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26 Internacional LUNES 7 11 2005 ABC Sharón telefoneó al padre El primer ministro de Israel, Ariel Sharón, lamentó ayer la muerte del niño palestino Ahmed al- Jatib e invitó a su padre a visitar su oficina para expresarle el pésame. Así lo informaron la agencia palestina Anan y otros medios locales, que agregaron que Sharón le había telefoneado personalmente. Ismael al- Jatib, el padre de la víctima, aseguró a los medios que Ariel Sharón me dijo que quería verme cara a cara para pedirme perdón personalmente quien no murió en el acto pero estaba condenado a muerte. Trasladado de urgencia primero al hospital de Afula, más tarde a los cuidados intensivos del centro Maimónides, en Haifa, Ahmed aguantó con vida 48 horas, antes de morir en la tarde del sábado junto a parte de su familia. No de toda, pues a su padre, Ismail, ex presidario, le impidió Israel llegar hasta el lecho de muerte de su hijo para despedirse de él por razones de seguridad. Pese a todo, pese a esa bala estúpida y barata pero mortal; pese a la prohibición a ese padre destrozado; pese al odio y la ira y la sed de venganza y la violencia sempiterna instaladas para siempre en Yenín, la familia de Ahmed hizo caso a la sugerencia del hospital israelí y donó los órganos para salvar vidas desde la muerte. Seis, ni más ni menos. Yusra Gadban, una árabe israelí, permanece junto a la cabecera de su hija Samah, de 12 años, que ayer recibió el corazón de Ahmed al- Jatib; otros órganos del niño palestino muerto fueron donados a otros cinco pacientes israelíes AP Ahmed al- Jatib, de 12 años, murió tras ser herido de una bala en la cabeza por soldados israelíes mientras jugaba con un fusil de plástico. Su familia ha donado su corazón, hígado, pulmones y riñones a seis pacientes necesitados Trasplante lleno de vida de un niño palestino muerto TEXTO: JUAN CIERCO CORRESPONSAL Nosotros escogemos la vida Hemos aceptado donar los órganos de Ahmed porque queremos demostrar la diferencia entre nosotros y las Fuerzas de ocupación. Ellos escogieron la muerte para Ahmed, nosotros la búsqueda de la vida. Somos felices por poder hacerlo, porque esos órganos salvarán vidas judías o árabes, poco importa porque todos somos seres humanos explicó el tío del niño, Mustafá Huroub. Ayer, apenas horas después de haber sido extraídos del pequeño cuerpo del chaval, enterrado en Yenín entre una impresionante manifestación de duelo y solidaridad, el corazón, los riñones, los pulmones y el hígado de Ahmed eran transplantados en seis cuerpos necesitados de vida. La misma que él no podrá ya disfrutar por culpa de un fusil de plástico y de una bala que, como casi todas, llegó sin ser invitada, sin preguntar, sin llamar. El corazón late ya en el menudo cuerpo de una pequeña de también 12 años, como los que tenía Ahmed. El hígado, dividido en dos, ha servido para devolver la sonrisa a una mujer de 56 años y a los padres de un bebé de seis meses que se debatía entre la vida y la muerte. Los riñones trabajan ya para que otro pequeño de 5 años pueda muy pronto salir a jugar a la calle con sus amigos. Y los pulmones, sanos, llenos de un aire demasiadas veces irrespirable por estos lares, hacen lo que deben en los cuerpos de un niño de 5 años y de una niña de 4. Seis vidas salvadas en cuerpo y alma por Ahmed al- Jatib, por esa familia que le llorará siempre pero que siempre sabrá que seis vidas seis llevarán marcado el sello de un niño de sonrisa franca, abierta, buena. JERUSALÉN. Las balas llegan siempre sin ser invitadas. Entran sin llamar a la puerta. Invaden sin preguntar. No reconocen la inocencia de un niño de 12 años. Tampoco su bondad. Ni su ingenuidad. No saben de fiestas sagradas en calendarios gregorianos, judíos o musulmanes. Tras ser escupidas con violencia, vuelan raudas, en una sola dirección, a velocidad de vértigo, sin mirar a derecha o izquierda, sólo de frente, sin detenerse hasta alcanzar su objetivo, establecido por ese dedo humano que aprieta el gatillo fácil tras un vistazo muchas veces engañoso. Una bala anónima, disparada por un soldado que según sus superiores actuó de acuerdo al reglamento interno del Ejército, se estrelló el jueves en la cabeza de Ahmed al- Jatib, quien a sus 12 inocentes años jugaba en Yenín con un fusil de plástico que le habían regalado esa misma mañana de Aid al- Fitr, la fiesta musulmana más importante del año, que conmemora el final del mes de Ramadán. Un día de alegría, en el que se reúnen las familias para comer y cenar todos juntos, en el que se hacen regalos a los niños como en nuestro día de Navidad, en el que siempre se vierte una lágrima por esa madre ya anciana fallecida hace unos meses, o ese hermano que vive en el extranjero y no ha podido volver a casa a comerse el turrón musulmán, se convertía así en otro día de duelo, uno más en estos penosos años de Intifada, en el que la vida de un niño volvía a valer lo mismo que esa bala que acabaría con el pequeño. Acostumbrado a los disparos La mañana estaba siendo movida, con intercambio de fuego entre milicianos palestinos y soldados israelíes en la castigada ciudad. El eco de los disparos apenas inquietaba a Ahmed, acostumbrado pese a su corta edad a ese hilo musical en los últimos años. El disparo, efectuado a 130 metros de distancia imposible saber desde tan lejos si ese rifle que portaba el niño era de juguete o real explica un portavoz del Tsahal que lamenta el incidente y promete una investigación a fondo) fue como casi siempre certero. La bala, que llegó sin ser invitada; que entró sin llamar; que invadió sin preguntar; que no reconoció la inocencia y la bondad de Ahmed, ni tampoco su ingenuidad; que no sabía nada de fiestas musulmanas; escupida con violencia, se alojó en la cabeza del chaval,