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ABC JUEVES 10 11 2005 Opinión 7 rial. Es el caso, entre otros, de Islandia, Finlandia, Dinamarca, Singapur, Suecia, Suiza, Noruega, Australia u Holanda. Otros, como Estados Unidos, mantienen excelentes posiciones en materia de competitividad, propias de su nivel tecnológico, mientras que la percepción de corrupción les hace perder un número considerable de posiciones. Quizá todo ello confirme la correlación indicada, porque la correspondencia en los furgones de cola de ambos índices también existe. Por lo que al caso español se refiere, ocupamos la posición vigésimo tercera en materia de IPC, con una puntuación de 7 sobre 10, datos ambos que permiten dobles lecturas. Pero, por una vez y si me lo permiten, en este caso voy a ver la botella medio vacía, porque creo que ni la posición, ni la puntuación, deberían corresponder a un país como España. Más concretamente, los estudios indican que la percepción de corrupción en nuestro país se centra fundamentalmente en sede de partidos políticos y medios de comunicación. Y es ahora cuando vienen a mi memoria, y supongo que a la suya también, nombres y partidos relacionados en los últimos años a casos de corrupción, tanto a nivel nacional como autonómico o local, sin olvidar que el informe Volcker cita a cuarenta y cinco empresas españolas. LA ESPUMA DE LOS DÍAS TIEMPO DE PROFETAS ACE treinta años las jóvenes urbanas marroquíes no usaban pañuelo en la cabeza, y mucho menos si se trataba de empleadas públicas o estudiantes. Hoy, la observancia externa de la religión se extiende entre una de las poblaciones musulmanas menos intolerantes del mundo árabe. Hace esos mismos treinta años, los hijos de inmigrantes del norte y de la costa occidental de África crecidos en los suburbios de las ciudades francesas arrumbaban el bagaje cultural que sus padres habían traído de sus tierras junto con unos pocos y míseros enseres- -una herencia que les pesaba como una losa- -y soñaban con jugar en la selección nacional azul, metáfora EDUARDO de una integración que SAN MARTÍN les convertiría en franceses de los pies a la cabeza, en ciudadanos plenos de su país, de su único país, aquél en el que habían nacido y en el que se habían educado. Hoy, tal vez sigan aspirando a participar en el once nacional francés, pero muchos de ellos vuelven sus ojos a esas pertenencias invisibles que sus progenitores trajeron un día dentro de las maletas, decepcionados por no haber alcanzado la condición de ciudadanos franceses en plenitud. La revuelta de los suburbios en Francia no es la manifestación de un conflicto étnico o religioso. El dato más revelador sobre las causas de la protesta no es que una mayoría de los alborotadores sean hijos o nietos de inmigrantes, sino que en esos barrios las cifras de desempleo duplican y hasta triplican las medias nacionales. Ello, junto al fracaso de una manera de entender el multiculturalismo, que ha enclaustrado a masas de población de origen extranjero en conurbaciones cerradas a la influencia de los patrones culturales dominantes, y también a muchos de sus beneficios, ha creado un caldo de cultivo propicio a las más crudas manifestaciones del desarraigo. Y muchos de esos jóvenes tratan de buscar en sus orígenes lo que no encuentran en el presente y no adivinan para el futuro. Es lo que ocurrió hace unas décadas en algunos de los países árabes más occidentalizados. Los jóvenes volvieron sus ojos a la religión no por inspiración divina, sino inducidos por quienes les ofrecían los textos sagrados como lenitivo para la mala digestión de una herencia colonial pésimamente administrada por una oligarquía autóctona corrupta. Los enfermos desahuciados recurren a los curanderos; los desterrados de este mundo, a los profetas o a las pateras. La cuestión es si el paradigma de Europa que representa Francia ofrece alguna esperanza a esos descamisados. El estado de bienestar europeo ya no garantiza el nivel de asistencia de otros tiempos, pero sigue dificultando la creación de empleo. Un resultado que marca a fuego la piel de esos barrios: más paro y menos protección. No es un conflicto religioso, pero los profetas hacen su agosto también en el corazón de Europa. H No sé si los casos habidos en España son pocos o muchos, pero lo que sí intuyo es que sus consecuencias, en términos reputacionales y de coste de oportunidad empresarial para nuestro país, se