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60 Cultura JUEVES 10 11 2005 ABC Los laberintos de la ciencia y del cerebro John Forbes Nash ya era un genio a los 21 años, en 1949, cuando escribió en Princeton una tesis doctoral de 27 páginas por la que 45 años después, en 1994, a los 66 años, obtuvo el Premio Nobel. Pero lo que distingue a Nash de otros sabios reconocidos por la Academia Sueca, es su descenso a los infiernos de la locura, un laberinto en el que anduvo perdido más de 25 años. La biografía de Sylvia Nasar y la película de Ron Howard contienen dos protagonistas diferentes y complementarios. La fábrica de Hollywood no se mueve más que para buscar los grandes públicos, de ahí que se premie a quien domina el arte de las emociones fáciles, los decorados exquisitos y los guiones ocurrentes. La película está destinada a quienes quieran sumergirse en el horror de la esquizofrenia o gozar con brillantes ejercicios de esgrima verbal, todo enmarcado en el ambiente que respiran los sabios que pululan por varios campus universitarios. Mientras que la cinta está repleta de simplificaciones que idealizan el entorno del matemático Nash, el libro se entretiene en mostrarnos que su relación con el medio académico siempre fue exageradamente competitiva, insinuando que tal vez la presión para triunfar o el miedo a fracasar podrían explicar su colapso mental. En efecto, las matemáticas (la ciencia, en general) no son una actividad serena, sino un mundo de pasiones exaltadas, envidias incontenibles o rencores secretos y, desde luego, para los bendecidos por el don de la genialidad y la suerte de los ganadores, un ámbito donde proliferan los reconocimientos y las ideas imprescindibles. Antonio Lafuente Mañana, con su ejemplar diario de ABC y por tan sólo 8,95 euros, la séptima entrega de la colección Cine para leer presenta la vida un premio Nobel que superó la esquizofrenia John Nash, un genio indomable y con una mente maravillosa ANTONIO WEINRICHTER Una mente maravillosa se inspira en la vida de un personaje real, John Nash, que ganó el Nobel de Economía en 1994 pese a haber sufrido durante varias décadas una esquizofrenia que le hacía creer que estaba en contacto con extraterrestres, que le perseguía el FBI y que los rusos le mandaban mensajes en clave en la prensa americana. La mente brillante de Nash le convirtió en un genio de las matemáticas a los 20 años, y le llevó a ser contratado por el Departamento de Defensa para descifrar códigos enemigos, precipitando su enfermedad paranoica que la película ilustra evocando el estilo del cine negro clásico; pero también hizo de él un ser asocial y atormentado, un sabio más patético que excéntrico, cuya mente anulaba su corazón. Representar el genio, torturado o no, y la locura son dos de las cosas que peor sabe hacer ese arte de las apariencias que es el cine, porque la procesión va por dentro; pero en esta ocasión Russell Crowe, un actor conocido por sus trabajos físicos Gladiator L. A. Confidential se mostró a la altura de la tarea entrando en la selecta lista de actores capaces de transformar su mismo aspecto por medio de la interpretación. Irónicamente, ninguno de los cuatro Oscars (de los ocho para los que estuvo nominada) cosechados por esta taquillera película fue para Crowe, algo que sí logró Jennifer Connelly en el papel de su sufrida esposa, la mujer que le ayudó a Nash a encontrar su corazón y salir de su autista infierno mental. El oscarizado guión de Akiva Goldsman adaptaba la novela homónima de Sylvia Nasar si bien, como suele hacer el cine biográfico, eludía algunos pasajes de la vida de Nash que sólo se detallan en el libro. Russell Crowe