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58 Espectáculos LUNES 31 10 2005 ABC CLÁSICA Temporada OCNE Obras de B. Britten. Int. Orquesta y Coro Nacionales. Dir. J. Pons. Dir. del coro: M. Barrera. Solistas: Ch. Goerke (soprano) Ph. Langridge (tenor) y A. Dohmen (barítono) Escolanía Ntra. Sra. del Recuerdo. Dir. C. Sánchez. Lugar: Auditorio Nacional. Madrid. Fecha: 28- 10- 05 ÓPERA Desde la casa de los muertos Janácek: Desde la casa de los muertos Int. José van Dam (Gorianchilov) Gaële Le Roi (Alieia) Hubert Delamboye (Luka Kuzmic) Jerry Hadley (Skuratov) Johan Reuter (Siskov) Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. escena: Klaus Michael Grüber. Escenografía: Eduardo Arroyo. Dir. musical: Marc Albrecht. Lugar: Teatro Real. Fecha: 30- X COLOSALISMO EN BRITTEN ANTONIO IGLESIAS BAJO LA LUZ MÁS PURA ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE U n sentido colosalismo imperó en nuestro ánimo tras la escucha de la importante página que el afamado inglés, Bejamin Britten, tituló War Requiem y es su Op. 66, siendo escrita al inicio de los años sesenta del siglo XX. Las dos centurias de la Orquesta y Coro Nacionales, con el añadido de los chicos de la Escolanía Nuestra Señora del Recuerdo (no vistos porque su labor interior lo impedía) los doce instrumentistas formando un conjunto de cámara en la parte izquierda del escenario, las campanas y el piano, más siete percusionistas, coronados por los tres solistas, justificaban tal sensación, aunque su total no lo utilice el compositor hasta que solamente al final de la obra se unan al completo. Los buenos resultados interpretativos que en general se obtuvieron, fruto directísimo de la batuta titular de la ONE, Josep Pons, experto conocedor que defendió con notoria autoridad la tan compleja traducción de Britten, contó con un trío solista en verdad es magnífico, tanto por sus voces como por su entrega emocional que siempre nos llegó por unos cauces extraordinarios: la soprano Christine Goerke, el tenor Philip Langridge y el barítono Albert Bohmen ocuparon el más elevado momento traductor extraído del colosalismo imperante, aunque sólo fuera por el aspecto de la escena. En otro orden de cosas, la sesión suponía el primero de los conciertos de la temporada de la OCNE, sin apenas descanso después de su triunfal y muy reciente gira mexicana, causa adivinada de los escasos momentos de desajuste habidos. Otro dato a señalar: el debut de la nueva directora del Coro Nacional, la catalana Mireia Barrera, cuyo mando ha de aplaudirse porque el conjunto, de siempre excelente, alcanzó límites de excepción, como cabe afirmar respecto al trabajo de César Sánchez, al frente de la estupenda Escolanía. Por todo concepto, la interpretación del Réquiem de guerra de Britten, obra de meridiano lenguaje, que apoyado en lo tradicional se denota como aspirante a una actualidad de hace ya casi medio siglo, con momentos estelares de evidentes logros efectistas, mereció el rotundo éxito que el enfervorecido aplauso rubricó. N o hace muchos días, un prohombre de la composición española nos explicaba que el arte político es un arte plano. Quizá lo sea, aunque no por comportar aspectos ideológicos, la creación, y en concreto la musical, ha de ser necesariamente menos horizontal que un rigodón mal escrito. El arte político, mejor aún el arte con conciencia, es en muchas ocasiones una necesidad que proporciona la inspiración necesaria a poderosas creaciones. Lo demuestra la naturaleza de Desde la casa de los muertos de Janácek, estrenada anoche en el Teatro Real, y elaborada a partir de una sustancia que se implica en el horror de lo humano, de lo miserable y lo embrutecido, tal y como previamente había descrito Dostoievski por boca de quienes habitan un campo de reclusión siberiano. La obra, vista ahora en Madrid por primera vez, tiene sus peculiaridades. La más llamativa es la de constituirse en una recreación de gran calado sinfónico con una orquesta siempre en tensión. La Titular del Real se proyecta con un notable grado de intensidad. Su trabajo es difícil, más aún al interpretar los tres actos sin descanso. Posiblemente, de ahí provengan algunos lógicos síntomas de cansancio que se adivinan al final. En cualquier caso, del empuje y eficaz gesto del maestro Marc Albrecht surge el descaro con el que se entresacan los tonos más ácidos, el volumen a veces hiriente, el empaque y la espesa esencia de la versión. En paralelo, sobresale la redondez del coro, especialmente perturbador gracias a la proyección de las voces desde el foso. Eso, y que el reparto sea consistente y bien equilibrado, tiene mucha importancia en una obra basada en lo colectivo y en la narración antes que en la anécdota y el lucimiento individual. Sobresale el trabajo de Johan Reuter, Siskov, pues su monólogo del tercer acto está muy armado, crece y transita hacia la inclemencia, siempre con voz redonda, tensa, ancha y con carácter. Jerry Hadley aporta el punto de alucinado que reclama Skuratov, se muestra incisivo y colorista a la hora de transmutarse en los distintos personajes de su relato. Hubert Delamboye canta con garra la historia de Luka en el primer acto. Gusto, sentido melódico e intención pone Gaële Le Roi a Alieia; experiencia, una vocalidad suficiente y pasividad escénica es lo que Jirí Sulzuenko (izquierda) y José Van Dam, en un ensayo de la ópera añade José van Dam en su encarnación de Gorianchilov. Pero en eso, el veterano intérprete no hace nada más que cumplir con los preceptos de la escena que ha ordenado Klaus Michael Grüber. Sus virtudes son varias, aunque todas ellas tan personales como cómplices del escenario que ha dibujado Eduardo Arroyo, quien se presenta por primera vez en España con esta producción que nació en Salzburgo en 1992 y se reelaboró para la actual coproducción del Real con la Ópera Nacional de París. De ahí que esta Casa de los muertos apueste por JAVIER DEL REAL Experiencia, una vocalidad suficiente y pasividad escénica es lo que añade José van Dam como Gorianchilov Esta Casa de los muertos apuesta por una serenidad que en algo se recrea en el esteticismo una serenidad que en algo se recrea en el esteticismo. Tiene el valor de saber llenar el vacío con lo justo, medir los movimientos y apenas puntear la escena con ciertos detalles significativos: los cristales que coronan la tapia del primer acto, el triste y sereno ascenso del humo de la cabaña en el segundo, el lento e inquietante paseo del vigilante por el largo tabique del tercero, incluso los pájaros negros posados sobre el gran y desnudo árbol del final. Aunque puestos a elegir quizá sea preferible la ironía que encierra la escenificación de la pantomima intermedia, por sus vistosos trajes y ese telón oscuro en el que ordenadamente cuelgan multitud de calaveras, antes que la belleza que emana de la planicie al amparo de la fría luz y el inmenso cielo azul. Lo visual es más poético que perturbador, más resplandeciente que dramático, bellamente apaciguado antes que desgarrador. Y en esa belleza algo exquisita radica su bondad. No tanto en la capacidad para hacer brotar las verdaderas intenciones de fondo de esta obra política y agria que Janácek dejó como testamento. Por eso la convulsión que transmite esta producción debe mucho al seco latido de lo interpretativo.