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ABC DOMINGO 23 10 2005 Cultura 79 CLÁSICA Ciclo Sinfónica de RTVE Obras de A. Blanquer, D. Gasparini y A. Dvorak. Intérpretes: Orquesta y Coro de RTVE. Director: Adrian Leaper. Solistas: S. Fernández, soprano; E. Sandoval, tenor. I. Anaya, barítono. T. Mork, violonchelo. Lugar: Teatro Monumental, Madrid CLÁSICA Ciclo de Grandes Intérpretes Obras de Mozart, Schumann, Schubert y Beethoven. Lugar: Auditorio Nacional. Fecha: 18- X EL FILO DE LA NAVAJA ALBERTO GONZÁLEZ- LAPUENTE DOS ESTRENOS EN EL MONUMENTAL ANTONIO IGLESIAS n la programación del ciclo de la Orquesta Sinfónica y el Coro de RTVE figuraba como primera audición en sus conciertos del De Profundis del excelente músico alcoyano Amando Blanquer que, por su inesperado fallecimiento en el último verano, se constituyó en un sentido In memoriam que le hemos rendido cuantos asistimos a la sesión del jueves en el Teatro Monumental de la capital. Una excelente actuación del medio centenar de voces de la agrupación coral, con la colaboración de la soprano Sandra Fernández (dominadora del superagudo arriesgado) así como del tenor Eduardo Sandoval y del barítono Isidro Anaya, como ella acertados en sus intervenciones, tradujeron espléndidamente la página de Blanquer que, como él deseó, supone un reflejo de aquello que Joaquín Sorolla expresa en pintura sabor mediterráneo que, dentro de una predominante estela tradicional, incluye novísimos procedimientos actuales por su interválica y hasta por su momento aleatorio. La voluntad ejemplar de los profesores de la Sinfónica de RTVE- -para quienes todo elogio será pequeño ante su siempre excelente actitud ante las primeras audiciones- bajo la batuta titular expertísima de Adrian Leaper, todavía hubo de extenderse al estreno del XXII Premio Reina Sofía de la Fundación Ferrer Salat, Myselves Passacaglia obtenido por el joven italiano Daniele Gasparini, una partitura rebosando imágenes fantásticas visionarias y alucinantes, como es habitual en la poesía de Dylan Thomas, notoriamente estructurada en secciones bien confrontadas dentro del general procedimiento de incuestionable contemporaneidad, mantenido a lo largo de su excedido cuarto de hora de duración. Una acertada traducción del Concerto Op. 104 que Antonin Dvorak escribió para el violonchelo y la orquesta, daría lugar al lucimiento del solista noruego Truls Mork, destacando su preciosa gama de sonoridades. Todos los artífices de la brillante sesión (sin olvidar a Mariano Alfonso, titular del Coro) contribuirían al éxito de la jornada. E uienes le conocen explican que Alfred Brendel es incapaz de tocar una sola nota sin saber exactamente que lugar ha de ocupar dentro de la composición, que sus interpretaciones son pensamientos en voz alta y que prefiere el éxtasis cerebral al calor de lo emocional. Es cierto. Brendel hace música de manera tan exigente que lo suyo se convierte en un caminar por el estrecho margen de la razón. Es capaz de interpretar, como ahora acaba de hacer en Madrid, tres Momentos musicales de Schubert dejando en el aire notables detalles de color, jugando con el pedal lo justo y así rozar sutilmente algunas armonías y convirtiendo esa música en un discurso que se absorbe sin concesiones. Pero la propuesta resulta demasiado rigurosa, especialmente ante el vuelo natural de esa música. Al fin y al cabo no se trata de las mozartianas Variaciones sobre un minueto de Duport con las que abrió el programa. Una obra que, sin más, transcurre por la senda de una banalidad que es algo ofensiva, si se piensa quién es el autor que las firma. Desde luego, Brendel exige mucho al oyente porque él mismo se lo impone. Contención, medida y distancia, orden, claridad y concentración. Por eso hay que agradecerle que al menos apuntara a abrir la mano con la décimoquinta sonata de Beethoven, Pastoral, y que permitiera que el oído se recreara en la dulzura de varias medias voces, en lo más grave de su Andante en la delicadeza con la que inició el Scherzo o en la serenidad con la que acabó explicando el rondó. Y es Q Alfred Brendel, en una imagen de archivo que hasta entonces el ejercicio había sido duro. Brendel no parecía dispuesto a sonreír y en un alarde de intelec- ABC tualidad le daba la vuelta a la Kreisleriana de Schumann proponiendo, una interpretación seca y complicada. CANCIÓN Plata Concierto de Pablo Guerrero. Lugar: Sala Galileo Galilei, Madrid. Fecha: 21- X DE REPENTE, LA POESÍA LUIS MARTÍN on una pequeña, pero selectiva, promoción, regresa el cantautor extremeño Pablo Guerrero. El acontecimiento se celebra para presentar un trabajo original e inteligente que, hace muy poco, ha aparecido en forma de disco producido por Luis Mendo, un guitarrista que, cuando está implicado en un proyecto supone siempre un punto de garantía incontestable. La grabación se llama Plata y, en ella, la poesía de Pablo vuelve a alcanzar la altura de los mejores momen- C tos de su ya dilatada discografía. Plata es también, de algún modo, prolongación del espléndido ciclo de poemarios sobre el amor que Pablo publicó en los libros Tiempo que espera y Los rastros esparcidos y de ambos hubo ejemplos en el recitado armonizado por el bajista Billy Villegas con el que arrancó el concierto. Excelente opción: un abrigo ligero y sutil de rock permitía al cantautor calentar voz y colocar su poesía en primer plano; incluso, dejar que apareciesen más tarde algunos gestos instrumentales singularmente valorables. Nunca lo he dicho- -y espero no desbarrar más de lo razonable- -pero, mientras disfrutaba este concierto, imaginé a Pablo Guerrero como un John Trudell de Esparragosa de Lares- -cuando no Lou Reed- relatando con voz aquietada sus cosas, esta vez dedicadas a las mujeres y al amor. Servían de ayuda a la idea las voces de Olga Román y Olga Manzano, que- -como en Trudell- -ponían el contrapunto melódico a las canciones. Y también la transparente caligrafía de Santi Vallejo, un desconocido que, en trompeta y percusiones, se convierte, desde este momento, en un valor seguro, de los que encuentran el acento adecuado y saben ponerle una fragancia diferente. Sin embargo, si sólo hubiera que destacar a uno de los músicos, ése sería el guitarrista Nacho Sáenz de Tejada que, tras su paso por ámbitos como el del periodismo y la gestión discográfica, regresa al centro de la batalla musical. Nacho revela ecos del estadounidense Bill Frisell, pero sin copiar, con autonomía. Es obvio que la música de este país no ha sabido aprovechar su talento, ni tampoco el de Pablo. Y el problema de este último no se resuelve después de lo del Goya compartido con Luz Casal. Este entrañable personaje sigue teniendo escasas oportunidades en un mundo en el que atan cabos personajes muy populares, aunque siempre por debajo de sus capacidades.