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ABC VIERNES 4 11 2005 Opinión 5 MEDITACIONES ...PARA TAFETANES L A intervención de Zapatero en el debate del miércoles fue recibida con indisimulado desdén por un amplio sector de la bancada socialista: bastaba con pasar la mirada por sus escaños para comprobar hasta qué punto la prédica del líder no logró arengar a los suyos, algunos de los cuales largaban en voz baja contra el jefe o ponían cara de asombro. Peor fue cuando Zapatero citó al Alfonso Guerra de 1979 y a través de un papel que éste mismo le podría haber entregado. Golpe bajoal ex vicepresidente del Gobierno que ha provocado irritación en sectores bien concretos. ZP, en su faceta más genuina no tranquilizó a los críticos, que a estas horas andan tentándose la ropa y haciéndose cruces. Si se les pregunta, se lo toman como una afrenta, que no está la Magdalena para tafetanes. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR EL PRESIDENTE Y SU SUPERFICIE LETRAS BAJO SOSPECHA DE A. CASTILLO Y V. SIERRA Ediciones Trea Gijón, 2005 448 páginas 33 euros Voces cautivas Cuando ya no queda nada, todavía queda la escritura. En la desesperación, en la soledad, en las condiciones más extremas de supervivencia, la escritura es bálsamo y reconocimiento, a la vez fuga del dolor y afirmación frente a la realidad agobiante. Esperanza y testamento. Depósito de la memoria y conjuro de la alienación. Este libro, que recoge trabajos de muy diversa índole presentados en el VII Congreso Internacional de Historia de la Cultura Escrita (Alcalá de Henares, 2003) se abre a las voces de los excluidos de la historia: criminales, locos, indigentes, presos, esclavos. Todos ellos autores anónimos que escribieron por prescripción facultativa (la escritura como curación y como control) para pedir algo (como en esas tremendas cartas de súplica en los centros de reclusión durante la guerra y la posguerra españolas) por pura grafomanía, por catarsis. De las cartas y autobiografías, a los diarios o los meros grafitti Letras bajo sospecha analiza también la evolución de los hábitos y espacios de lectura en espacios carcelarios, campos de concentración, hospicios, manicomios y reformatorios. Un libro sobre la escritura tal como se practica al otro lado del espejo. MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO NA conclusión dolorosa me aplasta contra el folio en blanco y deja en el aire que me rodea un aroma de decepción particularmente molesto: el presidente Rodríguez es, en realidad, tan superficial como parece. Durante algún tiempo hemos podido vivir en la duda, alternar esperanzas y certezas, pero después de la sesión de anteayer en el Congreso ya no queda resquicio alguno por el que justificar determinadas indigencias intelectuales. Es difuso, ambiguo, etéreo y vulgar. Disponía el tal de una oportunidad única para desdecir los comentarios malintencionados que correteaban alegremente por cenáculos y tertulias, según los cuales disponemos en la cúpula del Ejecutivo de un sujeto con solvencia intelectual poco definida. Lamentablemente, no lo hizo. Y no lo hizo, con toda probabilidad, porque no pudo, no porque no quisiera: su tibieza argumental para afrontar un asunto de la envergadura del debatido el miércoles evidenció, a las claras, la CARLOS nadería que se oculta tras el leve barniz HERRERA que recubre su débil estructura. Y ello es un drama para todos, sean tirios, sean troyanos, sean partidarios del voto al centroderecha, lo sean a la socialdemocracia. Aunque reconozcámosle, al menos, unavirtud: es muy difícil estar hablando tres cuartos de hora y no decir absolutamente nada, recorrer las vastas praderas comunes en las que florecen las frases hechas y recolectar, con el empecinamiento de los opositores, manoseados conceptos huecos de contenido alguno. En la apresurada carrera del miércoles por ser el primero que llega a apoyar el Estatuto catalán, Rodríguez llegó en cabeza y con el entusiasmo de un colegial en busca de la merienda, sin darse cuenta de que aquellos que han presentado el proyecto de estatuto no admitirán a ningún extraño que pretenda enmendarles plana alguna. La buena intención que se le supone cuando propone suplir el término nación por el eufemismo de identidad nacional por ejemplo, no será suficiente para aquellos que anteayer intercambiaban aplausos de U colegas- comprometidos- para- aislar- al- PP- que- son- super fachas- de- la- muerte ¿Cómo pueden aquellos parlamentarios socialistas de masa cerebral contrastada aplaudir cortésmente la simpleza discursiva que exhibieron los profesionales del victimismo de siempre? ¿Cómo pueden montar el paripé, sin abochornarse, con un sujeto experto en soflamas nauseabundas como Puigcercós? Cuesta entender cómo no reaccionan dignamente ante el disimulo teatral que consiste en decir una cosa, hacerse la foto con la patita llena de harina por debajo de la puerta y esconder la verdadera apuesta que sólo escenifica el bronco diputado republicano. Lo que hay de veras en el ideario que viaja con el estatuto es lo que verbaliza este tabernario representante y no lo que envolvían en beatíficasposturas los adelantados ponentes que el miércoles presentaron en sociedad sus intenciones. Eso lo reconocen en privado cuantos diputados socialistas uno conoce. Sin embargo, ¿por qué extraño mecanismo de corrección política no se atreven a plantearlo en público, a excepción de un par de valientes? ¿Hay que suponer que Alfonso Guerra, sin ir más lejos, o cualquier otro ocupante de la bancada de la izquierda, está más cerca de un energúmeno como Ercoreca, del PNV, que de un discurso demoledoramente democrático y constitucional como el que articuló Mariano Rajoy? Rodríguez, en suma, pudo dejar claro que tras su frente no habita el desierto, pero optó para su intervención por coger su guitarra, el poncho, la flautita, el perro dormido, los bongos y el borreguito de Norit. Y de esa guisa, manifestó que su empalagosa palabrería esconde muy poco y que todo su esfuerzo se concentra en dar vueltas por los meandros de la palabra para evitar el terrible trago de decir que no alguna vez o de hacerse mayor y abandonar para siempre los algodonales celestiales en los que parece dormitar. Así no vamos a ninguna parte. O, al menos, a ninguna parte que sea interesante. Y, además, demostró ser un inculto. Pero eso ya para otro día. www. carlosherrera. com