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ABC LUNES 7 11 2005 Opinión 5 MEDITACIONES COMPAÑERO... E STATE tranquilo porque vamos a cumplir nuestros compromisos en defensa del carbón... no se pueden hacer milagros, pero sí muchas cosas. Y se harán, compañero, por supuesto... Quién iba a decirle a Zapatero que la promesa que le hizo al líder del sindicato minero, José Ángel Fernández Villa, durante la última fiesta en Rodiezmo, iba a volvérsele en contra de esta manera, apenas dos meses después, justo ahora que caen chuzos de punta. En mala hora se le llenó la boca a Zapatero, porque aquella gente le tomó la palabra y van a cobrarse la pieza... ¡menudos son... Y los socialistas asturianos arremetiendo contra la Iglesia por defender a los mineros... Les crecen los enanos y todavía no ha empezado el espectáculo. Estén atentos, porque hay ruido de fondo... MARCO AURELIO LEER Y PENSAR EL MALESTAR EUROPEO LA COCINA DEL PENSAMIENTO DE JOSEP MUÑOZ REDÓN RBA BARCELONA, 2005 236 Páginas 17 euros El arte de pensar Existe la idea según la cual la filosofía y la vida tienen poco que ver. Entre otros, Josep Muñoz Redón lleva años sosteniendo lo contrario. Ahora, en La cocina del pensamiento -premio Sent Soví 2004 de literatura gastronómica- da una vuelta de tuerca al mostrar la relación existente entre el arte de cocinar y el de pensar. Sostiene el autor que el secreto de los sistemas filosóficos bien podría encontrarse en el menú de los filósofos. Dicho así, a bocajarro, parece una boutade. Otra idea brillante de las muchas que aparecen en una época en que lo importante es sorprender al personal con cualquier trivialidad o estupidez. No se trata de eso. Y es que Josep Muñoz Redón, desmenuzando la comida preferida de los grandes filósofos, establece analogías plausibles entre gusto culinario y pensamiento. Pongamos por caso: la pasión por la naturaleza de Rousseau y su amor por la verdura, o la síntesis de Kant y su rigor alimenticio. Y, a modo de propina- -mejor, de postre- el libro nos introduce en la substantividad y método de la filosofía. El menú que sirve el autor se digiere bien. Y habrá quien piense que la inanidad intelectual hoy reinante se encuentra en una dieta insuficiente. Quizá. MIQUEL PORTA PERALES ODEMOS engañarnos pensando que los desmanes que estos días se suceden en Francia son tan sólo la expresión traumática de un fracaso político; se trataría de un diagnóstico tranquilizador, pero insuficiente. Detrás de la parálisis institucional, de la hipertrofia burocrática, de la crisis de un modelo social, del florecimiento de movimientos radicales animados por un apetito de destrucción y saqueo, se esconde ese malestar colectivo que ataca a las naciones cuando han dejado de creer en su futuro y se entregan orgiásticamente a la decrepitud. Solzhenitsyn, hace ya algunas décadas, aludía al arrebato de automutilación que minaba la vitalidad del continente, desde que la conciencia europea empezase a excluir a Dios. Pecaríamos de ingenuidad si pensáramos que este arrebato de automutilación es una enfermedad exclusivamente francesa; sus síntomas los comparJUAN MANUEL ten, con mayor o menor virulencia, DE PRADA los países de su entorno, víctimas de una mortífera mezcla de prosperidad material y nihilismo espiritual. Hacia el final de sus colosales Memorias de ultratumba Chateaubriand se dispone a entrar intrépidamente, crucifijo en mano, en la eternidad En esta hermosa frase, tan aguerrida y elegíaca, se condensa el espíritu de una Francia ya extinta. Ciento cincuenta años después, el país que engendró al grandioso Chateaubriand encumbra a escritores como Houellebecq, sin más fe que el hastío, la fatiga y el hartazgo. Compararlos con aquellos titanes de antaño equivale- -afirmaba un sembradísimo Valentí Puig en un artículo reciente- -a comparar la Victoria de Samotracia con una muñeca hinchable de sexshop; pero cada época tiene los escritores que merece y celebra a aquéllos que mejor aciertan a captar su idiosincrasia. Y escritores como Houellebecq no hacen sino poner un espejo al borde del camino, pa- P ra que en él se refleje el hombre europeo, convertido en una pasión inútil después de renunciar al genio del cristianismo, náufrago en el aguachirle relativista, incapaz de defender los valores y principios que fundaron su civilización y su fortaleza espiritual. En estos tiempos de malestar que anticipan la muerte de Europa, me permitirán que insista en la cita de Chateaubriand: No considero que haya otra solución para el porvenir que no esté en el Cristianismo y en el Cristianismo católico; la religión del Verbo es la manifestación de la verdad, así como la Creación es la manifestación de Dios. No pretendo en absoluto que tenga lugar una renovación general. Admito que pueblos enteros están abocados a la destrucción; admito también que la fe se está secando en ciertos países; pero si queda un solo grano, si cae en un poco de tierra, aunque sólo sea en los restos de un tiesto, este grano germinará, y una segunda encarnación del espíritu católico reanimará a la sociedad. Cuando haya alcanzado su punto culminante, las tinieblas acabarán de disiparse; la libertad, crucificada en el calvario con el Mesías, descenderá con Él; devolverá a las naciones ese nuevo testamento escrito a favor suyo. Pasarán los gobiernos, desaparecerá el mal moral, la redención anunciará la consumación de los siglos de muerte y de opresión nacidos de la caída. ¿Cuándo llegará ese tan deseado día? ¿Cuándo se recompondrá la sociedad? Nadie puede decirlo; imposible calcular cuánta resistencia opondrán las pasiones humanas. Pero si debe haber un porvenir, un porvenir poderoso y libre, sólo podremos alcanzarlo con la ayuda de esta esperanza cristiana, cuyas alas crecen a medida que todo parece traicionarla Sospecho que los franceses, los europeos todos, han dejado de leer a Chateaubriand; si algún día vuelven a hacerlo, quizá encuentren una solución a su malestar. Quizá entonces un grano germine, reanimando a la sociedad.