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ABC SÁBADO 5 11 2005 Sociedad 53 En la imagen, varias fases de la reconstrucción del rostro de Nicolás Copérnico Un grupo de arqueólogos polacos afirmó ayer haber descubierto una tumba con los restos de Copérnico, el astrónomo que en el siglo XVI desterró con sus teorías a la Tierra del centro del Universo A vueltas con Copérnico TEXTO: JOSÉ MANUEL NIEVES FOTOS: EPA MADRID. En el siglo II, Ptolomeo quiso, y consiguió, colocar la Tierra en el mismísimo centro del Universo. El único mundo en el que habita el hombre, se pensaba entonces, tiene por fuerza que ser el centro de todas las cosas. Y el sol y los demás planetas deben girar necesariamente a su alrededor, como miembros secundarios de una corte celestial cuyo rey absoluto es, y debe ser, nuestro propio planeta. Esta visión del mundo, que hoy puede parecer pueril, fue una verdad inamovible (e indiscutible) hasta finales del siglo XVI, cuando otro hombre de ciencia, Nicolás Copérnico, desplazó con sus nuevas teorías a la Tierra del centro de la creación y colocó en su lugar al Sol... Su idea heliocéntrica basada en una compleja construcción matemática que predecía el movimiento de los cuerpos a lo largo de numerosas esferas celestes chocó, claro, con la verdad oficial, cuyos defensores se negaban en rotundo a perder la posición dominante en el Sistema Solar. Los libros de Copérnico llegaron a estar prohibidos por la Iglesia a principios del siglo XVII. Viaje a ninguna parte Otros llegaron después, como Galileo, Kepler o Ticho Brahe, y también mucho después, como Newton, Hubble o Einstein, para continuar de alguna manera el trabajo de Copérnico y terminar de convertir a la Tierra en un punto insignificante en medio de un Universo enorme y en el que, aparentemente, ningún planeta o galaxia ocupa una posición privilegiada. Como hoy sabemos, la Tierra es uno de los nueve planetas (el tercero) que gira alrededor de una pequeña estrella, que llamamos Sol, que se encuentra a su vez en la zona exterior de uno de los brazos espirales de una galaxia, la Vía Láctea, que alberga cien mil millones de estrellas más, muchas de las cuales tienen sus propios sistemas planetarios. Ni siguiera la galaxia, con toda su enorme población estelar, resulta única ni especial: sólo es una entre miles de millones de otras galaxias parecidas, que están repartidas en gru- Arqueólogos polacon trabajan en la tumba encontrada en la catedral de Frombork pos de todos los tamaños a lo largo de una extensión inconcebible de quince mil millones de años luz... Pero volvamos a Copérnico. Él, y no otro, fue quien comenzó este éxodo hacia ninguna parte y de los primeros en ser consciente de la pequeñez física del hombre y de todo su mundo con respecto a la inmensidad que nos rodea. Y eso fue toda una revolución intelectual. Ahora, casi medio milenio después de su muerte (falleció en 1543) un grupo de arqueólogos polacos encabezados por Jerzy Gassowski, del Instituto de Antropología y Arqueología de Pultusk, afirma haber encontrado el hasta ahora desaparecido cadaver de Copérnico. O por lo menos de una parte de él. El cuerpo del ilustre científico se en- Datos biográficos Nació en Torn (Polonia) en 1473. Es sobrino del obispo Watzelrode de Ermland, quien le encaminará hacia la vida eclesiástica, sin que se sepa con certeza si llegó a ordenarse. Estudio Filosofía y Medicina en la Universidad de Cracovia hacia 1491. También se formó en Derecho en Florencia, Padua y Ferrara, donde se doctora. Ejerce la medicina en Heilsber (Polonia) en 1506, mientras que empieza a desarrollar su teoría astronómica. Su pensamiento se hace público en De revolutionibus orbium coelestium de 1542, revolucionando la astronomía hasta entonces conocida. Fallece en 1543. contraba en una tumba, en el interior de una iglesia de la localidad polaca de Frombork, en el norte del país. Se da la circunstancia de que Copérnico ejerció como canónigo en ese templo. El cráneo fue llevado al laboratorio de la policía de Varsovia, que hizo una reconstrucción virtual del rostro del hombre de cerca de 70 años que apareció enterrado cerca del altar mayor de la catedral. El resultado se comparó con los retratos que existen de Copérnico. Para Gassowski una cicatriz visible en una de esas imágenes y que corresponde a una marca descubierta en una ceja del cráneo hallado por él, es la mejor de las pruebas de su autenticidad. Todo un giro, (copernicano, por supuesto) de los acontecimientos...