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ABC SÁBADO 29 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES ZAPATERO DE RAMADÁN R AMADÁN, tiempo de abstinencia debió de pensar Zapatero para no acudir al foro de diálogo entre culturas y civilizaciones- -uno de sus temazos- -al que había comprometido su asistencia. Rápidamente, las interpretaciones de este plantón se fueron a la presencia del polémico islamista suizo Tarik Ramadan, que tiene prohibida la entrada en varios países occidentales debido a sus encendidas prédicas (la más famosa, la que venía a justificar el 11- M) No está el horno para bollos. Pero quizá la ausencia viniera más determinada por la presencia de Felipe González, que inevitablemente habló del Estatuto catalán y de lo poco que le gusta. Mejor leerlo en la prensa. Parece que Zapatero le está cogiendo miedo al ex presidente. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR MI VAQUERILLO LA FILOSOFÍA DE BORGES DE JUAN NUÑO Reverso Ediciones Madrid, 2005 244 páginas 14,42 euros La alquimia borgiana Los incondicionales de Borges saben- -desde la intuición oculta- -que era un filósofo. Su apetito de provocador contumaz ha jugado siempre con el lector que se asoma desprevenido sobre sus páginas. ¿Literatura... No sólo, también filosofía, aunque envuelta como una especie de tuétano diletante bajo la suculenta carnosidad de su brillante verbo de novelista. Como los itinerarios cabalísticos trazados por Balthazar en los parajes de la Alejandría literaria soñada por Durrell, Borges nos ofrece una cosmología recurrente hecha a base de ruinas de arquetipos sobre el mundo, la identidad, el concepto y el tiempo. Cuadraturas literarias para un círculo filosófico alimentado de neoplatonismo alejandrino, los textos de Borges irrumpen repletos de una ambigüedad sinuosa que niega para afirmar y oculta para mostrar. Este ensayo de Juan Nuño, introducido por Fernando Savater, se descubre así como un finísimo hilo conductor para quienes estén deseosos de internarse en los laberintos de una obra que no sólo soporta el paso del tiempo, sino que, incluso, parece desafiarlo bajo la alquimia de un Borges que se atreve a decir que el tiempo es la sustancia de que estoy hecho JOSÉ MARÍA LASSALLE N amigo muy querido, Santiago Castelo, me regala las Obras completas de José María Gabriel y Galán, que la Editora Regional de Extremadura acaba de publicar primorosamente, al cuidado de dos nietos del autor, Jesús y José María Gabriel y Galán Acevedo. Quizá sin pretenderlo, mi amigo me ha alumbrado de dicha estos días que suenan a bronce difunto en mi corazón, porque se aproxima el cuarto aniversario de la muerte de mi abuelo. Ha sido abrir este libro, paseando la mirada por sus páginas con olor a trigo candeal, y sentirme invadido por un placer ensimismado, suspenso sobre la marea de recuerdos que acuden a mí en tropel, como ejércitos atravesando la estepa. De repente, mientras volvía a leer después de tanto tiempo los poemas de Gabriel y Galán, mientras en los oídos de la memoria resonaba la voz salmódica de mi abuelo que los recitaba y mi misma voz niña que a trancas JUAN MANUEL y barrancas trataba de balbucirlos, DE PRADA he dejado de sentirme contingente y mortal. Muchas veces he evocado aquí la figura de mi abuelo, que tanta huella dejara en mi formación sentimental. No era hombre ilustrado, si por ilustración entendemos tan sólo la que nos suministra la letra impresa, y no la que depara el desciframiento de la naturaleza, ese otro libro acaso más elocuente. En su biblioteca frugal se apretaban unos pocos libros, mayormente prontuarios de medicina naturista firmados por el doctor Vander y, junto a ellos, un volumen desencolado, roído por los ratones, que albergaba una antología de poemas de Gabriel y Galán. Era un tomito muy modesto, de páginas quebradizas de tan amarillentas y cubierta ilustrada por unas amapolas, que son las flores más humildes y pueblerinas de cuantas ilustran los campos. Ignoro cuál era la razón por la que mi abuelo había elegido a Gabriel y Galán como centinela de sus días: acaso porque su lectura había perfu- U mado su infancia, allá en la escuela rural que tuvo que abandonar pronto, para contribuir al sostenimiento familiar; acaso porque en sus versos respiraba el aire de aquellas pasiones campesinas, netas y elementales, que lo habían fraguado como hombre; acaso, simplemente, porque creía que Gabriel y Galán era el mejor poeta del mundo. Sea cual fuere la razón de su elección, era una razón acertada: cuando me leía en alta voz aquellos poemas preñados de una como exultante tristeza, como aquietados en la serenidad de una noche clara, transparentes y hondos como el agua de un hontanar, poemas cristianos y humanísimos que hablaban con palabras inteligibles incluso para un niño de apenas cinco años, yo también convenía- -porque el corazón sabe de razones que la razón no entiende- -que Gabriel y Galán era el mejor poeta del mundo. Creo que en aquellas lecturas inaugurales, vibrantes, nació dentro de mí un venero de deslumbramientos estéticos que luego se convertiría en vocación; nunca desde entonces he vuelto a sentir, de forma más trémula y emocionada, el hormiguillo que nos sacude cuando la poesía acampa entre nosotros. Entre todos los poemas de Gabriel y Galán que mi abuelo me leía había uno, titulado Mi vaquerillo que era mi predilecto. En cuanto comenzaba a recitarlo, sentía que se me hacía de acero el cuerpo y de oro el alma. Había en él un patetismo enjuto, de ley, que me ponía los pelos de punta y me arañaba la garganta con la inminencia de las lágrimas. ¡Vaquerito mío! ¡Cuán amargo era el pan que te daba! declamaba mi abuelo, encarnando el dolor compungido del poeta, que después de dormir en el monte con el niño que cuida sus vacas escucha la voz de la conciencia y decide abreviar su jornada y aumentar su jornal. Al llegar mi abuelo a la última estrofa se le empezaba a quebrar la voz, y yo lloraba sin recato, y me echaba a sus brazos, y él me susurraba al oído: Vaquerito mío, vaquerito mío Y, al apretarme contra su pecho, creía escuchar los versos de Gabriel y Galán, fundidos en su sangre.