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ABC VIERNES 28 10 2005 Opinión 7 la duración del contrato tenga una razonable flexibilidad o dicho de otro modo que la extinción del contrato, cuando sea necesaria, ni sea compleja ni tampoco muy cara. Eso crearía más empleo. Y eso se puede lograr con un equilibrio entre los intereses de trabajador y empresario. Especial mención merece asimismo el tema de las contratas y subcontratas, a las que en la propuesta de reforma se intenta controlar mucho más que lo que actualmente se hace y todo ello desde un punto de vista social. La descentralización productiva no sólo es un fenómeno imparable en el mundo empresarial, sino que supone una de las grandes herramientas de trabajo en toda economía desarrollada. Cortar sus alas sería suicida, por lo que, en este punto, hay que tener especial cuidado en la dosis. El contratista como tal, no puede llevar aparejado un estigma de poca calidad social, sino que lo que habrá que hacer es tomar las medidas que se estimen oportunas- -tanto en el ámbito legal como en el del convenio colectivo- -para que las contratas cumplan su misión sin que haya un deterioro de las condiciones laborales de sus trabajadores. LA ESPUMA DE LOS DÍAS DESPEDIDA ENTRE JOSÉ LUIS Y PASQUAL R país de notable nomadismo laboral, lo cual claramente nos perjudica porque las empresas no pueden ser prósperas con una mano de obra inestable, desestructurada, ajena, en definitiva, a los objetivos de la empresa. Sin dejar de mencionar la imposibilidad de formar a trabajadores o invertir en su formación cuando van a estar como tales unos días o unos meses en activo; y sin formación nada funciona bien. Y para acabar con la temporalidad en el empleo una de las soluciones radica, aunque parezca una paradoja, en que De cualquier modo llama la atención la minuciosidad con que se abordan los distintos temas sin el soporte de una filosofía subyacente de cómo deben abordarse las reformas laborales. Pienso, con la experiencia de los últimos veinticinco años, que muchas reformas se han realizado sin un sustento ideológico suficiente y con un apoyo coyuntural excesivo. Tenemos que decidir cuál es el modelo laboral que España necesita en una etapa de globalización y deslocalización para que podamos tener un estándar social razonable y aceptable, pero también un impulso económico que anime a emprender con éxito y competitividad. Dicho sea de paso, llama la atención que a este último tema no se le dedique ningún apartado en la reforma. Para terminar, y dentro de esa filosofía global, yo haría hincapié en la mayor autonomía de las partes y menos intervencionismo en los detalles. Dicho de otra forma, y dado que el triunfo está en la libertad, el Estado debe fijar las bases de mínimos y las reglas del juego y debe dejar a las partes que por la vía de los convenios colectivos y los contratos individuales dispongan y compongan los derechos y deberes. Que entre aire fresco en el edificio laboral. PALABRAS CRUZADAS ¿Corre peligro el Ministerio de Hacienda con el proyecto de Estatuto catalán? NO ES UN CASTILLO DE NAIPES EL CONTRIBUYENTE CATALÁN, SÍ E L Estatuto catalán trata de evitar la Hacienda estatal, la Hacienda española. Eso no significa un acta de defunción de la misma, que hoy es suficientemente fuerte y solvente como para resistir éste y otros desafíos peores. El Estatuto, tal y como está planteado, es un error. No tiene encaje ni operativo ni institucional, pero tampoco es el fin del mundo ni el fin de la Hacienda española. Este Estatuto no va a pasar, y si pasara, por extravío de quien lo tolere, no sería eficaz. Cataluña necesita más de la solidaridad efectiva española y europea que al revés. Otra cuestión es que empachados de emociones nacionalistas, algunos catalanes no se enteren de FERNANDO G. la realidad. URBANEJA La Hacienda española tiene una base, una experiencia y una trayectoria tan sólida, que el secesionismo catalán ni la debilita ni la amanaza. Cabe un modelo de responsabilidad fiscal con espacio amplio para haciendas regionales; así debe ser, pero en ningún caso la Constitución tolera el fin de la Hacienda estatal. Algo de eso ocurrió cuando se volvió a aceptar el hecho foral. Entonces se pretendió satisfacer las aspiraciones vascas y superar el conflicto