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6 Opinión LUNES 31 10 2005 ABC VADE MECUM TRIBUNA ABIERTA ÍÑIGO MÉNDEZ DE VIGO EURODIPUTADO POR EL PP LA IGLESIA Y LA NACIÓN STOS son malos tiempos para la historia y para la Verdad. Y precisamente sobre la historia de España y sobre la Verdad pronunció una conferencia magistral en la tarde del jueves pasado, en el Club Siglo XXI, el cardenal- arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, que fue presentado por el ex ministro de UCD José Manuel Otero Novas. Por cierto, hacía tiempo queno escuchaba una semblanza tan brillantemente expuesta como la realizada por Otero. Resulta curioso que en estos albores del nuevo siglo sea noticia hablar de España y, como dijo el cardenal, no sea ocioso afirmar que España es una realidad histórica dentro del conjunto de las naciones del mundo, una realidad unida que, como dijo JORGE TRIAS Julián Marías, comienza a SAGNIER formarse en la época romana, continúa en la España visigoda, se prolonga en la Edad Media, se materializa con los Reyes Católicos, se mantiene en los últimos siglos de la historia contemporánea y encuentra, por fin y en palabras del cardenal, una reconocida formulación jurídica, fruto y cauce a la vez de la aproximación intelectual y de la reconciliación existencial de las dos Españas en la Constitución de 1978. En esa configuración histórica de España tiene un papel esencial la Iglesia Católica, sin cuya influencia, en palabras de Rouco Varela, sería difícil concebir la existencia misma de la Nación española actual. Incluso en el periodo constitucional que va desde la Constitución de Cádiz hasta la vigente de 1978, si se exceptúa el proyecto de Constitución federal de 1873 que no llegó a tener vigencia, y la Constitución de 1931 de la Segunda República, todas las demás reconocen positivamente el valor singular de la Iglesia Católica en la ordenación del Estado y de la sociedad Y ese valor positivo fue el que aportaron la Iglesia y los católicos en el logro de ese gran proyecto de reconciliación nacional durante los años críticos de la transición Hoy, recordaba el cardenal Rouco, la Iglesia quiere estar presente, también, en el futuro de la realidad histórica de la España contemporánea con la misma dedicación que lo ha estado en los mejores momentos de su historia bimilenaria. Vivimos días decisivos que podrían condicionar la vida de nuestro pueblo. Recordar la historia, eso que algunos tanto desprecian pues creen que España comenzó con ellos, resulta, pues, necesario. No hay muchos cardenales en España. Todos, sin duda, buenos pastores. Pero además de buen pastor, el cardenal Rouco, que es arzobispo de la capital del Reino, simboliza su unidad. El cardenal Rouco Varela, un cardenal para España, es, asimismo, el recuerdo vivo de nuestras inconfundibles raíces cristianas que nos negamos tantas veces a reconocer. Rouco finalizó recordando las palabras que dirigió Juan Pablo II a los católicos italianos en el mensaje a la Conferencia Episcopal Italiana el 6 de enero de 1994, cuando les pidió, en esos momentos en los que la Liga Norte pretendía deshacer la República, que mantuviesen la unidad solidaria de todas sus gentes. Y ese es el mensaje final del cardenal para los católicos españoles. E DULCAMARA EN HAMPTON COURT Para el autor, la cumbre de Hamptorn Court celebrada el pasado jueves y presidida por Tony Blair es un bla, bla, bla destinado a crear el ambiente necesario para lograr un acuerdo presupuestario en los próximos meses IENTRAS escuchaba el pasado miércoles en el hemiciclo de Estrasburgo a Tony Blair, me vino a la memoria el pasaje de una conocida ópera de Donizetti, donde el buhonero Dulcamara pregona las bondades de un elixir milagroso que provoca el amor en quien lo bebe. La Cámara europea se rindió ante el talento, simpatía y elocuencia del presidente de la Unión. Blair se expresa con palabras simples, elabora frases cortas, busca el cuerpo a cuerpo con su audiencia. Lo hace derrochando sentido del humor cuando toca y siempre con una extremada cortesía. Así, en su respuesta a los portavoces de los grupos políticos, se dirigió a ellos por su nombre de pila y no por su apellido o cargo, buscando su complicidad. Blair se confiesa europeo. Recuerda su voto favorable en el referéndum celebrado en 1975 relativo a la permanencia de Gran Bretaña en la CEE. Alardea de su disconformidad con la política anticomunitaria de su partido durante la década de los ochenta. Afirma su voluntad de colocar a su país en el corazón de Europa. Y lo que dice suena muy bien: hay que concentrarse en lo esencial. Hay que sanear nuestras economías. Europa debe crear empleo. Europa tiene que hacer frente a los desafíos de la globalización. Europa debe apostar por la formación de los jóvenes. Europa debe velar por la seguridad de los ciudadanos y combatir eficazmente al terrorismo, uno de nuestros principales retos. M Todo esto parece de cajón. No conozco a nadie que prefiera concentrarse en lo accesorio, quebrar nuestras economías, destruir empleo, esconder la cabeza cual avestruz ante la globalización, desentenderse de la juventud y despreocuparse por la seguridad de la gente dejando el campo libre para que los terrorista campen a sus anchas. Sentado lo anterior, lo fundamental reside en conocer cuáles son los medios para alcanzar aquellos fines. Y en este punto, Blair no se diferencia mucho de sus antecesores en el número 10 de Downing Street. Cuando habla de la economía europea y de sus veinte millones de parados, concibe a Europa como la suma de los Estados miembros y, además, rechaza toda competencia de la Comisión europea en esta materia. Cuando exige que Europa afronte los retos de la globalización, se guarda en la manga un as: toda decisión debe ser tomada por unanimidad para salvaguardar los intereses de cada Estado miembro. No resulta necesario ser un gran experto en derecho comunitario para comprender que cualquier decisión a veinticinco, sometida a tal requisito, conlleva ineludiblemente el riesgo de parálisis. La situación que acabo de describir se debe a que la política europea de los sucesivos gobiernos británicos está encomendada al Foreign office, cuyos funcionarios permanecen en sus cargos mientras los políticos pasan. La reunión celebrada el pasado jueves en Hampton Court, sin luz y taquígrafos, claro, es un bla, bla, bla des- -Es perfectamente posible que los catedráticos de Derecho Constitucional tengan opiniones opuestas sin necesidad de reformar la Constitución.