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ABC VIERNES 4 11 2005 Espectáculos 61 MENCIÓN ESPECIAL AP Hacer la película en Inglaterra ha respondido a una estricta cuestión económica, afirma el cineasta. Rodar en Estados Unidos supone atenerse al sistema de estudios de Hollywood. Cuando comencé a rodar hace años, los estudios tenían una actitud diferente. Me daban el dinero y no les importaba mi guión o quienes serían los actores. Sólo querían que rodara la película y se centraban en el resultado final, que luego les encantaría o rechazarían. Con el tiempo, eso cambió y las productoras decidieron dejar de ser el banco para incrementar su participación en el proyecto. Ahora quieren saber cómo será el guión, cuál es la idea o con qué reparto contará el filme. Yo he trabajado durante 30 años a la manera antigua y el nuevo método no me interesa. Más tarde descubrí que en Europa tenían mucho más respeto por los directores y por eso comencé a recaudar fondos allí. Fui a Inglaterra porque me dieron el dinero para hacer Match point sin hacer preguntas mer término, Jonathan Rhys Meyers, Matthew Goode, Emily Mortimer y Scarlet Johansson, forman aunque parezca mentira un increíble trío. La historia se juega en dos campos que tienen mucho que ver: el tenis y la ópera. Se ha contado muchas veces, pero nunca así: nada ahoga tanto como una pasión liberada y encabritada. Y ésta sé que es una osadía: tiene la escena de ardor bajo la lluvia más voluptuosa de la historia, incluida aquella inmortal de El hombre tranquilo No aparece ni en un solo plano la jeta de Woody Allen, y milagrosamente nadie la echará en falta. Hay tanta química entre Jonathan Rhys Meyers y Scarlet Johansson, que empañan la cámara y las gafas de Woody Allen. Es más difícil reírse en esta película que en cualquier otra de este director, pero también es más difícil mantenerse impasible o flemático ante el desbordamiento de emociones, de pasiones, de inteligencia y de minucioso conocimiento del alma humana con el que trama un guión tan bueno, tan fino, tan bien hilvanado y resuelto con una lucidez tan apabullante que uno sale de él consternado y al tiempo en ebullición, como un caldero de sopa en la que flotan tajadas de pesadumbre. Porque, y esto es lo mágico: ¿es un final feliz o es el más infeliz de los finales? vez a Europa, fue a Londres. Esto sucedió en los 60 y por entonces pensé que la ciudad no estaba mal. Luego viajé a París y fue fabuloso. El arte, las calles, las tiendas me encantaron. Años más tarde viaje a Venecia y pensé que era sensacional. Volví en varias ocasiones, me casé, especialmente, allí. Cuando fui a España por primera percibí la misma sensación que tuve con mis ciudades favoritas. Tanto Madrid, Barcelona como San Sebastián me parecieron increíbles. ¿No se cansa Woody Allen de dirigir películas? -Para mí es más difícil aguantar todo un día de promoción y entrevistas que un rodaje. Lo primero tiene lugar en un solo día mientras que una película tarda meses en hacerse realidad. ¿Cuáles son sus películas favoritas de todas las que ha rodado a lo largo de su carrera? -He realizado alrededor de 36 películas. Y me siento orgulloso de tres. La primera sería Match point (2005) la segunda, La rosa púrpura de El Cairo (1985) y la tercera Maridos y mujers (1992) De las demás, si tuviera la oportunidad de poder volver a rodar alguna de sus escenas, lo volvería a hacer. Regresaría a 1965, 1968, 1975 y las arreglaría. Match point El lugar en el que se decide la suerte, o la vista de Woody Allen EE. UU. 124 m. Director: Woody Allen Intérpretes: Scarlett Johansson, Jonathan Rhys- Meyers E. RODRÍGUEZ MARCHANTE La pelota choca contra la red que separa el campo; choca y sale rebotada hacia arriba; vuelve a caer sobre la cinta de la red y duda si caer a un lado u otro del campo: si cae del tuyo, pierdes; si el rebote la hace caer hacia el otro lado, ganas. La suerte, el destino, la fatalidad, el azar... De qué modo tan inteligente y con cuánta sencillez, Woody Allen nos revela al oído la fórmula secreta de ese polvillo caprichoso que llamamos porvenir, o providencia. Y desde el mismo arranque de Match point hasta el genial requiebro del desenlace, nos envuelve toda una teoría sobre la resignación y el inconformismo, sobre la casualidad y sus imprevistos, en una película (en realidad, dos) que tiene tanto de thriller ingeniosísimo y matemático, como de drama moral y de probeta en la que advertir el efecto levadura en las ambiciones y codicias del ser humano. Con una ligera brisa a lo Patricia Higsmith, Woody Allen construye su última y, como siempre, mejor película; con la particularidad de que no se parece, al menos si se la agarra por las asas, a ninguna de las anteriores. Se centra en unos cuantos personajes (ingleses) alrededor de su conejillo de indias, o protagonista, un joven dispuesto a cualquier cosa por ascender socialmente, por instalarse... Su retrato del ambicioso arribista es magnífico: ni siquiera le cae mal al espectador (aire Higsmith al colocarnos de parte del villano En esa trama tan interesante como desoladora, coloca, como es lógico, su inevitable y verdoso sentido del humor y su ya proverbial deje irónico sobre todo lo que huela a historia romántica. Al amor lo devora el sexo y al sentido común la ambición. Bueno, no hay muchas cosas que contar sin despellejar en cierto modo la historia. Pero se intentarán dejar unos brochazos sobre ella que, si no pistas, sí den al menos algunas referencias o algunos peldaños en los que poner los pies: Los cuatro magníficos actores de pri-