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ABC LUNES 7 11 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LO QUE QUEDA DE NOSOTROS POR EDUARDO SAN MARTÍN DIRECTOR ADJUNTO DE ABC Gran parte de lo que somos es puro accidente. De forma que construir un edificio ideológico sobre cimientos tan movedizos tiene mucho más que ver con los tramposos dominios de la fábula que con la severa arquitectura de las ideas... UIEN no tiene en el mundo nada de qué enorgullecerse se refugia en el último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad; en ello se ceba y está dispuesto incluso a defender con manos y pies todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación... Son palabras escritas por Arthur Schopenhauer hace casi doscientos años, y que no cito con toda exactitud por no reproducir los términos, más crueles, que el filósofo alemán utilizaba para descalificar a quien retrataba con esos trazos. Son innecesarios para lo que aquí importa. Aun así, de las muchas recetas sobre el nacionalismo que he ido acaparando durante años como eventuales vacunas contra esa gripe nada aviar de nuestro tiempo, ésta me parece la más eficaz. Cada vez que oigo sonar una voz identitaria a pocos metros a la redonda, la desempolvo del anaquel de fórmulas magistrales en que la conservo, y la releo con toda atención para evitar cualquier contagio. Q inseguridades. Cuando aprendemos a dudar. De esa misma manera, aceptando finalmente que deben desconfiar de sí mismos, los pueblos maduros se convierten en inmunes a las fantasías tentadoras con las que les han poblado los albores de su presencia en el mundo. La cursiva de la cita es mía. Por casualidad. Ya estas dos palabras solas deberían servir de antídoto suficiente para aplacar cualquier ensoñación comunitarista. Y cualquier pretensión de convertir el azar físico de la pertenencia en algo más que en una red de afectos tejida con los nudos reconfortantes de las cercanías personales. La naturaleza aleatoria de nuestra inserción en el mundo, en un lugar determinado y no en otro, dentro de una concreta cultura y no en la de más allá, adornados con los dones de la fortuna o castigados por los dioses desde el momento mismo de nacer, tendría que diluir cualquier orgullo de pertenencia en el mucho menos pretencioso sentimiento de un saludable escepticismo. Gran parte de lo que somos es puro accidente. De forma que construir un edificio ideológico sobre cimientos tan movedizos tiene mucho más que ver con los tramposos dominios de la fábula que con la severa arquitectura de las ideas. Una suplantación ésta, que se desnuda a sí misma cuando para sostener los arquitrabes de una construcción tan frágil se recurre a los prestidigitadores de la memoria para hacer pasar el gato de la leyenda por la liebre de la historia. El mecanismo de construcción de la identidad es inherente al desarrollo de las culturas y de las sociedades escribía hace unos años el profesor Alejandro Miguel Mi historia es mía 1998) pero no puede constituir en sí mismo una especie de heurística ad libitum que busque árboles genealógicos donde tan sólo hay praderas incultas Esta alusión al mecanismo de construcción de la identidad referido al nacionalismo, me remite a una conclusión que creo compartir con otras personas que han quemado ya unas cuantas etapas de su vida: que, como ocurre en el caso de otras ideologías con pretensiones totalizadoras, la nacionalista constituye una especie de pasión adolescente. Una pulsión que se correspondería, en la vida de los hombres, con ese periodo de inmadurez en el proceso de afirmación de la propia identidad, y que tiende a desaparecer cuando nuestras biografías empiezan a curtirse con la certeza de las propias Hasta hace nada, muchos en España creíamos haber llegado a ese punto. Y esta convicción convierte en más incomprensible, y en más insoportable, esta especie de nueva primavera de las Naciones a la que asistimos en un suelo que soñábamos, desde la Constitución de 1978, a resguardo de recaídas pubescentes. Asombra, sobre todo, que personas y grupos que se mantuvieron a prudente distancia del sarampión