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ABC SÁBADO 5 11 2005 Cultura 65 TEATRO Desconcierto Autor: Santiago Moncada. Dirección: Arturo Fernández. Escenografía: Eduardo de Llano. Intérpretes: Arturo Fernández, Juncal Rivero y Eva Serrano. Lugar: Teatro Infanta Isabel. Madrid. CLÁSICA Día Universal del Ahorro Weber: Oberón (obertura) Mendelssohn: Sinfonía escocesa y El sueño de una noche de verano Intérpretes: Orchestre Revolutionaire et Romantique. Director: Sir John Eliot Gardiner. Lugar: Auditorio Nacional. Fecha: 2- XI EL LEÓN EN OTOÑO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN COSAS FEÉRICAS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE i en sus dos inmediatas colaboraciones Santiago Moncada cortó un esmoquin a la medida de Arturo Fernández, en esta ocasión ha confeccionado para el actor un frac que le sienta también estupendamente; un frac de gran director de orquesta que apura las últimas mieles de la edad madura, narcisista irredento, incorregiblemente coqueto e infatigable donjuán, al que apasionan, tanto o más que la música, las mujeres. Moncada ha perfilado su patrón amoldándose una vez más al perfil específico de Arturo Fernández, al que, con ocasión del primer Esmoquin recuerdo haber definido como el último mohicano de nuestra escena por ser probablemente el último representante de esa raza de actores que, al frente de su propia compañía, eran capaces de llenar teatros con el solo influjo de su nombre en la cabecera del reparto. Arturo lo sigue haciendo función tras función. Desconcierto es una suave y divertida comedia sentimental, teñida por una sutil carga de nostalgia por el paso del tiempo y resuelta con alegre y nada resignado realismo, que toma el latino carpe diem como emblema. El director de orquesta, de envidiable aspecto para los 70 años que en la obra cumple S Arturo Fernández y Juncal Rivero, en Desconcierto -el actor confiesa encima alguno más- -y obsesionado por negar la edad que marca su calendario, ensaya la Marcha Radetzky que habrá de dirigir poco tiempo después en el tradicional concierto de Año Nuevo en Viena; este león en su otoño está inquieto en lo personal ante la mengua de su vigor físico, lo que afecta también a su actividad artística. Su secretaria y representante es una antigua amante que, terminada la relación sentimental, lleva junto a él varios años de estricta relación profesional, un tira y afloja en el que se mezclan las ascuas del antiguo amor y las aristas del rencor que ha ido acumulando como testigo de las sucesivas conquistas del director. La aparición de una joven periodista servirá para reavivar la confianza en sí mismo del maduro casanova... y algo más. El Arturo Fernández actor reedita ese formidable personaje que ha con- ABC vertido en imagen de marca y en cuya piel se siente tan a gusto: el impecable seductor instalado en una saludable autoironía desde la que se permite bromas con su edad y con su obsesivo sentido de la elegancia, y desde la que coquetea con el público; es un intérprete que domina todos los resortes de su oficio, que modula, frena o acelera a voluntad, y que aquí se da además el gusto de cantar un par de boleros con acariciante entonación. Y el Arturo Fernández director lleva a cabo un trabajo transparente, muy eficaz de ritmo, cuidadoso en los detalles y al servicio de la comedia y, por ende, de sí mismo. Junto a él, la debutante Juncal Rivero y Eva Serrano, muy guapas y muy bien encajadas en la acción, le dan justa réplica y contribuyen a que los espectadores pasen el buen rato que esperaban pasar. Por algo acuden a ver una de Arturo Fernández. TEATRO Nora Autor: Henrik Ibsen. Director: Thomas Ostermeier. Dramaturgia: Beate Heine y Maja Zade. Escenografía: Jan Pappelbaum. Vestuario: Almut Eppinger. Música: Lars Eidinger. Intérpretes: Anne Tismer, Jörg Hartmann, Lars Eidinger, Jenny Schily, K. B. Schulze y Agnes Lampkin, entre otros. Lugar: Sala Valle Inclán (Real Escuela de Arte Dramático) Festival de Otoño. Madrid. PISTOLETAZOS DE SALIDA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN l portazo con el que Nora se despide de la casa de muñecas en que ha vivido recluida durante sus ocho años de matrimonio con Torvald Helmer resuena contundentemente desde 1879 en la historia del teatro universal. Ese portazo como un redoble de conciencia y que tanta controversia provocó en su momento ha sido sustituido por Thomas Ostermeier, que ha trasladado la acción a nuestros días, por un recurso aún más contundente: la salida E de Nora va acompañada de varios pistoletazos y el anillo de casada símbolo de su sometimiento se lo devuelve la mujer liberada al cadáver de su marido. Una forma de rubricar la emancipación realmente incontestable en una versión de la obra de Ibsen que, por lo demás, se ajusta de manera bastante fiel al texto con las lógicas- -y casi siempre tan audaces como geniales- -actualizaciones introducidas en el montaje. Esta adaptación de Casa de Muñecas que ha traído al Festival de Otoño la prestigiosa Schaubühne berlinesa es un formidable espectáculo teatral de cabo a rabo. Ostermeier dirige un montaje intenso, nervioso y lleno de estimulantes recovecos, de destellos de humor y cuidadosas fisuras que dejan adivinar los demonios que se agitan bajo la tersa apariencia de la familia feliz, de súbitas descargas rítmicas de adrenalina que son como latigazos en el discurrir de la Uno de los platos fuertes es la colosal escenografía, que realiza giros completos de 360 grados acción y transparentan la torturada psicología de los personajes. El director se permite hasta juegos de virtuosismo hitchcockiano con la pistola cargada que lleva Nora en el desenlace de la obra y que incorpora a su disfraz en sustitución de una de las de juguete. Otro de los platos fuertes de la función es la colosal escenografía de Jan Pappelbaum, que realiza giros completos de 360 grados y se detiene en diversas perspectivas de la vivienda con cadencia de planos cinematográficos. La interpretación merece capítulo aparte, comenzando por la prodigiosa Nora de Anne Tsimer, que la encarna con desgarrada tensión sonámbula, como en trance controlado; un extenuante ejercicio de interpretación que sabe hacer rezumar el dolor y el miedo latentes bajo el aparente atolondramiento inicial del personaje. Frente a ella, Jörg Hartmann es un Helmer de inacabables matices: serio hombre de negocios, apasionado esposo, iracundo botarate, marido tan perplejo como aterrado por la transformación de su Barbie particular... Humanísimo el chantajeador Krogstad de Kay Bartholomäus Schulze y estupendos también los restantes componentes del reparto de este gran trabajo escénico. ohn Eliot Gardiner se mueve como pez en el agua por el reino de las hadas. Se podría decir que se ha instalado en su espacio natural. Son muchos años los que lleva tratando de purificar el sonido, a veces afinando los afectos de la música de Haendel, en otras ocasiones indagando el lado más contemplativo de Bach, incluso centrifugando la complejidad química de la orquesta de Berlioz. Todo, con el solo fin de atravesar esa sonoridad cotidiana que las orquestas modernas han acomodado en los oídos y restaurar, por ejemplo, aquella nueva posibilidad del sonido romántico que inauguró la feérica obertura del Oberon de Weber ante la que el mundo quedó boquiabierto. Para sus experimentos sinfónicos, Gardiner se sirve de la Orchestre Révolutionaire et Romantique, entre cuyas virtudes está la de ser una prolongación natural de su gesto y la reencarnación exacta (o al menos ése es el encanto de su engaño) de una diáfana atmósfera sinfónica, clara, etérea, digna de ese diálogo de sentimientos instrumentales establecidos en aquella obertura con la que ahora se ha abierto el concierto del Día Universal del Ahorro. Ya puede ser la trompa que inicialmente sonó en lejanía, ya el sonido apenas rozado sobre la cuerda o la brillantez del metal. Realmente sorprendente. Pero aún así, también Gardiner y los suyos son perfectibles. Para que negarlo, a veces caen en torpezas instrumentales, en desatinos propios de las traicioneras trompas, o en afinaciones desmayadas. De todo hubo en la sinfonía Escocesa de Mendelssohn. Lo mejor: el hacer bonito, la forma de cantar elegante y el sentido del pulso riguroso y natural. Pero interesa, sobre todo, la fragancia de lo misterioso, de ese sentimentalismo que Mendelssohn propuso en El sueño de una noche verano Porque ahí Gardiner toca directamente el tamizado reino de los elfos y las hadas. A ellas, tan cursilinas, se las vio circulando por el Auditorio en una semiescena, al lado de Oberon y de Punck. Con sus alas rosas y sus pies descalzos, cantando con esas voces blancas que son también otro hallazgo instrumental inherente a la cordialidad sonora que Gardiner deja al descubierto. Porque, realmente, en sus manos, estas y muchas otras obras son otra cosa. J