encuentran en relación de progresión geométrica. Y es que, al final y como en tantos otros ámbitos, acaban pagando justos por pecadores, porque mucho me temo que en ésta, como en otras materias, nos regimos por una doble moral: de absoluta transparencia informativa e intransigencia con la corrupción en cuanto a los principios, pero de tolerancia en cuanto a los comportamientos. Y la tolerancia, no lo olvidemos, cabe por activa, pero también por pasiva. Motivo por el que, probablemente y para terminar con todo ello, haga falta algo más que algunos hombres buenos y sea momento de que los afectados, esto es, todos nosotros, exijamos la adopción de medidas eficaces en la materia. La cuestión me preocupa, sobre todo porque España ha bajado seis puestos en el último año en materia de competitividad, del puesto 23 al 29. Es sólo un deseo, pero espero que el retroceso no se deba a un incremento en la percepción de la corrupción en nuestro país... de corrupción en la mayor parte de los países encuestados. Siendo de lamentar el dato reseñado, más lo es aún si valoramos la incidencia que tiene sobre la competitividad empresarial. Que algo hay de ello resulta de contrastar el informe anterior con el Índice de Crecimiento de Competitividad (GCI) publicado por el Foro Económico Mundial en septiembre de 2005. El resultado es, cuando menos, clarificador. Los países con menor grado de percepción de corrupción son los que acreditan mayores niveles de competitividad empresa- PALABRAS CRUZADAS ¿Está de acuerdo con la sentencia del caso Atutxa? DESOBEDIENCIA AUSA malestar incluso físico el desacuerdo con determinadas sentencias de los tribunales que estamos obligados a acatar, pero cada vez hay más razones para sentirse incómodos ante decisiones que la Justicia con mayúsculas considera adecuadas a Derecho y sin embargo el sentido común indica todo lo contrario. El Supremo dictaminó que un partido ilegal como Batasuna no podía sentarse en un parlamento democrático, el Parlamento vasco, pero los miembros de la Mesa de ese Parlamento, encabezados por su presidente Juan Mari Atutxa, se negaron a su disolución y además le permitieron tomar determinadas iniciativas políticas. El Supremo actuó en consecuencia frente a la desobediencia y ahora el Tribunal de JusPILAR ticia del País Vasco absuelve a los tres CERNUDA miembros de la Mesa porque dice que no tiene jurisdicción ante miembros del legislativo. Tendrán razón los magistrados, seguro, pero la sensación de que ciertas personalidades políticas se mueven en el siempre seguro terreno de la impunidad no nos la quita nadie. Cuando todo esto ocurre al mismo tiempo que se debate el futuro de la administración de la Justicia en las comunidades autonómicas, es necesario que alguien, quien sea, nos garantice que no se van a cometer locuras como las que se apuntan en algunos textos de dudosa constitucionalidad. Un país sin credibilidad en la Justicia está abocado al desastre. ¿QUÉ ES JUSTICIA? C H AY momentos en los que la pregunta es, simplemente, ¿qué hacer? ¿Qué es lo más conveniente? En el País Vasco se bordea el conflicto institucional día sí, día no. Como ahora en Cataluña. Hay que evitarlo con sabiduría y flexibilidad. Lo de Atutxa, Knörr y Bilbao fue, sí, una desobediencia al Supremo al negarse a disolver el grupo parlamentario de la ilegalizada Batasuna. Ellos se acogieron al foro parlamentario: ésa puede ser su vía de escape, teniendo en cuenta la polémica previa acarreada por la ilegalización de la coalición proetarra, no compartida por todos los magistrados. Es éste un tema delicadísimo, en el que hay que considerar, creo, además de la letra estricta de la ley, otras cosas. ¿Qué hubiese causado más esFERNANDO cándalo? ¿La condena del entonces presiJÁUREGUI dente del Parlamento vasco y los otros dos miembros de la Mesa, o este lavarse las manos de los magistrados, invocando el privilegio parlamentario, cuestión legal que, sin duda, puede traerse a colación? La enmarañada selva togada utiliza alquimias que van más allá del texto legal. No me gusta la actitud de Atutxa, pero entiendo al Tribunal Superior del País Vasco: evita males mayores. ¿O es que no se hubieran, con una sentencia distinta, producido males mayores? Pues eso es lo que la justicia, a veces, evita, aunque retuerza la dura lex acoplándola a las circunstancias. ¿Y eso es justicia? También lo es, glub. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate