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20 Nacional DOMINGO 30 10 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL FREUD EN LA MONCLOA l próximo miércoles se sabrá con mayor precisión qué instrumentos pretende aplicar Rodríguez Zapatero al estatuto frondosísimo y también inasumible que ha sido alumbrado en Cataluña. Según unos, sacará un hacha. Según otros, unas tijeras pequeñitas, de esas que usan los pedicuros. Los indicios, hasta la fecha, no han sido muy alentadores. El Gobierno y su entorno se han dedicado, más que nada, a poner banderillas a la oposición. El caso es singular, habida cuenta de que la oposición no ha jugado un papel significativo en el desaguisado catalán. Quizá comprendamos mejor la reacción anómala, apelando a las técnicas hermenéuticas del freudismo clásico. Freud acuñó un concepto específico para explicar la lógica irregular de los sueños: el de desplazamiento El durmiente hurta a su yo consciente el significado inconfesable de un sueño por el procedimiento de reemplazar un objeto por otro que guarda con el primero alguna suerte de relación o afinidad. Gracias a esta astucia, la siquis se disloca y el contenido latente del sueño queda oculto E por su contenido manifiesto. Nosotros sabemos perfectamente en qué consiste el contenido latente del sueño, o mejor, de la pesadilla socialista. El Estatuto, ya se ha dicho, es inasumible. De añadidura, fue promovido a instancias del presidente del Gobierno, y ha sido suscrito por el Partido Socialista de Cataluña (PSC) Cambiarlo de arriba abajo, y devolver a Barcelona un texto en esencia alternativo, implica costes políticos extraordinarios. No es posible que ERC, apretada por una CiU cada vez más desahogada y agresiva, consiguiera resistir el envión. Lo más probable es que retirase su apoyo parlamentario a Zapatero y organizase en Cataluña un belén nacionalista de cuidado. El propio PSC se vería ante una alternativa dramática: o desgarrarse del PSOE y sumarse al belén, o romper con ERC, lo que entrañaría la caída del Tripartito. En cualquiera de los dos casos, y más todavía en el primero que en el segundo, el Gobierno perdería la mayoría parlamentaria. El proyecto de sostenerse en minoría no sería realista. Resultaría preciso enfrentarse a unas elecciones generales, de diagnóstico muy malo para el partido en el poder. Retornemos a Rodríguez Zapatero: ¿podría seguir al mando de los socialistas? No lo creo. Arreciarían las críticas contra el secretario general, muy debilitado por méritos propios. Pero existe otro factor letal: y es que el bloqueo del Estatuto no sería agible sin una muda de alianzas y un acuerdo en toda regla con el PP. En el mes de enero, Rajoy se ofreció a Zapatero para contener la embestida de Ibarretxe. Zapatero lo pensó un rato, y llegó a la conclusión de que aliarse con los populares y romper con sus socios republicanos equivaldría a declarar nula o errónea la estrategia iniciada en el año 2003. Decidió, en consecuencia, capear el temporal con los recursos parlamentarios que le habían permitido formar gobierno. El desencuentro ahondó la brecha que lo dividía de la oposición. La brecha se convirtió en un abismo cuando, no mucho después, liquidó en la práctica el Pacto Antiterrorista e inició una transformación encubierta del Estado sin contar con el otro gran partido nacional. Rajoy ha insistido en renovar su apo- Cambiar el Estatuto de arriba a abajo y devolver a Barcelona un texto alternativo implica costes políticos extraordinarios yo a Zapatero. Pero no es presumible que de ahí salga nada. Primero, porque el sí ahora, es todavía más difícil que hace diez meses. Segundo, porque Rajoy no ha brindado su auxilio para maquillar el Estatuto, sino para reformarlo a fondo. Ello reduce las alternativas drásticamente. Uno, Zapatero canta la palinodia, acepta la proposición popular, y se resigna a un papel residual hasta que naufrague el documento en el Congreso y los suyos encuentren un líder de repuesto. Dos, prosigue en su fuga hacia delante. Tres, llega el ángel de la guarda, y nos maravilla a todos con un portento. En este trance, no es raro que los socialistas prefieran confundirse y salir por peteneras. O sea, tronar contra la oposición, mientras no se les ocurra nada mejor. La maniobra, es evidente, no da mucho de sí. Temprano, muy temprano, el Gobierno deberá determinar qué demonios hace. Muchos españoles, incluidos muchos socialistas, se resisten a la idea de que un Rodríguez Zapatero arrinconado vaya a tragarse un texto que dinamita el Estado. Y se consuelan imaginando rebajas importantes que den satisfacción al conglomerado catalán sin provocar la ruina del orden autonómico. Por desgracia, el Estatuto ha mutado a manos de una CiU demagógica y un PSC irresponsable, y no constituye una interpretación extremosa del orden autonómico sino su negación sistemática. El compromiso es complicado. Acaso, quimérico.