terrorista. No sirvió e incluso puede que agudizara el problema. En el caso catalán conviene tener muy en cuenta esa lección. E N la medida en que el Estatuto catalán apunta a la independencia, amenaza al Ministerio de Hacienda, igual que a todas las demás instituciones españolas que incluyan a Cataluña como parte de la nación. Ese ministerio y esas instituciones son importantes, pero más importantes son los ciudadanos, su libertad y sus bienes. Y por ello cabe abrigar temores ante la suerte de los catalanes, en nombre de los cuales- ¡y a espaldas de los cuales! -los políticos nacionalistas e izquierdistas han montado el desaguisado de la mano de Rodríguez Zapatero, antes Bambi, hoy Atila. No hay nada en el Estatuto catalán que propicie una reducción de impuesCARLOS R. tos y, al contrario, numerosos capítuBRAUN los sugieren que el poder político que se procura diseñar aumentará sus incursiones virtualmente sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos de Cataluña, los impuestos, faltaría más, incluidos. Las jeremiadas, el victimismo, la sensiblería, el populismo, el falso amor a la patria, se traducen en más poder para el poder y menos libertad para el súbdito. No deberían los contribuyentes catalanes celebrar la pretensión de disfrutar de una Agencia Tributaria propia, cuando lo que se les puede venir encima quizá resulte incluso peor que lo hay ahora. ODRÍGUEZ Zapatero le dijo a Maragall que acogería fielmente un Estatut pero seguramente suponía que iba a ser una propuesta con talante y no un artefacto enciclopédico cuyo trámite parlamentario viene a ser, constitucionalmente, como pasar una armadura medieval- -celada, cota de malla, espuelas y espada- -por el detector de metales. A mitad del proceso, el fracaso político de Pasqual Maragall es de tales dimensiones que Artur Mas es invitado a los sofás de la Moncloa para quitarle hierro al asunto. Ahí se instala una hipótesis: CiU contribuye a una buena ingestión parlamentaria del Estatut y, en respuesta, hay contraprestaciones de poder. Casi en VALENTÍ paralelo, el PSC y todo el PUIG tripartito le retiran la confianza al presidente de la Generalitat, no le dejan remodelar el Gobierno autonómico y él aguanta. Esa es, con abundancia de precedentes, la circunstancia prototípica que de acuerdo con la formalidad de un sistema democrático induce de forma casi automática a presentar la dimisión. El fracaso de Pasqual Maragall es tan manifiesto que su propio partido preferiría a pesar de todo que CiU detentase el poder en Cataluña: sí, ese postpujolismo que Maragall iba a erradicar, poniendo a Cataluña en la rampa de lanzamiento de la modernidad, al tiempo que solucionaba el problema vasco y le enseñaba a Rodríguez Zapatero cómo reconstruir España. Lo que de momento existe es una unanimidad muy distinta: Pasqual Maragall no debiera presentarse de nuevo a las elecciones. Como dicen los norteamericanos de sus presidentes descalabrados a mitad de un mandato, es un pato cojo Más celtibéricamente, es un juguete roto. Algunos sostenemos la tesis, siempre abucheada por los maragallistas, de que en algún momento Maragall podría tirar la toalla como presidente de la Generalitat, como se fue de la alcaldía de Barcelona sin dar ninguna explicación a sus votantes y a la ciudadanía. Habrá que ver cómo responde CiU a los guiños de Zapatero. Tal vez la clave comience a revelarse en la votación de los presupuestos, en algunos apartados estatutarios sobre financiación, inversiones específicas del Estado. Tras las elecciones generales de 1993, un Felipe González que estaba lejos de la mayoría absoluta contó con CiU en el pacto de investidura. Solbes sustituyó a Solchaga en la gestión económica. Claro está que hoy como ayer la realidad y la política- ficción a menudo se alternan. Nadie podría ahora mismo asegurar que el trayecto del Estatut no sea un túnel de las sorpresas. Las peores las ha activado Pasqual Maragall, incluso más allá de lo que le encargó su amigo José Luis. Siendo Rodríguez Zapatero todavía un joven diputado, veía a Pasqual casi como un mito, equiparable al Barça. Ahora, estando Zapatero en La Moncloa, Maragall le resulta ser un lastre. Tampoco el Barça es el mismo de antes. vpuig abc. es ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate