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ABC DOMINGO 30 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA DERECHA ESPAÑOLA, EN SU MOMENTO POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Cuando los heraldos del liquidacionismo del pacto constitucional trompetean con inusitado volumen, la derecha española, desde la firmeza moderantista dispone de una magnífica oportunidad para convalidar su proyecto reformista, nacional e integrador... UDIERA ser que al presidente del Gobierno, en sus afanes revisionistas, le esté ocurriendo lo que a Manuel Azaña durante la II República, que pretendió hacer algo útil y valedero pero a cambio de emancipar a España de su propia historia. Según aquel político errático y errado, ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas, sino en las categorías universales Ya es sabido cómo terminó aquel intento rupturista y parece poco lúcido volver a recorrer el borde del abismo por el que se despeñó aquel hombre hostil- -estérilmente hostil- -a las realidades que entonces y ahora conforman la identidad española. Rodríguez Zapatero parece seguir la senda del azañismo que consiste en la reinvención de España y en la reformulación de sus equilibrios. Por fortuna- -creo haberlo escrito en artículos anteriores- el Estado dispone de unas muy fuertes inercias y circulan ahora energías nuevas en la Nación que evitarán que tanto aquél como ésta queden al albur de las graves improvisaciones que alumbran algunas de las decisiones e impulsos del Gobierno socialista. Los empresarios, por la unidad del mercado; la Iglesia, por la vigencia de determinados valores morales; las comunidades y regiones sin presencia de partidos nacionalistas, por su supervivencia y desarrollo; los diversos intereses que se materializan en el marco político y jurídico actual y la emergencia de los criterios jurídico- constitucionales como ultima ratio en una sociedad razonablemente articulada, están actuando como factores correctivos de una política gubernamental que la sociedad española ha somatizado con auténtico vértigo. La Corona, a través de los pronunciamientos del Rey y del Príncipe de Asturias, siempre prudentes pero igualmente nítidos, coadyuva en su papel moderador y arbitral a que la grave cuestión territorial en nuestro país retorne a la senda de lo razonable. P cen al PP una posibilidad histórica ante un socialismo que, al menos en parte, parece haber abdicado de determinadas señas de identidad como formación nacional y de izquierda. La proscripción de los energumenismos dialécticos que se producen como desahogo o como verbalización de hostilidad hacia las políticas del Gobierno es compatible con un lenguaje claro transmisor de propósitos firmes. Han pasado los tiempos de la ambigüedad conceptual, pero también aquellos en los que se disculpaban el exabrupto o la zafiedad. Los ciudadanos valoran más los argumentos que las visceralidades y les conforta más la templanza que el aspaviento. Y siendo esto así, resulta muy evidente que la estrategia de una parte de la izquierda y de los nacionalismos consiste, justamente, en sacar a la derecha de su quicio democrático. En la traída y llevada memoria histórica late una intención constante: deslegitimar a la derecha española, extraerla del moderantismo y, de no ser posible hacerlo, escindirla a costa de exasperar a algunos sectores mediante el ejercicio constante de la hostilidad política y el sectarismo intelectual. Debe recordarse que esta emboscada ya se ensayó, y no sin éxito, en épocas muy trágicas para nuestro país en las que se ahogaron las voces y las tesis representativas de una derecha moderantista que se sintió exterminada tras las meritorias gestiones de Cánovas y Maura durante el largo período de la Restauración. Estoy hablando, claro está, del malhadado guerracivilismo, que es un depósito supurante de rencor y de revancha extraordinariamente resistente al paso del tiempo y, sobre todo, al propósito de conciliación que es mayoritario en la sociedad española. Pero la responsabilidad más acendrada de eficaz e inteligible oposición a políticas de dispersión e insolidaridad territorial corresponde en este momento a la derecha democrática española, cuya expresión electoral está en el Partido Popular. La derecha española- -superado el eufemismo centrista, que carece de sustantividad ideológica y que no alcanza a ser más que una disposición receptiva a la interlocución- -ha de ser tan moderada y reformista como firme en sus principios. El Partido Popular ha logrado reducir cualquier forma de extremismo ultraderechista y ha sabido integrar a las familias ideológicas tan tradicionales en ese sector social- -y que, frecuentemente, derivaban en fulanismos- Esta mixtificación de corrientes y las posibilidades de acceder de nuevo- -y pronto- -al poder- -su suelo electoral está en, al menos, el 35 por ciento- -ofre- La derecha democrática española, ahora en la oposición tras un desalojo traumático del poder, ha de fajarse ideológicamente y de nuevo con los tres vectores que la conforman: la idea nacional de España, la forma monárquica del Estado y su cercanía al cristianismo. Son signos de identidad heterogéneos que requieren de reformulaciones consecutivas en sus elementos accidentales, pero que demandan convicciones profundas en su capacidad para aglutinar y cohesionar a la mayoría del electorado español. Con ocasión del debate sobre el nuevo Estatuto de autonomía catalán, el PP tiene la oportunidad no sólo de oponerse con sólidos argumentos a la propuesta en su conjunto, sino también de demostrar su capacidad parlamentaria y, atendiendo a la discusión en la Comisión Constitucional del Congreso, mostrar su perseverante fe en el proceso parlamentario y, al final y si el resultado así lo aconseja, acudir al Tribunal Constitucional en defensa del orden legal. Nada, pues, de escaños vacíos o abstenciones sistemáticas, sino participación activa en la discusión de un asunto esencial para el futuro nacional. Los que aconsejan al Partido Popular inhibición en este debate para no contaminarse, y los que le sugieren que es más efectivo ceder todo protagonismo a los que han elaborado tan inviable futuro para Cataluña, son tan dañinos para la derecha democrática española como aquellos otros que, por el contrario, le recomiendan pactos y componendas con el Gobierno y su grupo parlamentario. Ni una cosa ni la otra. La verosimilitud de una alternativa de poder consiste en la representación cierta de que su propuesta política y de gestión es diferenciada, incluso antagónica, a la actual. Pero esa opción sólo será realizable si es comunicada y transmitida a los ciudadanos en el lenguaje que éstos entienden, que no es el de aquellos que insultan al ex presidente del Gobierno tildándole de epítome de Milósevic sino el de los que acoplan a las palabras conceptos constructivos y realistas y traducen la propuesta de una convivencia nacional en términos de colaboración y de fidelidad a una historia común. Cuando los heraldos del liquidacionismo del pacto constitucional de 1978 trompetean con un inusitado volumen- -al modo en que lo hicieron los inquisidores de la Restauración- -la derecha española, desde la firmeza moderantista, dispone de una magnifica oportunidad para convalidar su proyecto reformista, nacional e integrador. Si lo hace bien, como Mariano Rajoy en San Sadurní, no sólo se beneficiará de los méritos contraídos, sino que enderezará el desconcertado trayecto por el que deambula un irreconocible socialismo español. O sea, que la derecha- -quién iba a decirlo estando tan cercana su derrota electoral- -tiene ahora su momento.