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34 Internacional VIERNES 4 11 2005 ABC Hoy hace diez años del asesinato del primer ministro israelí, que primero apostó por romper los huesos a los palestinos (primera Intifada) y después por la paz (Oslo) No le dejaron terminar Rabin: nunca más; sin perdón JUAN CIERCO. CORRESPONSAL JERUSALÉN. Una vela. Como muchas de las que miles de jóvenes israelíes aturdidos encendieron aquella dramática noche de ahora diez años. Una llama tenue. Temblorosa. Triste. Como se quedaron millones de personas en Israel y todo el mundo nada más conocer el asesinato de Isaac Rabin a manos de un extremista judío del que cuesta escribir su nombre... Yigal Amir. Una esperanza evaporada. Aquel hombre que mandó el Ejército de Israel con mano de hierro; que había conquistado Jerusalén en 1967; que había dirigido el Ministerio de Defensa durante la primera Intifada de 1987 al grito de hay que romper los huesos a los palestinos se había reconvertido con el tiempo, había comprendido, desde su pragmatismo que no pacifismo, que la resistencia palestina a la ocupación nunca sería derrotada con las armas y que era necesario dar un paso más, lo dio en Oslo, para encontrar esa luz, también tenue, también temblorosa, no tan triste, al final del túnel. Una bala. Disparada con toda la intención asesina del mundo después de una manifestación pacifista en Tel Aviv y que supuso un antes y un después para el proceso de paz, nunca recuperado del todo de aquel golpe por la espalda. El gatillo... Un gatillo, apretado por un joven judío racista, condenado a perpetuidad, casado en la cárcel por teléfono, que querría tener hijos pero no le dejan. Un gatillo que otros muchos podrían apretar hoy, por ejemplo contra Ariel Sharón, paradojas de la vida, reconvertido a su vez del arquitecto de los asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania en el líder que ordenó la evacuación de la Franja. Una encuesta que dice que el 84 por ciento de los israelíes teme que se produzca un nuevo magnicidio, como aquel que acabó con la vida del que muchos consideran (el 79 por ciento) el mejor primer ministro de la corta historia del Estado de Israel y que terminó con la ley no escrita de que judío no mata a judío. Un aniversario, el décimo, en el que ya no estarán presentes su compañera de toda la vida, Leah, ni su enemigo jurado y luego rebajado, Yaser Arafat. Que los israelíes celebrarán el 14 de noviembre (cosas del calendario hebreo) con Bill y Hillary Clinton, Silvio Berlusconi, Javier Solana, Miguel Ángel Moratinos, Condoleezza Rice como testigos. Una lección. Desaprovechada, según Dalia, la hija de un hombre cuyo asesinato hizo más profunda la fosa que separa a las culturas laica y religiosa israelíes. Dato nada anecdótico: el 40 por ciento de los judíos cree que los decretos rabínicos tienen más valor que una ley parlamentaria. Una paz más lejana pero también un sueño roto. Ese del Gran Israel que se ha encargado de quebrar Ariel Sharón al sacar a sus soldados y sobre todo colonos de Gaza. Isaac Rabin, en una imagen de 1993 AP El hombre... Un hombre. Para la Historia, aunque quizás con el tiempo se le recuerde más por su asesinato que por sus actos en vida. Actos que hoy se confunden con los deseos. Sus últimas palabras en la Kneset, el 5 de octubre de 1995, dejan algunas cosas claras: No debemos regresar a las fronteras de 1967; Jerusalén debe permanecer unida para siempre como la capital eterna de Israel, con los principales asentamientos que la rodean incluidos; la barrera de seguridad debe ser levantada en el valle del Jordán; hay que conservar Gush Katif (Gaza) no habrá un Estado palestino en sí mismo sino una entidad independiente En el diario de sesiones está recogido. En memoria de Isaac Rabin, diez años después de su cobarde asesinato para el que no hay perdón. Ninguno. Nunca más.