de su obra, que me ha parecido un tanto pretenciosa y mal resuelta, por mucho que se hayan empeñado en hacerme ver a su autor como un híbrido de Arthur Cravan y Céline, sino lo que representa como síntoma. Tengo para mí que, con Houellebecq, esa masa de pequeños burgueses en que se ha convertido la sociedad francesa más representativa busca una suerte de chamán que les libre de sus obsesiones y temores más escondidos y, en el fondo, más triviales. Houellebecq como síntoma, y qué síntoma, pero, ¿de qué enfermedad? Creo que ahí está la cuestión y que los últimos sucesos en las barriadas son sólo el otro lado del espejo. Pero esto es real. -Los primeros versículos del Evangelio de Juan parecen tener la misma duración. -El Apocalipsis de Juan me encanta. ¡Houellebecq lector de Evangelios! ¿Por qué no? La poesía dura mucho tiempo. La novela dura mucho menos. Es cierto que Homero aguanta el tipo. -Si me apura, hasta el Corán aguanta el tipo, como libro poético. ¿El Corán? No sé, no sé. ¿Y los Evangelios? -San Juan es muy bello. Y le confieso una vieja pasión por San Pablo. -Pero San Pablo tenía algo de fanático. Era una suerte de leninista no violento de la religión cristiana. -Ah, no, no. San Pablo era un loco de genio. Totalmente. Un genio. Su fuga, su pasión, su desesperación. Que maravilla. San Pablo es uno de los más grandes autores de todos los tiempos. -No cita usted a Proust ni a Celine, las dos cumbres del siglo XX. -No creo que Proust venga de la literatura francesa. Ni él ni Celine han ejercido en mí grandes influencias. ¿Y en el último medio siglo? -Citaría a Georges Perec. Lo que más leí era ciencia ficción y Lovecraft. ¿Cómo se lleva tan mal con la gente de su gremio, en París? -Los celos, la envidia, son sentimientos simples. Y muy comunes. Eso ya explica muchas cosas del odio que despierta mi persona en algunos medios parisinos. -La brutalidad sumaria de algunos de sus juicios sobre las mujeres o el Islam no facilitan la serenidad. -No, no. Hay algo de muy exagerado en todo eso. Hay gente que persigue con un odio que me parece incomprensible. -Usted complica las cosas cuando declara: Se puede mentir o decir cualquier chorrada cuanto te enfrentas a algo que te disgusta -Pero no se trata de ninguna provocación. Es una verdad bien real. No se debe hacer declaraciones falsas ante un juez. Pero es todo. Las obligaciones morales se paran en ese terreno. Hay una vieja polémica entre Kant y Schopenhauer sobre el derecho a mentir. Y yo creo que Schopenhauer lleva razón: la mentira puede comprenderse y justificarse perfectamente. El derecho a la mentira es un debate clásico entre los grandes filósofos de la ética. El extremismo de la verdad a toda hora me parece injustificado. -Por esa regla de tres, ¿me está usted diciendo la verdad? (Sonriendo) Vaya usted a saber... -Pero, con esa lógica, todo el edificio de la identidad humana: todo es mentira, no ilusión, si no falsedad. -Oiga, queda la ética de la ilusión y lo imaginario. No es fácil resolver. Se trata de un problema de fondo. -Para terminar, ¿usted es un destructor o un constructor? ¡Un constructor! Mi vanidad no llega a la de un exterminador, destructor de sociedades. Las ciudades y las civilizaciones se caen en pedazos, ellas solas.