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6 Opinión MARTES 1 11 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA LEOPOLDO CALVO- SOTELO IBÁÑEZ- MARTÍN EX SUBSECRETARIO DEL MINISTERIO DEL INTERIOR LA REBELIÓN DE LOS FUMADORES CABO de cumplir mi primer año sin tabaco. Ni el humo de un solo cigarrillo ha llegado a mis pulmones en este tiempo ni, lo que me ha resultado más difícil, tampoco el aroma de un buen cigarro habano. No lo cuento para pavonearme con ello porque, antes de que me asaltara la sensatez del no fumar, puedo y debo avergonzarme de más de cincuenta años de devota entrega a tan mala costumbre. Traigo el caso a colación por si la experiencia le resulta útil a alguien. Quiero confesar que en estos difíciles 365 días, en los que he debido echar mano a todas mis reservas de voluntad, sólo he estado a punto de caer en la tentación gracias a las campañas M. MARTÍN antitabaco que, empujaFERRAND das por la buena voluntad, qué duda cabe, constituyen una provocación para quien, con el ánimo quebradizo, soporta peor la imposición machacona, autoritaria e imperativa que el consejo amable y sensato. Según se va acorralando a los fumadores, dejándoles sin espacio y sin derecho a despilfarrar su propia salud; mientras llegue el momento en que disparen a dar contra quienes, después de comprar sus cajetillas en un estanco- -un monopolio para las rentas del Estado- enciendan un cigarrillo, va incrementándose el consumo. Un gran fracaso para los ministerios, empezando por el de Sanidad, conjurados en la imposición de esta limitación para la libertad individual. El pasado mes de septiembre, por primera vez en 2005 y a pesar del nuevo salto en la escalada fiscal que ha convertido en elefantiásico el precio de los cigarrillos, creció el consumo y las ventas alcanzaron los 70.929 millones de unidades. Trasladando el dato a un parámetro más diáfano e inteligible, en los nueve primeros meses del año se vendieron 3.545 millones de cajetillas por un valor de 7.933,22 millones de euros. Hasta podrían sacarse de todo esto divertidas conclusiones estatutarias, porque en Madrid descendió el consumo (2,4 por ciento) mientras crecía, con la máxima intensidad dentro del territorio nacional, en el País Vasco (8,1) y Cataluña (5,3) Esto viene a suceder, como rezaría la moraleja de una vieja fábula, cuando la imposición cabalga por delante del razonamiento. Dejar de fumar es algo objetivamente bueno y deseable, casi tanto como no haber fumado nunca; pero tratar de predicarlo y alcanzarlo con amenazas e imposiciones, recluyendo a los fumadores más contumaces en lazaretos más o menos próximos a sus centros de trabajo o, en su defecto, en jaulas de aeropuerto y esquinas a la intemperie, es una muestra de intolerancia que, por lo que se ve, ni tan siquiera consigue el objetivo que la motiva y empuja. La vocación intervencionista del poder político, tan socialista ella, tiende a convertir en cabos de varas a cuantos disponen de voz y mando, y ahí está el resultado: a la ministra Salgado, pobrecita, se le han plantado los machos. A EL LIDERAZGO POLÍTICO EN LA ZONA CERO El autor aborda el debate reabierto por el estatuto de Cataluña para proponer una reedición de los acuerdos autonómicos de junio de 1981, entre la UCD y el PSOE, con la que consensuar, ahora entre Gobierno y PP, el modelo territorial ON metáfora norteamericana, cabe decir que el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña se ha convertido en la auténtica zona cero del escenario político español, es decir, en un hecho que pone en cuestión los fundamentos del orden constitucional y exige de los órganos de gobierno una reacción firme y bien orientada. En situaciones así, a todos los ciudadanos nos gustaría decir, con en el salmo del buen pastor, aunque camine por cañadas oscuras, nada temeré. Sin embargo, no es ése el estado de ánimo que prevalece. Un ilustre mentor del partido gubernamental sugería hace poco tiempo la siguiente fórmula: adelante, pero con juicio. Adelante, sí, pero ¿hacia dónde? Comencemos por describir el destino probable del viaje si no se produjera una intervención decidida y ortodoxa de nuestros responsables políticos. El panorama presentaría acusados rasgos neomedievales: entes locales cuasi soberanos que pugnan para que un poder central débil les conceda fueros extensos y privilegiados; fragmentación e inoperancia que sitúan la única posibilidad de conseguir normas de general aplicación y racionalidad sistemática en la recepción del Derecho común europeo, al que ahora llamamos Derecho comunitario. El problema es que nuestro pastor no parece ser capaz de localizar las fuentes tranquilas a las que nos debe conducir. Recordemos su ejecutoria en la materia: primero fue la aceptación previa e incondicional de cualquier texto que saliera del Parlamento de Cataluña. Más recientemente propuso como receta la del diálogo y Constitución y manifestó su convicción de que uno de los problemas más importantes C que derivan del proyecto de Estatuto podía resolverse con quiebros verbales y variaciones terminológicas sobre el tema de la nación. Pero ni sobre ésa, ni sobre las demás grandes cuestiones de fondo que suscita el proyecto, ha dicho nada todavía, ni ha expresado ideas sobre la evolución que deba tener nuestro modelo territorial, ni ha fijado objetivos políticos comunes, ni ha iniciado ninguna campaña de pedagogía para involucrar a los ciudadanos en una determinada solución de los retos planteados. En suma: el liderazgo político en la zona cero tiende a cero, y, aplicando el famoso concepto acuñado por un pensador marxista del pasado siglo, la reforma del Estatuto para Cataluña es en estos momentos un proceso sin sujeto, o, al menos, sin sujeto central. Y es que no basta con invocar el diálogo: hay que saber conducirlo y dominarlo. Un presidente del Gobierno no puede limitarse a dar la palabra y a hallar la resultante del sistema de fuerzas. A él más que a nadie corresponde en nuestra forma de gobierno esa función de impulso unitario y coordinador que los constitucionalistas italianos llaman función de indirizzo, o de rumbo político, y que debe enderezar los elementos discordantes que operan en el sistema. Además, en el caso del Estatuto catalán no vale buscar soluciones ad hoc y para salir del paso, porque muchas de ellas habrán de ser concebidas de manera que puedan ser elevadas a la decimoséptima potencia sin que el sistema se descomponga. Dicho de otro modo, ciertamente no todas, pero sí muchas de las reglas que se incorporen al nuevo Estatuto de Cataluña, deberían de ser susceptibles de introducirse en