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64 Cultura SÁBADO 5 11 2005 ABC ROCK Festival Wintercase Conciertos de Delays, The Go- Betweens y Teenage Fanclub. Lugar: Aqualung (Madrid) Fecha: 2- XI- 2005. LA FERIA DE LA NOSTALGIA JESÚS LILLO C omo escaparate y muestrario de nuevos talentos, función amenazada por las exigencias del mercado del disco, los festivales de rock suelen programar las actuaciones de los artistas menos conocidos en sus franjas marginales, dedicando su prime time a grupos y bandas que, como sucedió en la sesión inaugural del festival Wintercase, poco tienen que añadir a sus ya largos y manoseados curricula. Cuando no son el calor y la cremallera de la tienda de campaña- -en los certámenes de verano y costa- -son los atascos del tráfico urbano y los horarios laborales los obstáculos de entretiempo que impiden disfrutar de ofertas cuando menos curiosas. Resumiendo, que pocos pudieron ver y escuchar a los Delays, única incógnita de la ecuación que abría la quinta edición de un festival, cada vez más conservador, que sigue perdiendo su carácter de desfiladero de promesas y en cuyo tenderete de camisetas vendían la otra noche lotería de Navidad. Montar a estas alturas una feria para los Go- Betweens y Teenage Fanclub no tiene otra lógica que la que proporciona la nostalgia. Quizá por la influencia ejercida por John McEntire (Tortoise) productor de su último álbum, Teenage Fanclub ha comenzado a salpicar su pop de retaguardia con torsiones instrumentales que remiten a Wilco y que no desentonan con el afortunado acento sureño de su relectura de los Byrds. Abrieron con Start Sign y recordaron Did I Say Ain t That Enough Concept y I Don t Want Control of You canciones que en su día ya nacieron viejas y que aplaudió un público congregado sin otra motivación que la de escuchar, sin riesgos, una buena dosis de recuerdos. Como a Teenage Fanclub, a los Go- Betweens les han pasado por encima todas las modas de los últimos años. En tiempos difíciles, los escoceses fueron valientes pioneros de un proceso de reciclaje- -hippismo amable, sin ácido- -que hoy se manifiesta en multitud de grupos. El mérito de los australianos, en cambio, ha sido el de mantener intacto el ánimo y la espuma de una Nueva Ola que todavía tonifica. Así, y a diferencia del repertorio de sus compañeros de escenario, las canciones de los GoBetweens siempre suenan nuevas, pequeño milagro que les permite estrenar, pese a la calvice y las canas de Foster y McLennan, una eterna juventud, acústica y enamorada, que sobrecoge. Sin apenas nostalgia. Tamara Rojo, rodeada por los siete enanitos, en el ballet Blancanieves E. MORENO ESQUIBEL DANZA Blancanieves Coreografía, libreto y dirección artística: Ricardo Cué. Música, dirección y producción ejecutiva: Emilio Aragón. Adjunto a la coreografía: Santiago de la Quintana. Escenografía: Fernando González y Érika Ortiz. Vestuario: Casilda Cavero. Luces: Freddy Gerlache, Felipe Ramos, David Arribas. Principales intérpretes: Tamara Rojo e Iñaki Urlezaga. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Lugar: Teatro Arriaga, Bilbao. Fecha: 3 de noviembre. EL ESPEJO DE TAMARA ROJO JULIO BRAVO i Tamara Rojo se plantara ante el espejo y le preguntara, como la Reina de Blancanieves aquello de: Espejito, espejito, ¿quién es la mejor bailarina del mundo? no hay duda de que escucharía: Tú Y es que Tamara Rojo es hoy en día, si no la mejor bailarina del mundo (los términos absolutos en el arte son siempre peligrosos) sí una artista muy difícil de igualar. Así lo repite la crítica una y otra vez en Londres y así lo ha demos- S trado una vez más en Bilbao, en el estreno de Blancanieves donde se sobrepuso a una lesión en el tobillo que le impedía rendir al cien por cien pero que no le impidió abrir el abanico de su arte: impecable técnica, efusividad, dulzura, coraje, musicalidad, calidez, expresividad y, otra vez, coraje (tiene tanto que hay que citarlo dos veces) El elogio resulta especialmente satisfactorio porque Tamara es el mascarón de proa de un proyecto más que inusual: la creación de un ballet clásico en nuestro