Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 30 10 2005 La Entrevista 11 Una fórmula para corregir el peso del nacionalismo ¿No se echan de menos en la Constitución unas indicaciones mínimas para limitar el peso decisivo de las minorías nacionalistas en la gobernación del país? -Los partidos nacionalistas ocupan una posición muy significativa en sus lugares de origen. En 1977, por ejemplo, es el PSOE el que gana en el País Vasco y en Cataluña, pero había ya una importante presencia nacionalista. Lo que se plantea es el núcleo duro del debate constituyente: la discusión entre simetría o asimetría, entre reconocimiento de la singularidad o generalización. Ahora se reproduce ese debate. Pero existe una vía intermedia de reforma moderada, sin cambiar la Constitución, que consiste en ir al número máximo de diputados- -pasar de 350 a 400- -y atribuir los 50 nuevos a una lista nacional de partidos en vez de a las circunscripciones provinciales. Así se redimensionaría el peso de los partidos particularistas en el conjunto nacional. -Como protagonista de la Transición y ponente de la Constitución, ¿cómo se siente ante este proceso? -Mi sentimiento es de angustia y estupor, pues hace sólo dos años redactamos la declaración de Gredos en un clima de asentimiento nacional. Igual que ha ocurrido en Cataluña, donde la expresión mayoritaria del parlamento autonómico contrasta con la indiferencia social, del mismo modo hay que decir que no existe demanda social alguna de reforma de la Constitución. CHEMA BARROSO el artículo segundo, que es el último que se redactó y fue aprobado por unanimidad- -la clave de bóveda sobre la que descansa todo el ordenamiento jurídico- constitucional de nuestro Estado- está la expresión patria común indivisible de todos los españoles que fue propuesta nada menos que por Jordi Solé Tura, representante del PSUC. Y la frase de Arzalluz de que las teorías sobre la autodeterminación eran virguerías marxistas está en los diarios de sesiones. Que no nos cuenten historias. -Pero visto lo ocurrido, ¿cree que los constituyentes se quedaron cortos en el Título octavo o que se excedieron? -Si entonces hubiéramos optado por la fórmula asimétrica y por acotar el reconocimiento de elementos de autonomía a Cataluña y al País Vasco, se podría haber sostenido con el respaldo de las dos principales fuerzas políticas. Pero apelo a la memoria, lo que no estaba en la voluntad de los constituyentes estuvo en el seno de la sociedad española. La demanda de igualdad era tanto o más fuerte que la de libertad. Un millón de andaluces salió a la calle para pedir autonomía plena. Aunque el proceso no fue espontáneo. El PSOE de la época se dio cuenta de que ese problema representaba la mayor vulnerabilidad de UCD y lo explotó con intensidad. ¿Qué debe hacer su partido ante el desafío del texto en el trámite parlamentario? -Sé que existen voces en el seno de mi partido que defienden posiciones de inhibición, pero yo creo que no se pueden dejar las instituciones, siempre hay que acabar por volver. Tienen el valor del gesto, que se acaba en sí mismo. Lo que defenderé dentro de los órganos de mi partido es que se enmienden todos y cada uno de los artículos en coherencia con lo sostenido por nuestros compañeros en el Parlamento de Cataluña, que se procure reintegrar a su vigencia el actual Estatuto en todo lo que sea posible y que aprovechemos al máximo para hacer un ejercicio de pedagogía política. Yo lo que pido siempre a todos los ciudadanos es que se lean el Estatuto. Ya sé que es un ejercicio arduo- -comprendo lo de la urticaria que le da a Francisco Vázquez- pero que se lo lean porque concierne a todos y cada uno de los españoles, que son afectados en sus derechos, en sus intereses y en su vocación de igualdad. Después de la lectura, sin mediaciones políticas y propagandísticas, que los funcionarios formen criterio sobre las expectativas que para su movilidad y su promoción representa la amputación de Cataluña del régimen administrativo común. Que lo lean los trabajadores, los contribuyentes; que lo lean los empresarios para que se den cuenta de que la unidad de mercado aparece absolutamente ignorada en todo el proyecto. Y no se trata de preservar a España como un mercado cautivo, que es lo que nos han venido a decir algunas voces empresariales catalanas; se trata de reivindicar una relación de pertenencia, de identidad. ¿Y es partidario de ayudar al PSOE a enmendar el texto? -Eso ya es casi una cuestión moral. Aquí hay que preservar las manos limpias. Me temo que el PSOE va a enmendar a fondo el sistema de financiación, pero el resto de los cambios serán más bien cosméticos, y condicionará a esa voluntad de reforma la decisión de mantener el acuerdo con los nacionalistas. Casi es un dilema moral que iremos solventando a medida que se pre- sente. Los socialistas tampoco nos necesitarían. -Pero algunos dirigentes del PSOE les piden ayuda... -Zapatero nos cree aritmética, política e históricamente prescindibles. Insisto, con un sectarismo enfermizo que desmiente las posiciones retóricas del talante y la cordialidad gestual. No sólo considera que no nos necesita, es que no quiere el entendimiento entre los dos grandes partidos. Lo demostró en febrero de este año en la entrevista con Rajoy y no ha dejado de manifestarlo desde entonces. ¿Y no espera cambio alguno después de las discrepancias planteadas por Ibarra, Bono, Guerra, González... -El respeto al consenso constitucional está muy asentado en las viejas guardias, en los cuadros históricos del Partido Socialista de la democracia, pero hay otro elemento que podemos llamar posmoderno, que parece dominante en el Grupo Parlamentario y que no es partidario del entendimiento. ¿No espera, pues, que ninguno dé un paso al frente en el debate de admisión a trámite del Estatuto? -La tradición del PSOE es de enorme disciplina. Además, el poderoso aparato de comunicación y propaganda del Gobierno y del PSOE presentará las reformas como un buen ejercicio de limpieza para poder justificar esa disciplina. ¿Habrá un cambio de régimen sin consulta a los ciudadanos? -Se va a producir una usurpación de una decisión que correspondía al pueblo, un desplazamiento del ejercicio de la soberanía. Ahora sí que sería necesario un cambio constitucional profundo para ensayar una reforma que intentara remediar estos vicios. ¿De qué tipo? -El Título octavo no tiene blindaje, puede cambiarse por una mayoría de tres quintos. ¿Confía en que el Tribunal Constitucional frene el proceso? -Al ser varias las instancias que pueden impulsar la reforma constitucional, no descarto que los gobiernos y los parlamentos de las comunidades autónomas que se van a sentir lesionadas, ni el propio Defensor del Pueblo, pongan en marcha este mecanismo. ¿Autonomías gobernadas por el PP? -O por Rodríguez Ibarra o Barreda. Ellos tienen más próxima la preocupación de sus bases sociales. ¿Qué le parecen las fórmulas de Zapatero sobre comunidad, entidad o realidad nacional para Cataluña? -Con esos términos, o quiere decir Nación o no quiere decir nada. Es un eufemismo. Ya lo tantearon en el proyecto del Estatuto y se quedó en nacionalidad. Lo que no había entonces era un presidente de Gobierno que dijera que Nación es un término polisémico. Cuando las palabras se inscriben en un contexto jurídico lo tienen, cuando la expresión Nación se emplea en el artículo 2 de la Constitución tiene un valor normativo pleno, como lo tiene en el proyecto de Estatuto. Y después lo desarrollan hasta configurar un cuasi Estado levemente vinculado en un régimen confederal que no existe en la realidad política vigente ni en la historia con ejemplos existosos. Ejemplos fracasados, sí.