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ABC SÁBADO 29 10 2005 Nacional ABC, EN EL CORAZÓN DE LA INMIGRACIÓN MALI 23 vuelto a hablar con ellos. No lo dice, pero probablemente no quiera hacerlo de momento, ya que entonces se enterarían de todo aquello por lo que ha pasado, de que ha perdido el dinero que tanto les costó juntar para emprender el sueño común de toda una generación de subsaharianos. Estuvo en las avalanchas; sintió cómo las balas marroquíes le silbaban en los oídos; fue detenido y repatriado a Gao en condiciones lamentables... Yo estuve en el asalto a Melilla en el que nos juntamos más de mil personas- -afirma- Los de mi grupo pudimos abatir la primera valla, pero la segunda no. Entonces intentamos trepar por las escaleras que habíamos fabricado con ramas de árboles, pero se rompieron. Había mucha sangre, heridos por todas partes. Gritábamos aterrorizados, pensábamos que íbamos a morir... Al ver que no podíamos llegar a España nos dejamos detener por los marroquíes. Ahora, ya ve, nos han devuelto aquí Un hombre de más edad, de pequeña estatura, y al que se le nota cada hueso de su cuerpo, retoma aquí la historia y habla de cómo han sido tratados por los marroquíes y los argelinos: Dentro de cada autobús había un centenar de personas, entre ellas mujeres y niños. Teníamos que orinar en una botella, porque pedíamos que pararan unos segundos para hacerlo y no nos hacían caso... Lo hacíamos allí, delante de las señoras, como animales... Sólo nos daban un poco de agua y algo de pan. La gente se desmayaba por el calor, que era insoportable, y el hedor espantoso Algunos de los inmigrantes repatriados a Mali rememoraron para ABC su penosa experiencia en un bar de Gao De pronto, el interlocutor se detiene y baja la cabeza: En el desierto, donde nos abandonaron, vi morir a dos de mis mejores amigos. Uno de los días que andábamos por el desierto cayeron sobre la arena y me acerqué a recogerlos para ayudarles. Les miré a los ojos y supe que ya no había nada que hacer, que todo era inútil... Tuve que seguir caminando, dejándolos allí tendidos, mientras intentaba sobrevivir El bar, en ese momento, ha quedado en silencio. Nada hay que añadir a lo oído. El forastero y su guía profesional, és- PABLO MUÑOZ Sinangouilla entre la miseria Cuenta la leyenda en Mali que hace muchos siglos dos hermanos africanos quisieron viajar al Níger desde Mande. El mayor era Bozo; el otro, Dogo. Ambos se pusieron en camino y al cabo de las semanas el primero comenzó a desfallecer por falta de alimentos. Temiendo que pudiera morir, el segundo sacó su cuchillo y se cortó un trozo de carne de una de sus piernas, que luego cocinó de tal forma que Bozo no se dio cuenta de lo que estaba comiendo. Con las fuerzas repuestas, los dos hermanos reemprendieron el viaje. Pero no pasó mucho tiempo hasta que Dogo cayó desfallecido. Al acercarse, el mayor comprendió hasta dónde había sido capaz de llegar su familiar para saciar su hambre. Consternado, recorrió mucha distancia para buscar las hierbas que le podían salvar la vida y no paró hasta que encontró las medicinas adecuadas. Así pudieron llegar hasta la orilla del río. Allí, Bozo decidió quedarse para convertirse en pesca- te nacido en Mali y por tanto perfecto conocedor de la situación, tienen un nudo en el estómago como pocas veces han sentido en su vida. Ni siquiera intentan unas palabras de consuelo, que en un lugar como ese y dichas ante personas como éstas no dejan de sonar ridículas... Al fin, un compañero del hombre consumido rompe el hielo: Nos han tratado como a animales... Eso se tiene que saber, lo tiene que conocer todo el mundo. Nadie hace nada por nosotros. Pero en la frontera entre Argelia y Marruecos aún quedan cinco mil personas, en el desierto, tiradas, también mujeres y niños. Cada día muere gente y los gobiernos, todos los gobiernos del mundo, callan y miran a otro lado Niños en busca de unas monedas El aperitivo más amargo de cuantos se pueda uno imaginar va a finalizar, aunque antes ha habido muchos otros parias que han contado su caso mirando siempre de frente a su interlocutor, con unos ojos que hacen entender que todo lo que allí se relata pasa a diario en medio de una repugnante indiferencia general. Cuando ya están todos de pie, un hombre de cierta edad se acerca al forastero y suplica ayuda, con lágrimas en los ojos provocadas por la vergüenza y la pena: Mi mujer está allí fuera, muy enferma, la tengo que llevar a Bamako o de lo contrario morirá Ya en la calle insiste y agradece lo poco que se puede hacer por él. En esos momentos el coche de los recién llegados está rodeado, aunque no hay el menor indicio de hostilidad. Todos imploran cualquier cosa que les sirva para aliviar algo su situación. Hasta recopilan números de teléfono de Madrid, por si algún día podemos llegar a España Niños descalzos, vestidos con ropa sucia y rota, aprovechan también la confusión creada para abrirse un hueco y extender la mano suplicante en busca de unas monedas. Es horario escolar, pero no para ellos. El todoterreno arranca; el corazón permanece allí. Un grupo de niños malienses en un colegio próximo a Bamako dor, tal como tenía pensado; Dogo, sin embargo, prefirió continuar para encontrar unos terrenos que cultivar. Desde entonces, el primero regalaba a su hermano pescado, y el segundo le hacía llegar parte de su cosecha. Un día, Dogo envió a su hijo a casa de su tío, donde murió pocos días después por una enfermedad. Bozo no quiso decírselo a su hermano para no entristecerlo, y tomó una terrible decisión: enterrar a su propio hijo en vida junto al cadáver de su primo. Pasado un tiempo, y al no tener noticias de él, Dogo viajó a casa de su hermano, que le contó lo ocurrido y lo que había hecho. Como Bozo no se lo creía, le mostró la tumba. Desde entonces, surgió la Sinangouilla el vínculo eterno entre estas tribus, que hace que cada uno dé al otro cuanto necesite, sea lo que sea, sin hacer preguntas. Hasta la vida. Lazos tan fuertes como éste se están creando en el desierto, donde aquel que hace un favor a un compañero ya tiene un amigo REUTERS para siempre. Por eso, en el campamento de los desesperados de Gao se comparte cada cosa, cada pedazo de pan, cada cuchara de comida. El poco dinero que puedan lograr se utiliza en beneficio común y sólo así son capaces de poder sobrevivir un día más e, incluso, en ocasiones, hasta sonreír, aunque sea con desgana o sólo de pena. De nuevo la historia se repite y surge una auténtica Sinangouilla en pleno siglo XXI. Sin leyendas. Tan dramática como real.