nacionalista, y a los que imaginábamos de vuelta de un viaje que en algún momento les situó en el mismo compartimento que a los epígonos de la diferencia, se vuelvan a sentir tentados por los cantos de sirena que se ocultan tras ese enunciado nada inocente de la nación de naciones En 1996, como quien dice anteayer, ese estado de madurez en el que creíamos encontrarnos era susceptible de asociar los nombres de dos escritores cuyas trayectorias intelectuales, sin embargo, les situaban en los antípodas en no pocos escenarios; dos talentosos creadores a los que este escriba admira por razones muy parecidas, a pesar de esas diferencias. Por aquellas fechas, el periodista, narrador y poeta gallego Manuel Rivas, en una serie de reportajes sobre el problema vasco publicados en El País citaba unos versos, después muy divulgados, del también escritor y poeta, en este caso vasco, Jon Juaristi: Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes y por qué hemos matado tan estúpidamente. Nuestros padres nos mintieron: eso es todo Y esa evocación sugería, con mayor plasticidad que cualquier otra fórmula más explícita, un torrente de sentimientos compartidos: la manipulación de la memoria como línea roja más allá de la cual ninguna persona decente debería aventurar sus rumbos. Me gustaría pensar que una complicidad de esa naturaleza sigue siendo posible entre dos conciencias tan dispares, pero mucho me temo que los vientos huracanados que han soplado durante la última temporada de ciclones han hecho varar sus respectivas embarcaciones en playas demasiado distantes. Trayectorias creadoras que se bifurcan y que representan la metáfora más expresiva, por desgracia, de las trincheras que comienzan a levantarse en un espacio que, a pesar de las muchas y grandes diferencias que albergaba, una inmensa mayoría de españoles reconocíamos como común. Para ellos, los nacionalistas, nosotros éramos ellos. Y ese anatema separador tenía la enorme virtud de situarnos a todos los otros, a los que ignorábamos sus fantasías, en la amplísima hermandad de los iguales. Durante décadas, ese saludable sentido de pertenencia a una patria común que tenía menos que ver con los territorios y mucho más con la defensa de un código compartido de libertades, se mantuvo impermeable a legítimas luchas de poder, e incluso a operaciones de acoso y derribo más espurias. Eran tiempos en los que los partidos nacionales se hacían llamar constitucionalistas sin ningún tipo de complejo porque la nación a la que apelaban era aquella que, a través de la Constitución, insuflaba el aliento de la libertad y la democracia a la empresa más prometedora que los españoles habían acometido en muchos siglos. Con la perspectiva del transcurso de un tiempo suficiente, es posible aventurar una hipótesis sobre el momento preciso en el que el camino de los dos grandes partidos españoles comenzó a separarse; el instante germinal en el que uno de ellos prefirió otear otros horizontes en busca de aventuras que ya no iban a poder ser comunes. En mi opinión, no fueron las elecciones de 2004. Algo muy profundo se desgarró después de los comicios vascos de 2001. Apenas un puñado de votos privó a los partidos constitucionalistas de provocar un vuelco electoral que hubiera trastocado los designios de los nacionalistas, de todos los nacionalistas, tal vez por espacio de varias generaciones. Se cometieron errores, quién lo duda, pero el proceso de culpas que se instó después de una derrota tan estrecha se ensañó especialmente con una parte de los vencidos. Y la otra, que actuó de fiscal principal, prefirió arrojar la toalla. Desde entonces, quienes hoy gobiernan en España prefieren situar los polos de la diferencia sobre un eje distinto, en una asignación de papeles que convierte en ellos a una derecha a quien se hace cargar por siempre jamás con todo el lastre de su pasado, y en nosotros, a todos los que dicen tener alguna cuenta pendiente con esa derecha congelada en el tiempo. Prefieren ignorar que algunos de sus nuevos socios con quienes tienen cuentas pendientes son con todos los demás españoles. De derechas y de izquierdas.