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70 VIERNES 4 11 2005 ABC FIRMAS EN ABC exclusiva, en motivaciones económicas, en estímulos fiscales, sino en ese espacio intangible pero real donde el interés particular cede ante el sentido de lo público, del bien común, que habita en la ciudadanía. Si pensásemos que sólo con la Ley bastaría para abrir la espita de la generosidad estaríamos profundamente equivocados, o, lo que sería peor, estaríamos hablando de otra cosa muy diferente. El cambio normativo que se inició con la inclusión del derecho de fundación en nuestra Constitución y que se ha cerrado con las nuevas leyes ha representado un cambio de escenario, de exigencias y expectativas para el sector. Pero son las propias fundaciones las que tienen que dar el paso siguiente. Por eso creo que lo que es verdaderamente preocupante es que ahora, cuando hay un contexto legal y social favorable, aquel impulso fundacional de los años 70 y 80 parece perder vigor, como si se regresara, de alguna manera, a un cierto ensimismamiento de las fundaciones, a aquel tiempo, ya superado, en el que cada fundación no aspiraba a contemplar más que su propio horizonte particular, cuando lo que debería suceder es justamente lo contrario. Ya no vale, insisto, hablar de la Ley, del reglamento o de la fiscalidad. El objetivo debe ser más ambicioso. Son necesarios nuevos mensajes que sitúen al sector fundacional ante un nuevo horizonte de exigencia y de compromiso con la sociedad española. Mi impresión personal es que en los últimos años el sector fundacional, que ha ganado en diversidad, en nuevas posibilidades, ha perdido, seguramente, en coherencia y en unidad, y eso puede generar nuevas dudas y desconfianzas. Esta mayor complejidad conlleva riesgos, y debería ser, a mi juicio, una razón más para elevar aún más el nivel de autoexigencia que debería tener cada institución consigo misma y el sector fundacional en su conjunto; una razón más para recuperar el espíritu que les animó al mundo fundacional durante el periodo de la Transición y que tan buenos frutos produjo. En nuestros días los retos son más ambiciosos y estimulantes; no se trata de lograr un aumento del espacio social, que ya existe, sino de de dar testimonio de la vitalidad y de las exigencias éticas y sociales del mundo fundacional español. Sabemos bien que hoy a la fundación se llega desde puntos muy distintos, y no es malo que así sea, sino conveniente, incluso estimulante, aunque a algunos les pueda sorprender. Sabemos también que la fundación ya no es una excepción en el panorama social, sino un instrumento apreciado, valorado y, sobre todo, requerido, entre otras razones porque ha sabido abrir sus puertas para adaptarse a los nuevos tiempos. Es el momento, ya lo dije, de dar un paso más, un salto cualitativo que convierta a las fundaciones en las guías de referencia de la sociedad, tan seguras como ligeras en su organización, y al mismo tiempo, tan acogedoras como exigentes en su funcionamiento. En estos tiempos de descentralización del Estado, necesitamos, más que nunca, una sociedad civil fuerte; fundaciones de buena ley capaces de dar cohesión cultural y social al conjunto de España. ANTONIO SÁENZ DE MIERA EX PRESIDENTE DEL CENTRO ESPAÑOL DE FUNDACIONES FUNDACIONES: DE BUENA LEY Es el momento de dar un salto cualitativo que convierta a las fundaciones en las guías de referencia de la sociedad... IVÍ muy intensamente, y de forma comprometida, un periodo apasionante, en todos los órdenes de la vida social, y también en el del movimiento fundacional español, cuando se recuperaban las libertades y el país entraba en una fase de normalización y modernización democrática. En aquellos años las fundaciones españolas expresaron de forma pública y manifiesta su deseo de contribuir al cambio social y cultural que la propia sociedad impulsaba y reclamaba; para ello, trataron de lograr, por este orden, una aceptación social y una regulación legal acorde con sus posibilidades de acción cultural y social en una sociedad libre y dinámica. Esos eran nuestros retos, nuestras aspiraciones. En una nueva etapa para muchas cosas, las fundaciones españolas encontraron una vía de encuentro y de desarrollo común; tuvieron un justificado motivo que les dio cohesión como grupo, como sector reconocible y difeto modo, estamos de enhorabuena, pero sólo en cierto modo. Porque las expectativas que, quizás con demasiado optimismo, se produjeron en torno a los efectos de la Ley no se han cumplido, o, para ser más precisos, no se han cumplido del todo. No ha cambiado significativamente la tendencia de crecimiento del sector fundacional. Es cierto que la institución fundacional se ha convertido en el horizonte jurídico de casi todos los proyectos de las entidades que componen ese espeso y cada vez más heterogéneo conglomerado que llamamos Tercer Sector. Pero no parece haberse producido la explosión de generosidad que muchos esperaban. El paso del tiempo se ha encargado de rebajar o modular aquellas expectativas excesivas sobre los efectos de la Ley, algo que no debe sorprendernos ni preocuparnos. Porque no es tanto una cuestión de números y cifras como de calidad, de concepto, del espacio que aspira a cubrir en los próximos años el mundo fundacional y de las reglas del juego que se autoimpone. Las razones más profundas de la filantropía, a mi juicio, no deberíamos buscarlas una y otra vez, y de forma casi V renciado. Perseguían y necesitaban una buena Ley que les situase en el lugar que les correspondía por su capacidad acreditada, por su indudable función pública, social y cultural, y por su potencial de futuro para complementar, con flexibilidad, sentido creativo, y compromiso social, la acción de las administraciones públicas. El proceso no fue nada fácil, pero lo cierto es que fue un tiempo extraordinariamente fecundo; se abrió un diálogo entre las fundaciones y la sociedad y, sobre todo, entre las fundaciones y los poderes públicos; un diálogo fértil y estimulante que terminó por colocar al sector no lucrativo en un lugar de responsabilidad y de exigencia inédito en nuestro país. Hoy podemos decir que las fundaciones tienen una Ley aceptable, y, también, con los reparos que siempre se le pueda poner a una afirmación como esta, que existe un más que apreciable reconocimiento social de su labor. En cier- ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS LÓGICA A dicho textualmente un destacado político catalán, el señor Bargalló: Las declaraciones del Príncipe pidiendo una reforma de la Constitución... Que perdone el aludido señor, pero el Príncipe, en su comparecencia ante la prensa, tras el nacimiento de su hija, la Infanta Leonor, presionado por la pregunta oportunista e inoportuna de algún periodista, acerca de la Ley de Sucesión en el Trono, y si la Infanta iba a ser heredera de la Corona, respondió, no sin cierta vacilación, que la lógica de los tiempos hará que la Infanta pueda ser Reina algún día Si mis oídos no me engañan, el Príncipe no hizo, motu proprio, petición explícita alguna sobre reforma constitucional. Es más, como apuntaba más arriba, yo, personalmente, creí percibir en el Príncipe un cierto gesto de desagrado al dar su respuesta al periodista y utilizar la frase la lógica de los tiempos que es fórmula un tanto ambigua y que no afirma ni niega nada. Lo que parece inoportuno, y por lo tanto inaceptable, es que se pregunte a un emocionado padre, cuya hija acaba de nacer, sobre su destino institucional, y que los altos gerifaltes de la política se H froten las manos ante la inminencia de esa reforma constitucional que tanto parecen desear. Además atravesando, como estamos atravesando, la situación política más desastrosa y desasosegante que vive España desde el inicio de la democracia, los españoles que lo somos de verdad, sentimos algo así como vergüenza ajena, una casi intolerable sensación de acoso y derribo, no sólo de la Ley de Sucesión sino de todo aquello que signifique tradición, orden, estabilidad, llámese patria, religión, historia sin manipulaciones, educación responsable, enseñanza exigente, justicia verdadera. Es como si un renacido y destructor caballo de Atila- -valga la vieja y mostrenca comparación- -no dejara crecer la hierba allí donde pisara. Destruirlo todo para construir sobre ruinas un orden nuevo, no dejar títere con cabeza, acabar con la unidad de España, que es el más grave de los muchos peligros que nos acechan, es tan preocupante como desalentador. De la destrucción de los principios no puede obtenerse otra cosa que no sea el caos. ¿O de las reformas basadas en la claudicación y en las concesiones ominosas o convenientes? Vivir en crisis es saludable, porque de las crisis se suele salir reforzado, con la mente más lúcida y el espíritu más alerta para poder remediar, con medidas oportunas y sabias, aquello que se origine en una crisis posterior. Pero cuando la crisis es permanente y, más que crisis es una debacle que nos conduce a situaciones inevitablemente catastróficas, todo lo que sea asentimiento cobarde y concesión vergonzosa se puede considerar una postura cómoda pero rechazable y hasta punible. Esperen ustedes a que el tan terrible como casi insoluble proyecto de la partición de España se perpetre o se gestione y nos vayamos todos a hacer gárgaras; o, milagro, haya alguien que se niegue a aceptar tales componendas y de las cenizas de la destrucción y de la irresponsabilidad, surja una nueva Ave Fénix que reúna en sí misma, con toda la lógica de los tiempos que atravesamos aquellas sagradas virtudes que deben ser permanentes para cualquier gobierno, sea del color que sea: honor, lealtad, patriotismo, respeto y, sobre todo, sentido común. Los problemas sucesorios déjenlos, por favor, para otro momento, otros tiempos más tranquilos y serenos, en los que no oigamos frases tan espeluznantes como El Gobierno catalán propondrá a España como si España y Cataluña fueran dos países distintos. Que la Infanta Leonor ha venido a este mundo a traer la felicidad de sus padres, a formar parte de una familia y a originar amables cotilleos populares. De momento.