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30 DOMINGO 30 10 2005 ABC Internacional El informe sobre el espíagate no desvela quién filtró la identidad de Plame a la prensa La defensa de Libby seguirá la fructífera línea de la falta de memoria de la abogacía estadounidense se piensa que el fiscal Fitzgerald se ha limitado a las pruebas más evidentes para evitar disgustos a la Casa Blanca JOSÉ LUIS DE HARO. SERVICIO ESPECIAL NUEVA YORK. El escándalo por la filtración de la identidad de una agente de la CIA a los medios de comunicación seguirá levantando dolores de cabeza a la Administración de los Estados Unidos durante mucho tiempo. Tras ser inculpado uno de los principales sospechosos, el ex jefe de gabinete del vicepresidente Cheney, Lewis Scooter Libby, el equipo de letrados encargado de su defensa no se ha hecho esperar para sugerir cuál será su línea maestra de actuación. Una repuesta inmediata y previsible, ya que en todos los corrillos de Washington se señalaba al colaborador del numero dos de la Casa Blanca como posible imputado en el caso. b En círculos A pesar de una investigación que ha durado más de dos años en torno al conocido como caso espíagate el informe final no esclarece quién fue el autor del delito que desató la tormenta: revelar que Valerie Plame era espía de la CIA. La fuente que se lo sopló al periodista Robert Novak sigue en el anonimato. Es decir, en libertad. Más de dos años después El largamente esperado informe elaborado por el fiscal del caso, el puntilloso y presuntamente incorruptible Patrick Fitzgerald, no desvela detalle alguno sobre quién fue la persona que reveló la identidad secreta de Valerie Plame, cuyo nombre fue dado a conocer públicamente el 14 de julio de 2003 en la columna del periodista Robert Novak. Algunos analistas atribuyen esta falta de acusados concretos por este delito a las mentiras y quimeras formuladas por los responsables de la Casa Blanca durante las indagaciones de Fitzgerald y su equipo. Las acusaciones de obstrucción a la Empeoran las tensas relaciones entre la CIA y la Casa Blanca J. L. DE HARO NUEVA YORK. El ex director del gabinete del vicepresidente, Lewis Libby, ha aprendido a base de golpes una elemental lección en la política de Washington: no enfrentarse con gente que trabaja en operaciones secretas. La mala relación entre la Casa Blanca y la CIA era ya proverbial entre los círculos gubernamentales, pero el informe revelado el pasado viernes, que inculpa a Libby en la filtración a la prensa de la identidad de la agente Valerie Plame, ha sido el punto culminante para desatar una crisis entre la Administración Bush y la agencia de espionaje más importante de EE. UU. La actual tirantez entre la CIA y el Gobierno nace con la guerra del Golfo Pérsico de 1991. Por aquel entonces, los agentes que trabajaban para Bush padre, antes de alcanzar la presidencia, fallaron al no poder determinar el alcance del programa nuclear de Sadam. Cuando muchos de los miembros de aquel mandato regresaron a la Casa Blanca con el actual presidente, trasladaron consigo las dudas sobre justicia, falso testimonio y perjurio presentadas contra Libby han dejado cierto sabor amargo entre los seguidores del caso. Steven Reich, prestigioso abogado de Nueva York y consejero asociado del ex presidente Bill Clinton, aseguraba ayer que nunca sabremos si no se inculpó a nadie por la filtración debido a que no hubo delito o porque no se encontraron pruebas suficientes Por otra parte, la decisión del fiscal Fitzgerald también ha sido acogida con cierto escepticismo entre algunos letrados que piensan que el asesor especial para el caso decidió centrarse sólo en las pruebas más evidentes, con el fin de evitar una investigación exhaustiva de las altas esferas de la Casa Blanca. Los cargos de perjurio y falso testimonio son fáciles de probar, son la tapadera que entrampa a los acusados argumentaba ayer Andrew D. Levy, abogado criminalista y profesor en la Universidad de Maryland. El letrado que dirige la defensa de Libby, Joseph Tate, podría tener trazado un esbozo de la que será su línea argumental ante las acusaciones que pesan sobre su cliente, ya que la Casa Blanca cuenta con una larga tradición y conoce a la perfección la forma de protegerse de este tipo de escándalos. Una estrategia conocida si la Agencia Central de Inteligencia sería eficaz para hallar indicios del armamento nuclear de Sadam y sus relaciones con grupos terroristas. Las tensiones con la Administración empeoraron cuando la CIA dio el visto bueno para que el director encargado entre 1996 y 1999 de la búsqueda y captura de Bin Laden publicara su libro Imperial Hubri: ¿por qué Occidente esta perdiendo la guerra contra el terrorismo en el que criticaba abiertamente la invasión de Irak en marzo de 2003. No está claro si las acusaciones del pasado viernes contra Libby ayudarán a suavizar las relaciones entre la Casa Blanca y la CIA o, por el contrario, fomentarán la crispación. Muchos de los agentes involucrados con el Gobierno dejaron la agencia tras la sustitución de George Tenet como director de la CIA en julio de 2004. Según su portavoz, Paul Gimigliano, la misión de la CIA es proveer al presidente y a otros líderes del Gobierno de EE. UU. la mejor información posible de la inteligencia extranjera para mantener el país seguro y estable En la mayoría de los casos similares en los que se han visto envueltas figuras importantes de la política estadounidense se ha empleado la siguiente estrategia: No se puede esperar razonablemente que un responsable oficial, inmerso en numerosas e importantes tareas de interés nacional, recuerde los detalles de una conversación desarrollada hace años El propio Tate declaraba, momentos después de que Libby dimitiera de su cargo el pasado viernes, que como abogados, sabemos que la recolección de datos a través del recuerdo de una persona no tiene por qué coincidir con la de otros interrogados, sobre todo cuando se les llama a testificar meses después de lo ocurrido La defensa por falta de memoria ha sido empleada en numerosas ocasio- El mismo argumento protegió a Reagan, en el caso Irán- Contra y a Bill Clinton, en el Whitewater nes y obtuvo un gran éxito en los escándalos presidenciales de Irán- Contra con Reagan, y del Whitewater con Clinton. En el primero, sólo uno de los numerosos imputados por ofrecer falsos testimonios fue a la cárcel, mientras que en el Whitewater tanto el entonces presidente Clinton, como su mujer, Hillary, salieron absueltos del caso. Libby, ex jefe de gabinete del vicepresidente Cheney, podría enfrentarse a una condena de 30 años de cárcel si es declarado culpable por los dos cargos de falso testimonio, los dos de perjurio y uno de obstrucción a la justicia.