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22 Nacional ABC, EN EL CORAZÓN DE LA INMIGRACIÓN MALI SÁBADO 29 10 2005 ABC Rotos por el hambre, por la suciedad, por la desesperanza y también por el miedo... Así sobreviven más de 150 subsaharianos al norte de Mali, punto de partida de una de las rutas hacia Europa, adonde ahora han sido repatriados desde Argelia y Marruecos Aperitivo con los parias PABLO MUÑOZ ENVIADO ESPECIAL GAO (MALI) El bar, situado en una de las calles de tierra que sale de la plaza principal, tiene las paredes de barro y planchas y el techo de cartón. El suelo es de cemento visto y el sol implacable de los arrabales del desierto hace que el ambiente interior sea denso, por momentos irrespirable, agobiante y agrio. La barra está pintada de rojo y una única nevera, que parece sacada de cualquier casa española de hace más de 30 años, es el único aparato que sugiere algo de refrigeración. Al fondo, una mujer reina en un pequeño cuarto que hace las veces de cocina y cuyas condiciones higiénicas es mejor no investigar. El salón tiene unas cuantas mesas- -cuatro, redondas- -y sillas también de plástico de color blanco, en las que algunos clientes, por supuesto, todos hombres, hablan de sus cosas o simplemente observan, con mucha más atención si por allí se deja caer un forastero, algo a lo que no están nada acostumbrados. El amable servicio está formado, en la sala, por un joven de ojos negros y saltones que luce una camiseta del Barcelona. Ronaldinho el mejor dice riendo... Unos visillos blancos son lo más acogedor de la estancia, que está tomada por un ejército de moscas voraces, al menos en apariencia perfectamente instruidas, pues da la impresión de que sólo se acercan al recién llegado. El guía en la ciudad es un camarero que por unas horas ha dejado sus ocupaciones, de mediana estatura y edad indefinible, como la camisa que viste, muy del gusto del lugar. Conoce como nadie los entresijos de Gao y asegura que en pocos minutos volverá con varias personas que han vivido la horrible experiencia de la inmigración ilegal y han sido devueltos a esta ciudad en las últimas semanas, donde deben subsistir sin techo, sin comida y sin dinero. Los desgraciados malviven bajo unos árboles al lado del Níger, que baña Gao y que es una de sus principales fuentes de riqueza. Son centenar y medio, pero el número varía cada día porque hay quien ya no aguanta más y emprende el difícil camino del regreso a casa. Es un campamento improvisado, donde las aguas del río se utilizan lo mismo para el aseo personal que para beber. Los animales también campan allí por sus respetos. La higiene para ellos resulta una quimera. Sólo unos minutos después de salir, el guía ocasional regresa acompañado. Los primeros en entrar son un joven camerunés vestido con una camiseta del Madrid- -la liga española es una de las pasiones en Mali- -y un compatriota alto, fuerte, con entradas y ojos redondos y profundos. Se sientan frente al desconocido, que está con la espalda apoyada en la pared, descansando sobre una pequeña bancada de madera. Saludan con enorme amabilidad y piden un par de refrescos. Sin embargo, antes de que puedan empezar a hablar comienzan a entrar más compañeros. En pocos segundos el bar se ha llenado y todos hacen un medio círculo en torno al forastero. Tienen sed, y lo de- muestran rápido haciendo acopio de bebidas, que dan por supuesto- -y aciertan- -que no van a pagar ellos. El joven camarero pone cara de satisfacción, porque pocas veces habrá visto su local así, a rebosar. La situación llega a un punto en que parece que se está corriendo la voz por la ciudad, porque no hacen más que acudir personas... Nos dejamos detener Para cualquier observador la situación es, en esos momentos, un tanto cómica. Sin embargo, la visión cambia en el momento en que aquellos jóvenes, guineanos, senegaleses, de Mali o de cualquier otro país de la zona, empiezan a contar sus historias. Cuando uno habla, todos sus compañeros permanecen mudos, en respetuoso silencio, porque saben lo difícil que les resulta abrir el corazón de esa forma a un desconocido, reconocer que han fracasado, tragarse su orgullo y rememorar los días de horror y muerte. El camerunés de complexión fuerte, que viste una camisa negra de hilo ribeteada en dorado, explica que hace ocho meses salió de su casa. Tiene mujer e hijos y desde entonces nunca ha En el desierto vi morir a dos de mis mejores amigos. Les miré a los ojos y supe que ya no había nada que hacer