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ABC DOMINGO 23 10 2005 Nacional LA INVESTIGACIÓN DEL 11- M 21 dos, encontraron una oreja, la derecha. No se trataba de un hallazgo cualquiera, pues la oreja, además de ser un elemento clave de identificación, la emplearon como eje para la reconstrucción de la parte derecha de la cabeza, ya que la izquierda se había hecho fosfatina en la explosión. Pero no terminaron ahí los descubrimientos. Analizando y analizando dieron con un colgajo de piel, también del lado derecho de la cara, que unido a la oreja, fue el punto de partida que utilizaron las dos especialistas de Antropología Forense para modelar parte de lo que ya podía ser la cabeza del terrorista. Así, por una de las cavidades introdujeron papeles y algodones que, haciendo las veces de músculos, dieron forma a parte del rostro. En esos momentos no tuvieron tiempo para intercambiarse palabras de satisfacción, sino que todas las emplearon para seguir avanzando en la investigación, movidas por el deseo de aportar a sus compañeros del servicio de Información un dato clave en las indagaciones del mayor atentado cometido en la historia de España. Un lunar y una cicatriz Durante el modelaje, y conforme fueron rellenando la piel con los algodones y papeles, descubrieron en la frente de la cabeza una pequeña mancha azul. En un primer momento pensaron que podría ser un hematoma. Lo analizaron y comprobaron que en su cara interna no había resto de sangre, por lo tanto se trataba de una formación lenticular hiperpigmentada, es decir, un lunar azulado, próximo a una pequeña cicatriz. Hallaron, pues, otros dos elementos que, sumados a la oreja, podían llevarles al cien por ciento a la identificación del terrorista siempre y cuando en los archivos policiales hubiera fotografías de él para el cotejo. Aquel día, el 15 de septiembre de 2004, las dos especialistas de la Unidad de Antropología Forense sólo sabían que sus compañeros del Servicio de Información querían poner nombre a aquel resto humano cuyo ADN no correspondía con el de ninguno de los otros seis terroristas de Leganés y tampoco casaba con ningún otro fragmento recuperado de entre los escombros. También ignoraban que en ese momento parte de las sospechas sobre el que fue llamado séptimo suicida se centraban en Allekema Lamari, de quien sí había reseña fotográfica en los archivos policiales: la que le tomaron en 1997 cuando fue detenido en Valencia por formar parte del grupo terrorista argelino GIA. Ajenas a estas sospechas, las dos especialistas no dieron por terminado su trabajo en el Instituto Anatómico Forense pese haber conseguido ya reconstruir la parte derecha de la cabeza y detectado tres elementos clave para una identificación: la oreja, la cicatriz y el lunar azul, una imperfección de la piel nada común. Así pues, el siguiente objetivo eran los dientes. Los extrajeron uno a uno de entre la masa informe y reconstruyeron las dos arcadas dentarias, la inferior y la superior. En primer lugar colocaron los incisivos, seguidos de los caninos, premolares y molares. En total pusieron en su sitio diecinueve dientes de los treinta y dos echarles un vistazo les sorprendió que tanto la inserción de cuero cabelludo como la oreja fueran tan similares a las de la cabeza que ellas habían reconstruido. Pidieron, entonces, que les aumentaran el tamaño de las fotografías para hacer una observación más detallada. Llegada la ampliación, no sólo ellas, sino también otros especialistas de la Unidad de Antropología Forense, advirtieron quince puntos de similitud entre la oreja del individuo que aparecía en la reseña policial y la de la cabeza modelada. Y un dato crucial: ningún punto era discrepante. Además, en el aumento fotográfico se apreciaban perfectamente el lunar azul y la pequeña cicatriz que la cabeza recuperada tenía en la frente, amén del perfil y la estructura de la barba. Ya no había margen para la duda, pero Miguel Ángel Santano, comisario general de Policía Científica, no quiso dar por cerrado el caso hasta que el ADN de la cabeza fuera cotejado con los de Mohamed y Teldja, padres de Allekema Lamari. Para ello, dos inspectores se trasladaron a Argelia para recoger las muestras. Los resultados también fueron positivos. Gracias a ambas investigaciones se puso por fin nombre al amasijo de carne, piel, dientes, cemento y tierra en el que el terrorista convirtió su cuerpo tras la explosión de Leganés. En ella, los criminales también acabaron con la vida del Geo Francisco Javier Torronteras, un nombre que sus compañeros de Policía Científica no quieren que quede en el olvido. Edificio de Leganés en el que se suicidaron los siete terroristas que tenemos los humanos. Del análisis a simple vista de la dentadura se desprendía que el séptimo suicida no tenía una mínima higiene dental. Todo este impresionante trabajo lo realizaron en la mañana del 15 de septiembre de 2004. Concluida la misión, volvieron a guardar la parte de cabeza reconstuida en la nevera y ésta en la cámara frigorífica, donde aún permanece. Ya de regreso al centro policial de Canillas, donde la Comisaría General de Policía Científica tiene su sede, junto a la satisfacción por los logros conseguidos planeaba una duda: ¿Habrá en los archivos policiales una reseña fotográfica con la que comparar la cabeza? Antes de que esta pregunta tuviera respuesta, las dos especialistas recibieron de antemano la felicitación de sus jefes y compañeros por haber conseguido dar forma al saco de nueces Sus descubrimientos quedaron plasmados, además de las fotografías de su trabajo, en un informe. No obstante, en la Unidad de Antropología Forense no se dejaron llevar por la euforia porque aún quedaban otras pruebas. La principal, el cotejo de los datos obtenidos con el retrato del sospechoso que tenían los compañeros del Servicio de Información. ÁNGEL DE ANTONIO Un lunar azulado, una pequeña cicatriz y la oreja derecha fueron los elementos que permitieron la identificación La médico y la antropóloga rellenaron las cavidades con algodones y papeles que, haciendo las veces de músculos, dieron forma al rostro Quince puntos de similitud La espera las mantuvo en vilo. Pero al final llegó. Días después, recibieron una reseña policial que, fechada el 6 de abril de 1997, recogía tres fotografías: una de frente, otra de perfil derecho y la última de semiperfil. Bajo ellas un nombre, Allekema Lamari. Nada más