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ABC VIERNES 11 11 2005 Nacional EL PROBLEMA DE LA INMIGRACIÓN 13 Abdul y Ahmed llegaron en patera a Canarias hace casi un año y ahora viven en Madrid de la caridad de sus parientes. No tienen papeles, ni trabajo, ni horizonte, pero tampoco pueden regresar: sería reconocer su fracaso Estamos arrepentidos de haber venido TEXTO: CRUZ MORCILLO MIGUEL ÁNGEL BARROSO FOTO: CHEMA BARROSO MADRID. Cuando Abdul pisó Fuerteventura el 7 de enero de 2005 respiró hondo y suspiró aliviado. Después del infierno vivido desde que abandonó su ciudad, Segu, en Mali, a principios de diciembre, sentía que las cosas iban a ir mejor. Transcurridos diez meses, no puede ser más explícito: Aquel viaje fue un error. Estoy arrepentido de haber venido a España La cita es en un modesto centro cultural que funciona como mezquita en el barrio del Lucero, en Madrid. Abdul habla en bambara, su idioma materno, a un compatriota que chapurrea el castellano y sirve de traductor improvisado. Al principio le cuesta un mundo mirar a los ojos a los periodistas, como si tuviera que avergonzarse por algo. Da pocos detalles personales, casi ninguno, pero su mirada dice más de lo que calla. Segu, en el mítico país Dogon, con su puerto fluvial, su barrio colonial y sus avenidas arboladas, es la capital de los bambara y una de las ciudades más agradables de Mali, hasta el punto que las agencias turísticas que explotan destinos exóticos la tienen en catálogo. Abdul trabajaba en el campo y las cosas le iban razonablemente bien, pero le llegaron cantos de sirena procedentes del norte, del continente de los ricos, donde el esfuerzo de un día vale por su trabajo de un mes en su tierra. Viajé a Nuakchott, la capital de Mauritania, y allí pagué a un traficante para que me llevara a El Aaiún, en Marruecos. Era la segunda vez que pagaba a una mafia. Allí cogí una patera rumbo a Canarias. El mar fue favorable y llegamos sin problemas después de una travesía de dos días. La Guardia Civil nos interceptó en aguas de Fuerteventura. Íbamos 45 personas en la embarcación. Estuve 40 días en un centro de internamiento- -El Matorral, confirma- -y después me trasladaron a la Península en avión, en concreto a Madrid, y de ahí a Minglanilla (Cuenca) donde permanecí tres días en un centro de acogida de una ONG Abdul (en primer término) y Ahmed, dos africanos que llegaron en patera y se toparon de bruces con la realidad en Madrid Somos solidarios por tradición y por religión. No podemos permitir que los que no tienen trabajo pasen hambre Tras la regularización ya nadie se arriesga a darte un empleo sin documentos. Ahora todo es más difícil Somos solidarios por tradición, por la costumbre y por los ideales religiosos comenta el inopinado traductor. Abdul vive con su gente, que sí tiene empleo, y no va a permitir que pase hambre. Pero necesita papeles para trabajar. Su situación es angustiosa y su familia sigue esperando en vano en Segu La historia de Ahmed, 21 años, también maliense y pasajero de una patera que llegó a Canarias unas semanas antes que la de Abdul, tiene los mismos tintes dramáticos. Estoy sin documentación, sin trabajo, sin lugar Beneficiado por el plan Canarias Abdul no lo cuenta, pero su penúltimo viaje hasta ese centro se enmarca en el contexto del llamado plan Canarias puesto en marcha por el Ministerio de Trabajo tras las denuncias de que los inmigrantes enviados desde las islas eran abandonados en las calles de varias ciudades. La pantomima incluía la toma de huellas en la Policía. En Minglanilla- -la acogida era sólo de urgencia- -le preguntaron si tenía algún familar en España. Sí, en Madrid Le pagaron un billete de autobús, llegó a la gran ciudad y se cerró un capítulo. Contacté con mis parientes y empecé a buscar trabajo. Pero ha sido en vano. Ni siquiera lo he conseguido como irregular confiesa, bajando de nuevo la mirada. donde dormir, vivo de la caridad de los demás y tengo miedo a que un día la Policía me coja y me expulse del país. Yo sólo he venido a ganarme la vida. ¿Tengo pinta de delincuente? Ahmed, aún más parco en palabras que Abdul, también reconoce que la elección fue un error, aunque la tentación pudo con él. Relata que no ha podido empadronarse porque carece de documentos y de casa. En realidad no tiene nada. Ahora todo es más difícil; ya nadie se arriesga a darte un empleo en estas condiciones Varias cabezas le dan la razón, pero no quieren hablar. Dicen a los traductores que prefieren guardar su sufrimiento. Es la hora del rezo y el imán de la mezquita, mauritano, licenciado en Derecho, llama a los fieles. Antes de empezar, algunos de ellos llegan con las bandejas del único alimento del día, que compartirán en buena armonía tras la puesta del sol (cuando se realizaron estas entrevistas corrían los últimos días del Ramadán, ya concluido) Cordero con cuscús que les ha preparado una vecina marroquí, una caja de dátiles y agua. Abdul y Ahmed también repondrán fuerzas y, tal vez, esperanzas. Un mes de trabajo, ni un día de jornal Ni las alegrías ni las penas solas. Muchas más de estas últimas. Dos malienses nos enseñan una tarjeta de visita a nombre de un desalmado, supuesto dueño de una supuesta empresa de limpieza. Contrató hace unos meses a casi cien inmigrantes de este país con la promesa de conseguirles los papeles. A cambio tuvieron que pagarle 300 euros por persona, una fortuna. Ellos cumplieron y durante un mes limpiaron edificios y obras hasta sacarles brillo. El día 30, el patrón había desaparecido. Ni existía la empresa ni la dirección ni el teléfono. Vuelva usted mañana, que fue nunca. Jamás cobraron su trabajo. Denunciaron en CC. OO. pero no hay rastro del delincuente. La Policía poco puede hacer, y el empresario lo sabe. Hasta 300 euros la estafa no es delito, sino falta.