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ABC JUEVES 27 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC PRUEBA PÚBLICA PARA SELECCIONAR AL PROFESORADO UNIVERSITARIO POR CÉSAR NOMBELA CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE Se barrunta que los cambios políticos traerán nuevos planteamientos cuyo contenido tarda en aclararse. En esa falta de un horizonte claro se pueden frustrar muchas de nuestras mejores posibilidades de tener la Universidad que la sociedad española demanda... E L futuro de la Universidad, una institución ya casi milenaria, depende como siempre de su capacidad para situarse en el terreno de la creación ambiciosa de conocimiento y su transmisión eficaz. En la actual coyuntura mundial, con modelos muy diversos de organización universitaria, no será difícil concluir que en la calidad de las instituciones de educación superior e investigación está una de las claves del futuro de la sociedad correspondiente. La Agenda de Lisboa del año 2000 planteaba objetivos muy ambiciosos en el terreno del conocimiento para la Unión Europea. Desde entonces, la Comisión Europea ha venido señalando- -no sin alarma- -que la situación de las universidades europeas no era precisamente la mejor para hacer frente a esos desafíos. Ninguno de estos análisis resulta infalible, ni tampoco el llamado proceso de Bolonia, aplicado hasta ahora con torpeza y confusión en España. Pero los análisis dejan claro que pocas universidades europeas destacan, ante la pujanza cada vez mayor de las instituciones de educación superior de otros continentes, especialmente el americano. Desde hace muchos años la situación organizativa de la Universidad en España viene definida por la provisionalidad. Se proyectan nuevas normas, se diseñan nuevos planes docentes, se barrunta que los cambios políticos traerán nuevos planteamientos cuyo contenido tarda en aclararse. En esa falta de un horizonte claro se pueden frustrar muchas de nuestras mejores posibilidades de tener la Universidad que la sociedad española demanda, y que necesita imperiosamente. que hay universidades en las que la totalidad de su profesorado se doctoró en la propia institución. Se podrán ofrecer explicaciones de este hecho, desde el problema que supuso la existencia de universidades de paso en las que era raro que muchos catedráticos recalaran un tiempo mínimo, los cambios sociológicos o la ventaja que supuso la consolidación de grupos docentes e investigadores de envergadura, controlados desde la propia institución a cubierto de avatares externos. Pero lo cierto es que nuestras instituciones universitarias, en su conjunto, deben suponer un ámbito abierto a nuevas incorporaciones, sin otro condicionante que la preparación de los candidatos y su adecuación a los niveles y exigencias de unas instituciones obligadas a un esfuerzo permanente por alcanzar las mayores cotas de calidad científica y docente. La endogamia dificulta la renovación de ideas, de proyectos; en definitiva, de posibilidades académicas. Por eso muchas universidades diseñaron procedimientos para beneficiarse de la incorporación de quienes se han formado en otros lugares. En esta situación se vuelve a plantear la reforma del (casi) non- nato sistema de habilitación nacional, que la LOU de 2002 estableció como prueba para el acceso al profesorado universitario. Pocas novedades aportó la referida reforma de 2002 respecto a la ya entonces más que agotada LRU. La habilitación con carácter nacional era sin duda la más importante, pero quedará prácticamente inédita por la convocatoria masiva de plazas de profesorado, que se produjo en las últimas semanas de tramitación de la LOU, dejando un margen muy pequeño para la aplicación del nuevo sistema en al menos los primeros cinco años. Mucho se ha criticado, sobre todo, acerca de la logística de aplicación del sistema de habilitación, problema que no hace referencia al fondo de la cuestión, y que se resolvería con una mejor organización. Pero la experiencia de muchos que han participado- -como candidatos o jueces- -en los concursos de habilitación nacional arroja como algo positivo el que ha existido un ámbito de verdadera selección, en el que contrastar los méritos y capacidades de cada cual, en el contexto del nivel del país. Cabe preguntarse si está justificado implantar un sistema de selección del profesorado universitario, en España y para nuestras universidades, en el que desaparezca cualquier tipo de prueba pública, abierta, de carácter nacional, en la que cada cual tenga la oportunidad de hacer valer sus méritos, tanto para la docencia como para la investigación. A mi juicio, desde luego, no. Se argumenta que universidades como Harvard no incluyen pruebas públicas, sino una selección apropiada establecida por la propia universidad. Cabe responder que en esos casos nunca está excluida la participación de una exigente comisión de búsqueda y selección de candidatos, con la frecuente impartición de una conferencia pública por parte de los mismos. En todo caso, los sistemas de organización, financiación y gestión de universidades como la referida distan mucho de los nuestros. La Universidad española tiene que plantear un sistema de selección de su profesorado que le permita no sólo efectuar una selección eficaz, sino abierta, de manera que tanto los candidatos como las instituciones puedan ambicionar lo mejor. Vivimos un momento decisivo. Por un lado estamos próximos a un proceso de renovación importante, pues profesores que accedieron en grandes grupos por la expansión del sistema universitario alcanzarán edades de jubilación en la próxima década. Por otro, nuestras instituciones deben abrirse a la incorporación de nuevas generaciones que se han preparado a conciencia en muchos lugares del mundo. Un proceso público, de ámbito nacional, que asegure un mercado abierto de posibilidades de acceso a la función académica en nuestras universidades públicas, que garantice la movilidad, que abra opciones de intercambio entre instituciones, que permita incluso que estas rivalicen por incorporar a los mejores candidatos, resulta fundamental. Igualmente importante será organizar el nombramiento de los profesores más cualificados para juzgar los concursos. Son exigencias mínimas, garantías de una igualdad de oportunidades para todos, al tiempo que la forma de asegurar que nuestras universidades pueden ser ambiciosas al servicio de la sociedad. Se avecina un nuevo cambio en nuestra situación universitaria, precisamente en algo tan esencial como es la selección del profesorado. Se puede afirmar sin ambages que el profesorado es la columna vertebral de la institución universitaria. Por ello, el futuro de nuestro sistema universitario dependerá del acierto con el que- -aquí y ahora, porque no partimos de cero- -diseñemos un sistema que posibilite incorporar a nuestros cuadros académicos a los candidatos más capacitados y motivados. Siendo imposible analizar aquí toda la evolución del sistema de acceso al profesorado, sí cabe constatar las circunstancias que ahora mismo concurren, que sin duda se han de tener en cuenta para configurar el nuevo sistema que el Gobierno anuncia. Estoy convencido de que entre el profesorado universitario español hay más gente preparada, con un alto nivel de formación y motivación, que la que ha habido nunca. Sin embargo, el factor negativo que define la situación actual es la falta de movilidad. Hubo épocas en que la carrera universitaria podía llevar a los candidatos preparados a cualquiera de las universidades que funcionan en España. No es así en este momento, hasta el punto de