país. Blancanieves nace del empeño de Ricardo Cué y de Emilio Aragón, que han puesto en pie una producción llena de aciertos y ovacionada en su estreno bilbaíno en el teatro Arriaga. Si no es fácil sacar adelante una compañía de ballet en España, es mucho más complicado armar un conjunto como el que Cué y su mano derecha, Santiago de la Quintana, han con- Tamara es el mascarón de proa de un proyecto más que inusual: la creación de un ballet clásico en nuestro país formado en los últimos meses. La bisoñez y la falta de experiencia son el único lastre que arrastran los bailarines de esta compañía, pero ya se sabe que ese lastre se suelta con tiempo y representaciones. Hay sin embargo mimbres y bailarines como Federico Fressi o los gemelos Roberto e Iván Sánchez merecen mucha atención. Emilio Aragón, volcado en los últimos años en la composición musical, ha escrito una partitura sencilla, colorista y personal, de estilo absolutamente clásico, que busca la complicidad del guión y baila con la escena. Sobre esa base Ricardo Cué ha elaborado una coreografía clara, transparente, dinámica, estrictamente clásica, que explota el virtuosismo de los bailarines (donde, lógicamente, brilla la categoría del argentino Iñaki Urlezaga, noble y espléndido) y busca la luminosidad de la danza. Blancanieves es un bonito ballet, ni más ni menos, pero es sobre todo un alentador proyecto que ojalá sirva para despertar conciencias acerca de la necesidad de animar el ballet clásico; existe talento y existe público (en Madrid ya están todas las entradas vendidas) Ahora falta que exista voluntad por parte de las instituciones. JAZZ XXII Festival de Jazz de Madrid Intérpretes: Dave Holland Quintet. Lugar: Centro Cultural de la Villa de Madrid. Fecha: 3 de noviembre LIBERTAD SONORA LUIS MARTÍN D ave Holland daba sus primeros conciertos junto a Tubby Hayes, Kenny Wheeler y Ronnie Scott, dueño y director este último del histórico club londinense del mismo nombre. Pero ya en aquellos años, el trompetista Miles Davis se había fijado en él. Andaba vivamente emocionado con aquel contrabajista que, con sus múltiples recursos rítmicos, arrancaría la magistral labor de fijación fonográfica de los álbumes In a silent way y Bitches brew En ambos discos se escondían todos los placeres que, más tarde, hemos disfrutado con quienes fueron discípulos- -y son legión- -de Miles Davis; uno de ellos, Dave Holland. La técnica de Holland, de aliento mingusiano, tiene tanto de arte circense como de sortilegio. Y se erige como espléndido ejemplo de que el contrabajo, por su función suministradora de una base armónica sobre la que los músicos puedan conducirse, constituye la espina dorsal del conjunto. Verle en acción al frente de su quinteto, ha vuelto a constituir una experiencia que trasciende lo musical, un ver para creer marcado por una línea de arreglos para sus composiciones prodigiosa y original. Su propuesta tiene la riqueza y la complejidad armónica del último jazz. Un sonido vivaz que azota con la fogosidad del trombonista Robin Eubanks y encuentra en el tenorista Chris Potter al técnico capaz de dotar de tensión cualquier melodía que em- prende. Un improvisador nato que no advierte fallo alguno en sus exposiciones. Y está el enorme Steve Nelson en el vibráfono, que no encontró a su mejor compañero en el baterista Nate Smith, un hombre- -a diferencia de Billy Kilson, cuya baja cubre en el grupo- -demasiado rudo como para pensar que la delicadeza es su arma secreta. Hubo de todo. En general piezas extraídas de su álbum Extended play que, creo, sigue siendo el último en formato de quinteto. Pero también alguna otra arrebatada al repertorio de la big band del contrabajista, y hasta alguna balada canónica para la que Holland utilizó el arco, como aquel componente, Bill Johnson, de la Original Creole Jazz Band que descubrió el moderno contrabajo cuando se le rompió este complemento y tuvo que tocar con los dedos. Un concierto así es injusto para el grupo de Javier Vercher que precedía; un tenorista que, desde Valencia, trata de abrirse paso en el proceloso mundo del jazz local.