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ABC MARTES 8 11 2005 Opinión 5 MEDITACIONES DOÑA LEONOR a imagen de Doña Leonor, como expresión de futuro en un país de delicado presente, reconforta en la medida en que amortigua los ecos, pendencieros a veces, de esta riña a garrotazos en que se ha convertido el patio político de un país con la tensión alta. Doña Leonor, dormida en medio del runrún mediático y ajena a la polémica sobre la reforma constitucional, reconforta y apacigua los ánimos de una nación- -con perdón- -demasiado estresada. O sea, que la niña, sin saberlo, encarna ya los valores de la Monarquía de todos. Y aunque sólo fuera durante un rato, consiguió que unos y otros firmaran un brevísimo armisticio sellado en medio de un respetuoso silencio. Tan chica y ya apunta maneras de Reina... Doña Leonor, en pañales, ya sirve a España: ayer le trajo diez minutos de paz. MARCO AURELIO L LEER Y PENSAR ESAS NOCHES DE FRANCIA EL NACIONALISMO. UNA IDEOLOGÍA De Alfredo Cruz Prados Tecnos Madrid, 2005 188 páginas 13 euros La mística de la tribu El nacionalismo tiene algo de obsesivo. Si uno comienza a hablar con un nacionalista de la sequía o de la brevedad de la vida, apenas tardará segundos en deslizar la conversación hacia su monomanía. Pero antes que una obsesión, se trata de una ideología. El libro de Cruz Prados es un certero análisis de esta ideología, que, por ello, puede contribuir a diagnosticar y curar sus patologías. Hace un breve repaso histórico de su génesis, examina su estructura doctrinal, su olvido de la política y su apelación al pasado, y analiza sus relaciones con el liberalismo y el derecho de autodeterminación. La definición de la nación es para el nacionalismo puramente estratégica. El criterio no es la raza, ni la lengua, ni la cultura, sino la asunción del proyecto político que asume. Lo decisivo es la distinción entre quienes asumen el proyecto y quienes lo rechazan: entre nosotros y ellos Por eso le resulta tan fácil deslizarse hacia el totalitarismo, ya que el nacionalista necesita que su proyecto sea el único que responde a las verdaderas necesidades de la nación. El nacionalismo repudia toda forma de pluralismo. IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA A vieja y dulce Francia huele a coche quemado, a adrenalina desbordada, a agresión y tumulto. Es la esquina de un cuadro que también representa a toda Europa, una Europa atemorizada, a veces arrebujada entre telones alegóricos que representan armonías imaginarias y simetrías en falso. Es una Europa que a menudo ha cedido palmos del imperio de la ley por creer compensar el precio de la multiculturalidad y la acogida de la diferencia. Los Estados hicieron una pausa en el ejercicio de la autoridad legítima, dieron un paso más allá de la tolerancia posible, miraron para otro lado cuando se estaban ya viviendo los precedentes de lo que ahora padece Francia, cada noche. Desde luego, no era fácil decir las cosas con claridad sin temerle a la corrección política, pero lo que estábamos viendo era que el angelismo de las políticas inmigratorias, los ritVALENTÍ mos de reagrupación familiar, el PUIG concepto de asilo político y la propia naturaleza del Islam radical en algún momento dejarían al pairo la hipótesis de ese contrato que el inmigrante supuestamente firma cuando llega a su nuevo hogar: aceptar la ley, asumir derechos y deberes. Eso existía en las películas de Frank Capra, pero no en algunos suburbios de la Francia de Chirac. Obtener la residencia, el permiso de trabajo, elevar ese requisito a la naturaleza del pasaporte, todo eso según creímos representaba asumir una cierta idea del bien común, la nuestra, la de Francia, la de quien te recibe y acoge, te da acceso a sus escuelas, sus hospitales, su prosperidad, su justicia y su seguridad. Por parte de los gobiernos nacionales, la tardanza en asumir la noción de tolerancia cero- -no dejar de penalizar la falta menor, la primera infracción- -ha sido característica y no es casual que quien tenga a su cargo la cartera de Interior en Francia sea Sar- L kozy, considerado un duro entre los duros, pero tal vez no exactamente. El Gobierno francés sabía que desde finales de los años setenta esos disturbios estaban incubando en periferias de noches de fin de semana: nadie se ha puesto a quemar coches de repente. Ahora rige el efecto de contagio generado por otras noches sin tolerancia cero. Es lección para todos los gobiernos europeos, a derecha e izquierda. El estallido de una desobediencia civil tan grave requiere de sedimentaciones previas, de una acumulación de desacatos impunes. Está claro como dice Chirac que el orden y la ley deben tener la última palabra: la cuestión es saber por qué la ley y el orden no tuvieron plena vigencia a los primeros indicios de lo que hoy son las noches de Francia. Una sociedad desvinculada, desautorizada es el peor de los paradigmas morales para juventudes turbulentas y sin arraigo, carentes de la noción de respeto y responsabilidad. En el caso de los jóvenes musulmanes, ni tan siquiera escuchan a sus propios imanes. Es el nihilismo de la jihad en su versión más actualizada. La marginación, el paro, la desigualdad o el bajo poder adquisitivo no justifican quemar el coche del vecino o agredir al vecino si intenta salvar su coche. Es paradójico que sean las sociedades de acogida las que tanto invierten en el respeto a la diferencia, por contraste con unos inmigrantes que- -sean mayoría o minoría- -tan poco hacen por integrarse e integrar a sus hijos. Los desastres nocturnos de Francia tal vez sean una erupción transitoria, pero nadie podría asegurar que no se expandan o reproduzcan de forma cíclica hasta configurar un modo espasmódico de estar: una concatenación de guetos descontrolados en el seno de una sociedad temerosa y reactiva. Para equilibrar integración y acogida, al final hay pocas opciones distintas a formular las advertencias con la mayor claridad y aplicar el criterio de tolerancia cero. Si hay que evitar la demagogia, el único método es la razón.