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ABC JUEVES 3 11 2005 Opinión 5 MEDITACIONES GUERRA Y LUZ N medio de esta enorme pista de baile en que se ha convertido el paisaje político nacional, las relaciones jurídico- comerciales que mantienen el bufete del presidente de un club que se queda en calzoncillos cuando pita el detector de metales y una gran empresa- -inmersa en una ardua batalla de intereses cruzados con otra gran empresa que pretende llevársela al huerto por la vía de los hechos consumados- -provocarían chispas de asombro y fundirían los plomos del entendimiento de los más militantes. Sobre todo, si se supiera que la luz que ilumina el estadio donde se despliegan pancartas a favor del estatut y los países catalanes la suministra esa misma empresa que se siente acosada y víctima de un ajuste de cuentas promovido en Cataluña. En mitad de la guerra, por encima del fuego cruzado, el negocio- -afortunadamente- -sigue siendo el negocio. MARCO AURELIO E LEER Y PENSAR INSTITUCIONES DE ALTA UTILIDAD KHRUSCHEV, EL HOMBRE Y SU ÉPOCA DE WILLIAM TAUBMAN La esfera de los libros 1.048 páginas 39 euros El símbolo de una Rusia felizmente desaparecida Una curiosa coincidencia es que los únicos dos mandatarios soviéticos que no murieron en el cargo fueron precisamente los que se atrevieron a reformar el sistema comunista: Khruschev y Gorbachov. En la más completa y detallada biografía sobre Nikita Khurschev, William Taubman analiza con brillantez las claves del auge y caída de este mandatario soviético. Khruschev, de orígenes muy humildes, logró llegar a la cúspide del poder, gracias a una virtud esencial en la Rusia de Stalin, ejecutar las órdenes del gran líder sin cuestionarlas. Una vez en la jefatura de Estado tuvo el valor de denunciar los crímenes de la época estalinista e iniciar importantes reformas liberalizadoras, pero le faltó el maquiavelismo necesario para mantener el poder entre una generación de mandatarios formados en la despiadada escuela del estalinismo. Igualmente, en política exterior quiso suavizar la guerra fría, pero, torpe en el arte de la diplomacia, desencadenó las crisis más peligrosas de la época: la construcción del muro de Berlín y la de los misiles en Cuba. Como bien muestra esta biografía, Khruschev fue el símbolo de toda una época en la Unión Soviética, más humana que la de Stalin, pero no exenta de crudeza y mediocridad. JULIO CRESPO MACLENNAN OR una vez escribimos sobre un criterio personal, en vez de ofrecer información argumentada, como trata de hacer esta columna cada jueves. Nuestro criterio parte, creemos, de hechos probados, de la razón sometida a la experiencia, como escribía Edmund Burke hace 210 años. Hemos analizado en estos dos meses los aceleradores y frenos de cuatro naciones europeas; hemos verificado cómo británicos, franceses, alemanes y españoles se esfuerzan por relanzar la Unión. Hemos seguido ayer los esfuerzos del gobierno y la oposición para reforzar el concepto de unidad en la diversidad, a propósito del debate sobre el estatuto de Cataluña. En la cohesión española han hecho aportaciones decisivas la sociedad civil, los gobiernos, las comunidades autónomas, empezando por la catalana y la vasca. Sí, las aportaciones han tenido procedencias muy diverDARÍO sas. Pero hay una institución, repreVALCÁRCEL sentada por el Rey, que ha acertado a jugar un doble papel, amortiguador de choques y generador de serenidad. En España, durante estos 30 años, la Corona- -es decir, el Rey y lo que el Rey hace, decide, aconseja, advierte, previene, a partir del sentido de continuidad, del largo plazo- -se ha convertido en un elemento contra la crispación, en un factor apaciguador, esencial en la vida pública. Sin ese mecanismo la vida política sería en nuestro país más abrupta, más peligrosa. La monarquía española, como la británica, ha conseguido situarse no al margen sino por encima de las diferencias entre partidos, sectores o grupos de la sociedad. Son instituciones distintas pero cumplen un papel semejante en dos sociedades del oeste europeo. Vale la pena leer despacio La Guerra Civil Española de Antony Beevor, recién publicada en Barcelona. No es sólo la obra de un gran historiador, dueño de esa relación misteriosa entre hechos verificados y P expresión en palabras. Beevor explica al lector lo sucedido antes, durante y después de 1936, en dos planos paralelos: el riquísimo entramado internacional de intereses que la guerra de España tejió en un año. Y el grado de crueldad que llegó a desplegarse en uno y otro campo, republicano y franquista. Beevor trata de ser imparcial pero no puede ser neutral. Nadie que sienta y piense puede serlo ante la última guerra española. Los hechos desautorizan moralmente el golpe de Estado y la durísima guerra desencadenada, como desautorizan la incompetencia de los sucesivos gobiernos de la República, desde febrero de 1936. Es notable: la España de Alfonso XIII parece más cercana que la de Franco. La guerra de Franco se parece a las crueles guerras de religión de hace cuatro siglos. El carácter plano del personaje, Franco, habla de su carácter antiguo, provinciano, propio de una sociedad sometida. La España de 1900 a 1930, con todos sus defectos, permite el desarrollo de Telefónica, del Banco de Bilbao, del Metro, de millares de empresas que por fin metieron a España en el mundo moderno, aunque fuera después de 1970. Alfonso XIII no consiguió un buen lugar en la historia como tampoco lo logró el breve reinado de Eduardo VIII. El primero se comprometió con la dictadura primoriverista y perdió, en los últimos 10 años de reinado, desde el expediente Picasso hasta abril de 1931, el capital político que la constitución de 1876 le reconocía. Eduardo VIII dilapidó también, con su esperanza en Hitler, la herencia recibida. Pero los reyes no deben tener capital político: no gobiernan pero reinan. Por eso es más sabia la constitución española de 1978. En ocasiones la historia próxima nos parece lejana... En 30 años, el reinado de Juan Carlos I ha conseguido ese efecto de distanciamiento respecto de 1936. Los países salen adelante como pueden. Alemania, se nos recuerda hoy, es un pueblo al que la historia he enseñado con terrible dureza las virtudes del pacto. España también, después de la guerra de 1936, ha tenido que aprender a pactar.