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ABC JUEVES 3 11 2005 Cultura 61 CINE PARA LEER Mañana viernes, con ABC, la película Lolita y la novela homónima de Nabokov por tan solo 8,95 euros más El enfermo y la vida FÉLIX ROMEO Vladimir Nabokov creía que Humbert Humbert es un miserable vanidoso y cruel que se las arregla para parecer conmovedor Antes de empezar a leer estas confesiones de un viudo de raza blanca el lector ya sabe que su autor, Humbert Humbert, ha muerto de una enfermedad coronaria y que ha muerto encarcelado: ya ha pagado por sus crímenes, aunque no haya llegado a ser juzgado. Lolita es una novela moral. Lolita no es tanto la versión contemporánea de un mito clásico, como la exploración de la mente enferma de Humbert Humbert. Una indagación heredera, paradójicamente, de las ficciones de Dostoyevski, un escritor que Vladimir Nabokov detestaba. Humbert Humbert es un enfermo, y el relato de su vida no es más que una exploración de su enfermedad: el descubrimiento temprano de la sexualidad en Europa, su marcha a Estados Unidos, la estancia en la casa de la madre de Lolita, el matrimonio, la muerte accidental de la madre, la huida por los moteles, la pérdida de Lolita abducida por Clare Quilty, la búsqueda infructuosa... Humbert Humbert dice casi al final de su relato: Sería un mentiroso si dijera, y el lector muy tonto si lo creyera, que la conmoción por la pérdida de Lolita me curó de mi pasión por las nínfulas. Mi naturaleza maldita no podía cambiar, por más que hubiera cambiado mi amor por ella La carne de un mito inmortal FEDERICO MARÍN BELLÓN Sólo un maestro podía hacer una película tan importante a partir de una obra literaria de la talla de Lolita Sin sus juegos de palabras, sin su malabarismo verbal ni la conciencia torturada de Humbert Humbert- -Kubrick prescinde casi por completo del manido recurso de la voz en off la mera ilustración de la novela de Nabokov parecía condenada al fracaso. Pero el autor del texto, a quien también debemos el guión, tuvo la grandeza de automutilar su exhibición y plegarse a las reglas de la narración cinematográfica. Como primera providencia, Lolita envejeció tres años para hacer más tolerable la irrefrenable pasión del protagonista, enfermo de deseo por una Sue Lyon que sabe hacernos más comprensible la desviación moral y social del protagonista. El bikini o las ya inmortales gafas de corazón que luce la chica en el plano en que es descubierta por el espectador podrán pasar de moda; guste o no, la mirada encendida del viejo león herido sobre la gacela no se extinguirá jamás. De hecho, el retrato del cortejo, seducción y apareamiento, esto ya mostrado entre líneas (entre fotogramas, más bien) funciona mucho mejor que la crónica de la crisis. Un rasgo más que comparten papel y celuloide. Quizá conscientes del problema, Nabokov y Kubrick alteraron el orden del relato e introdujeron como prólogo el último asalto entre Humbert y Quil- James Mason y Sue Lyon, en una de las imágenes más recordadas de la película ty. Más allá de incrementar la dosis de intriga, consiguieron desdibujar el marcado ecuador de la obra original, suavizaron la cintura de esta Lolita, recordada ya para siempre cimbreándose a las órdenes de un hula- hoop. Es justo esa capacidad de Kubrick para producir imágenes imperecederas uno de los principales logros de la película. La fotografía de arriba es uno de sus mejores ejemplos y resume- -lo que parecía imposible- -no ya mil palabras, sino mil palabras de Vladimir Nabokov. James Mason pinta las uñas de los pies de su amada con una delicadeza exquisita, no sin antes colocar unos pequeños algodones en los intersticios que dejan sus deditos. La imagen, de una fuerza simbólica abrumadora, muestra al viejo león a los pies de su gacela, que, lejos de sucumbir a las garras del depredador, lo ha domesticado y le raciona hasta la posibilidad de hacer patente su recién adquirido servilismo. Es fácil quedarse en la demostración de Mason, asombrarse ante el despliegue de talento de Shelley Winters o admirar el histrionismo sin par de Peter Sellers, pero la interpretación de Sue Lyon, a sus dieciséis años, es un prodigio que sólo cabe atribuir a la buena pasta con que estaba fabricada- -eso salta a la vista- -y al fabuloso alfarero que era Stanley Kubrick. Todos cuantos vinieron después comprobaron lo difícil que era moldear aquel material tan vistoso, tanto que casi medio siglo después Lolita mantiene su lozanía. Pueden ver la última de Jarmush Flores rotas y observarlo con sus propias gafas, aunque no sean de corazón.