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ABC DOMINGO 30 10 2005 Los domingos 61 del ejecutivo eficaz y austero, pero su ejecutoria revela un hombre ensimismado en el ansia de poder. Jano bifronte, Jan Laporta vendió con eficacia su imagen prudente mientras eliminaba personajes que perturbaban su protagonismo, como Sandro Rosell. Luego, coló en la junta a su cuñado, Alejandro Echevarría: se sintió tan seguro, que desveló al Laporta más genuino, el que birló los exámenes al profe de COU. Esa soberbia que dosificó con cuentagotas se ha desparramado hasta emborronar la imagen de un hombre cada vez más enredado en medias verdades que, a la postre, son mentiras. Obligado por el clima social adverso a aceptar la dimisión de Echevarría, Laporta ha perdido la confianza de los seguidores: abusó de la ambigüedad calculada. Se creyó poseedor de un carisma que nubló la visión objetiva de las cosas. Proclamó su confianza en Echevarría y pensó que la masa social no respondería; que, como dijo La Bruyère, en dejarse gobernar hay tanta debilidad como pereza Se equivocó. El malo de la película Ahora, como en las películas de intriga, todo concuerda para saber quién es el malo. Laporta alcanzó la presidencia agarrado al nonato fichaje de Beckham: el rubio jugador, cebo para el voto; prometió transparencia, pero no indagó en la gestión económica de sus predecesores; se alió en la Federación con el desacreditado Villar y se enfrentó al resto de clubes; apareció en China con un contrato de 150 millones en concepto de publicidad en las camisetas que no cristalizó; desarboló la junta y purgó las secciones de forma arbitraria; protagonizó una rabieta en calzoncillos en el aeropuerto; el altercado, digno de psicoanalista, ilustra el difícil equilibrio entre la contención superficial y el autoritarismo subyacente; implicó a los jugadores y al club en la campaña pro- Estatuto; dijo que su cuñado no pertenecía a la Fundación Francisco Franco... Con los números que monta en el estadio, muchos ya sólo ven en él un oportunista que usa el Barça para sus ambiciones políticas. En el último trofeo Juan Gamper, la proliferación de banderas y trabucaires parecía revivir la guerra carlista; el día siguiente a la dimisión del cuñadísimo permitió una exhibición pancatalanista que ofende a los valencianos y reactiva el blaverismo En plena tormenta estatutaria, Laporta aporta más crispación que no beneficia en nada a Cataluña. Deportivamente, el Barça va bien. Es Laporta quien está fuera de lugar. Ha dejado de ser la presunta solución y ha pasado a ser el verdadero problema. Ahora que le ha caído la máscara y se le entiende todo, la única solución posible es la convocatoria electoral. YOLANDA CARDO