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58 Cultura MIÉRCOLES 9 11 2005 ABC La Fundación Mapfre relata en la exposición Luz de gas. La noche y sus fantasmas en la pintura española la historia de cómo las imágenes de la nueva noche (la noche moderna que surge a finales del XIX) están en la génesis de modernización de nuestra pintura Luz del manantial de la noche TEXTO: NATIVIDAD PULIDO MADRID. Históricamente, la noche siempre se ha asociado al territorio del miedo, al lugar del mal... Ha sido la gran metáfora de la muerte. La noche ha llevado a cuestas una imagen terrible y apocalíptica, que los romanos se encargaron de acentuar y que hasta la Real Academia Española, en su Diccionario, define como confusión y oscuridad A la noche le cantaron los místicos: Fray Luis, a la noche serena; San Juan de la Cruz, a la noche oscura del alma. Pablo Jiménez, director de la Fundación Cultural Mapfre Vida, se propuso hace unos años quitarle a la noche esa pátina tan negativa y ha querido arrojar luz sobre ella con una interesante exposición, Luz de gas. La noche y sus fantasmas en la pintura española 1880- 1930 de la que es comisario junto a Lily Litvak, y que se inaugura mañana. La tesis que vertebra la muestra parte de la mismísima ciudad de la luz, París. Y, concretamente, de la tan conocida Paris la nuit El siglo XIX daba sus últimos coletazos y la noche ya no era ese espacio donde habitaba el miedo, sino un lugar de ocio, diversión, fiesta, luz... Nacía la noche moderna y, con ella, una nueva iconografía. A través de más de ochenta obras, algunas inéditas, procedentes de importantes colecciones públicas y privadas de España y el extranjero, la exposición va recorriendo los distintos protagonistas y escenarios nocturnos de la modernidad pictórica. La muestra aborda la muerte, vista a través de ojos tan distintos como los de Picasso, Viladrich o Solana mer lugar, la ciudad callada, dormida, deshabitada; poco a poco por sus calles van desfilando algunos personajes solitarios. Es el caso de una preciosa obra de Regoyos, que da título a la exposición, Luz de gas Pero esa ciudad va expulsando sus fantasmas. Irrumpe en ella la luz. Unas tablillas de Pla y Piñole anuncian ya la noche moderna como espectáculo, rebosante de color. Canals y Rodríguez- Acosta plasman las verbenas populares; Castelucho, el ambiente del café- teatro; Solana, el del café cantante; Beltrán Masses (poco conocido en nuestro país, pero cuyo talento supo reconocer Rodolfo Valentino) la vida en los cabarets- -es estupenda su Fiesta en un cabaret presente en la exposición- Casas y Urgell, los espectáculos del Liceo; Solana, el del circo... A continuación, la muestra se centra en algunos de los protagonistas de esas noches modernas. Ahí están las célebres demi- mondaines parisinas retratadas por Anglada- Camarasa; los pobres de Solana, los cretinos de Nonell, las viudas de Regoyos, los pierrots de Evaristo Valle, incluso un monje en éxtasis, inmortalizado por Zuloaga y cedido por el Museo d Orsay. Y, por supuesto, no falta la muerte, vista a través de ojos tan distintos como los de Picasso, Viladrich o Solana. Picasso nos regala una Escena dramática con la muerte en forma de beso en un sobrecogedor dibujo. Pero la escena más original y llamativa llega de la mano de Miguel Viladrich, que se atreve a pintar sus propios funerales. Comenta Pablo Jiménez que es una de las escasas pinturas españolas en las que la muerte se plasma como un personaje: aparece co- Regoyos, el gran pintor de la noche Arranca con la visión introspectiva y reflexiva del ocaso de artistas como Joan Brull (su cuadro Las ninfas del ocaso del Prado, abre el recorrido) o Modest Urgell, el pintor de los crepúsculos Como curiosidad, de este último se muestra la obra Lo mismo de siempre Título con el que contesta a las críticas que se le hacían a este artista: le acusaban de Mis funerales de Miguel Viladrich, propiedad de la Hispanic Society of America pintar siempre lo mismo. Para Pablo Jiménez, es Darío de Regoyos el gran pintor de la noche La retrató desde todos los prismas y se convirtió en tema central de su producción. De este artista hay buenos ejemplos en la exposición. Como de Joaquín Mir, que tiñó la noche de azul. Las pinturas de ocasos dejan paso a escenas nocturnas urbanas. En pri- El misterio de los interiores iluminados Una pequeña sala acoge uno los apartados más interesantes de la exposición: el espectador se convierte en voyeur y espía, cual James Stewart en La ventana indiscreta lo que ocurre en los interiores que se plasman en el cuadro. Interiores que siempre aparecen iluminados, un tanto exhibicionistas. Un prisma más de la noche, al que le cantó Baudelaire: No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante que una ventana iluminada por una vela Las dimensiones de la sala ayudan a recrear el ambiente íntimo y de recogimiento de las obras que cuelgan en sus paredes. Un Picasso obsesionado con la muerte pinta Balcón cerrado en 1899 (se adivinan unas figuras tras el cristal) mientras Jiménez Aranda se cuela en la intimidad del hogar en Mujer apagando la luz Georges de La Tour es uno de los maestros que mejor supo iluminar las caras de sus retratados. Siguen su estela Solana y Graner, de quienes se muestran en este espacio dos piezas excepcionales. En ambos casos retratan a niños jugando con faroles de papel. Pero dominan los interiores femeninos: las mujeres leen, se visten, cuidan de los niños... De Ramón Casas se incluyen dos exquisitos trabajos, Entre dos luces y Ansiedad de Sorolla, un precioso retrato de su mujer, Clotilde. Pero quizá sea Ricard Urgell quien mejor plasmó, en Sinfonía blanca el universo femenino. Niño y farolillo de Lluís Graner