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ABC DOMINGO 30 10 2005 Nacional ABC, EN EL CORAZÓN DE LA INMIGRACIÓN 25 ren llegar como sea hasta allí. No lo dice con estas palabras, pero parece evidente que para él sí hay efecto llamada aunque sólo sea el efecto de la llamada telefónica de amigos o familiares que explican las medidas del Ejecutivo, sin darles, sin embargo, ninguna otra matización, y que aseguran estar felices, aunque en muchas ocasiones oculten que están viviendo a la intemperie, sin trabajo, sin comida ni ropa, en un ataque de orgullo mal entendido. El resultado de estas comunicaciones es devastador. Issaka, el hombre que no pudo ducharse en dos años P. M. E. E. BAMAKO. A doce kilómetros de Bamako se levanta Kati, una localidad tranquila donde la vida discurre sin incidencias importantes. También hasta allí ha llegado el veneno de la inmigración ilegal, aunque no siempre sus protagonistas han encontrado en el viaje lo que buscaban. En 2002, Issaka, un próspero comerciante, decidió vender su negocio para buscar el sueño europeo. Juntó todo el dinero Noticias desde España ¿Que qué piensan aquí del Gobierno español? -continúa Gallego- La verdad es que en la calle, en los ambientes donde hay un caldo de cultivo para la inmigración ilegal, hay un cierto desconcierto. Sabían que sólo hacía unos meses que el Ejecutivo estaba dando papeles a todo el mundo... Y ahora se comportan así, con las vallas y las concertinas, los golpes y los militares Youbba, trabajador de una empresa de servicios, de 38 años, casado, con una hija de dos, no deja lugar a muchas dudas: Aquí llegaban las noticias y la gente salía hacia España a toda prisa. Cuando les intentaba explicar que las cosas no eran como ellos creían, como les contaban sus amigos desde ese país o como se rumoreaba por las calles, no me creían y me decían que estaba loco. Amigos míos han actuado así, movidos por ese impulso. Luego, cuando no han podido entrar han venido a pedirme perdón. Que na- que pudo y partió, según dijo, rumbo a Alemania, mientras su mujer se quedaba en la localidad guardando la casa, que tenía alquilada en una barriada de la ciudad, y los hijos. Dos años pasaron sin que se tuvieran noticias de él. De pronto, una noche de 2004 algo extraño sucedió. Una mujer, Awa Traore, necesitaba ir al cuarto de baño- -en ese edificio, como en otros muchos del país, son co- munitarios- -y comprobó que la puerta estaba cerrada. Volvió pasada una hora y la situación seguía, lo mismo que sesenta minutos después. Por ello, comenzó a golpear la puerta. Para su sorpresa, quien respondió fue Issaka, que aún permaneció allí otro par de horas. Según le dijo, acababa de regresar a Kati después de su intento de búsqueda de la fortuna. Había sufrido como un perro; en dos años, apenas sí pudo ducharse alguna vez. Por eso, había estado toda la noche frotándose con un cepillo, ahora que por fin podía asearse. No volvió a hablar del asunto. Sus vecinos comentaron lo ocurrido, pero él nunca dio explicaciones. Todos sabían que tenía que haberlo pasado muy mal, porque estaba irreconocible, extremadamente delgado. Ahora bromean que ni poniéndole un avión privado volvería a intentar el viaje. die olvide que la mayoría de esas personas no tiene estudios y que, por tanto, son manipulables Los mensajes cambian El efecto llamada o, al menos el de la llamada existe, es real y sin duda va a seguir existiendo. Las políticas concretas contribuyen también a que sea más o menos intenso en cada momento, y así se ha demostrado ahora. Si antes el mensaje que llegaba era el de papeles para todos ahora, tras lo ocurrido en las ciudades autónomas, es el de esto está muy difícil lo que ha provocado una paralización momentánea de las actividades de las mafias de tráfico de seres humanos. Pero ABC ha constatado que en Senegal y Mali hay buena información de las decisiones que se adoptan en Europa sobre inmigración Lo que existe es el efecto de la llamada a familiares que se fueron y venden un sueño que, a veces, no es tan bueno el fenómeno es imparable. Hay una anécdota, verídica, que puede explicar algo el porqué. El pasado sábado, el padre Manolo Gallego, un jienense bonachón y que ya tiene hasta calle en su pueblo, apuraba un botella de cerveza en un conocido hotel de Bamako, cuando un camarero dejó caer la nota sobre la barra. Naturalmente, estaba invitado, pero no pudo evitar mirar, siquiera de soslayo, la factura: Dos mil cefas (poco más de tres euros) cada uno- -dijo- Lo mismo que el sueldo medio diario de una persona en esta ciudad añadió en voz baja, con una media sonrisa y cierto escándalo interior que, de inmediato, trasladó a su interlocutor.