Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 23 10 2005 Los domingos 65 El formato español para las urbes permitía un traslado bastante más fácil y la vuelta inmediata a la vida normal Un paseo por las calles de Nueva Orleáns ha constituido en sus días mejores un notable placer, al contemplar los nombres españoles de sus calles principales: La Real, Tolosa, San Pedro, del Arsenal, San Felipe, del Muelle nes como el diseño de las calles principales, la centralidad de la plaza mayor, el lugar del cabildo y el hospital y la colocación de la horca para hacer justicia. En adelante, el espíritu de la urbe nacerá de la aplicación de esas normas, que hicieron el milagro de conservar la comunidad de vecinos y, ante una catástrofe, facilitaron su traslado y la continuidad de su vida en común. Por eso, las 241 ciudades fundadas por los españoles aquel año y los centenares que les siguieron sufrieron infortunios de todas clases, pero en buena parte han llegado hasta nuestros días. Tuvie- ron que soportar terremotos como el de Cuzco en 1650, acontecido después de seis meses en que no dejó de llover y seguido de 123 réplicas en seis días, los de Lima en 1687 y 1746- -acompañado de un devastador maremoto, que destruyó el puerto de El Callao con una ola de veintiún metros de altura- los sismos de Guatemala en 1650 y 1773- -que obligó a trasladarla a su actual emplazamiento- los de Mendoza en 1782 y 1861, Quito en 1797, La Rioja en 1894, el de Managua de 1972 o los innumerables de México (que llegó a estar inundada sin interrupción durante cinco años) el último muy grave en 1985. A los desastres naturales se sumaron los de fabricación humana, incendios, motines y en lugar destacado los ataques de los piratas, como el sufrido por la próspera Panamá en 1671, que diezmó su población e impuso el traslado a un lugar seguro. Ante tanta devastación, no resulta extraño que los vecinos acudieran a sus devociones particulares, Santiago y San Atanasio para protegerse de terremotos, la Encarnación para librarse de los incendios o San Lorenzo y Santa Bárbara frente a rayos y truenos. Pero por encima de todo, lo que sobrecoge al observador, ayer como hoy, a la vista de calamidades similares, es la decisión de quienes las habitan de permanecer y reconstruir las ruinas, de seguir siendo ellos mismos, para siempre, cuerpo de la ciudad. España en Nueva Orleáns CARLOS M. FERNÁNDEZ- SHAW La presencia hispánica en el centro del actual territorio norteamericano no es tan antigua como la acontecida en el este atlántico- -a partir del avistamiento de Florida por Ponce de León en 1513- ni en el sector occidental del país- -de la mano de Cabeza de Vaca y Oñate, más un largo etcétera de conquistadores y frailes misioneros- Así, fue en 1763 cuando Carlos III recibió la Luisiana, cuya capital era Nueva Orleáns, que había sido fundada en 1719, no sin arduos problemas urbanísticos. Los españoles se encontraron con una población francófona no favorable a la presencia hispana, situación que produjo momentos de violencia y la partida del primer gobernador, Antonio de Ulloa, sucedido por un colega más afortunado o enérgico, Alejandro O Reilly. Otros gobernadores lograron la adhesión de los pobladores, quienes conservaron una mayoría francesa. La presencia española contó con la prestigiosa figura de Andrés Almonaster, a cuya hacienda se debió la construcción del Cabildo, la Catedral y el Presbiterio. Si dichos edificios encuadran todavía la Plaza de Armas sus costados laterales se conforman con los levantados por la Baronesa de Pontalba, hija del mencionado mecenas, que constituyen los primeros bloques de viviendas- apartamento construidos en los Estados Unidos. No termina ahí la con- Mapa de la provincia de Loja, en 1769, procedente del Archivo General de Indias, que muestra la dificultad de los asentamientos urbanos tribución española a la arquitectura ciudadana. Y es que en tiempos del gobernador Esteban Rodríguez Miró, en 1788, se declaró un voraz incendio en el que perecieron las edificaciones más significativas del centro urbano, el llamado Vieux Carré Ello motivó la realización de un notable esfuerzo reconstructivo. Sus responsables tuvieron mucho cuidado en que las nuevas edificaciones se hallaran en línea y estilo con las anteriores (decisión muy bien acogida por los vecinos) y no precisamente a la usanza de las ciudades coloniales españolas. Por tal razón, el famoso barrio ha continuado siendo llamado The French Quarter no obstante su procedencia hispánica. En un ambiente tan atractivo, un paseo por las calles de Nueva Orleáns ha constituido en sus días mejores un notable placer, sobre todo al contemplar los nombres españoles de cada una de las calles principales, tales como La Real, Tolosa, San Pedro, del Arsenal, San Felipe, del Muelle, etcétera. La confección en azulejos talaveranos de las correspondientes placas y su ulterior colocación se debió a la iniciativa del Cónsul General de España en Luisiana, D. José Luis Aparicio y a la aportación económica del Instituto de Cultura Hispánica, regido entonces por don Blas Piñar. Embajador de España y autor de La presencia española en los Estados Unidos (ICI)