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ABC DOMINGO 23 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO POR JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO ESCRITOR. PREMIO CERVANTES 2002 La única España que debe admitirse es la que no es España; y el gran proyecto, hacer de ella cualquier cosa, con tal de que no se parezca a lo que se llamó España durante quinientos años, y fue lo que fue en el mundo... O que cualquiera ha podido observar, a poco que haya mirado todos estos años de vigencia de la Constitución de 1978, es, por lo pronto, que, de tanto llamarla Carta Magna, se ha llegado a la conclusión práctica de que la Constitución es una especie de Gran Menú en el que está inscrita como plato fuerte la soberana y real gana de cada quisque- -individuo o grupo- que, cuando no se sale con la suya, e incluso cuando alguien expresa o hace lo que no le gusta, encuentra que se está ante una situación inconstitucional. Se ve que la raza de los que gritaban hace ciento cincuenta años Constitución o muerte, subidos a la mesa de un café, con una escarapela verde en la cabeza, no ha acabado. Se excedieron un poco, sin duda, los Padres de nuestra primera Constitución de 1812, al recomendar a los párrocos que la explicasen a la vez que pronunciaban sus homilías en las misas de los domingos, porque la Constitución no era el Evangelio ni la iglesia lugar para estos discursos políticos; pero la intención no era mala, porque de lo que se trataba era de que las gentes se tomaran en serio el texto legal, que ya, en cuanto fue promulgado el día de San José de aquel año, se tomó a chirigota y se le llamó enseguida La Pepa; y el ¡Viva la Pepa! desató el jolgorio de hacer la propia santa voluntad, que se convirtió enseguida en algo así como la interpretación auténtica de la democracia y de la Constitución. Y se invocaba a ésta, exactamente como hoy, cuando alguien va a decir una estupidez o una desvergüenza, y argumenta que para eso tenemos libertad y hay Constitución. L espectáculos turísticos, que es otra especialidad nuestra. Durante años, dio de sí lo increíble el descubrimiento de la idea de que España es diferente; pero quienes habían producido tal eslogan parecía que estaban al tanto verdaderamente de que esa oferta de la diferencia de las cosas de los españoles, única en el mundo, es nuestro glorioso destino. Es decir, que lo importante de los españoles sería exactamente que se muestren diferentes ofreciendo el mayor espectáculo del mundo, en un gran reality show. Desde luego, cierto es que, desde la época romántica, los europeos han venido a España a ver lo que no se veía en ninguna parte. Y sería suficiente recordar que poblado, grande o chico en el que había un corregidor avispado, se proveía de su leyenda de bandoleros o gitanos perseguidos por la Guardia Civil; y, desde luego, destinaba a cárcel antigua de la Inquisición una vieja bodega llena de desechos de cadenas, ruedas, trozos de hierro, cepos, sogas, sacos y agujas de hacer punto o alambres retorcidos y oxidados, porque eso atraía clientela. El turista vendría ineluctablemente a experimentar las emociones de ser secuestrado por un bandolero, sin que la cosa tuviera mayores consecuencias, y a sentir igualmente esos otros escalofríos inquisitoriales, sin más riesgo. Pero quizás es que los españoles, a quienes nada se había puesto por delante en los siglos anteriores y habían sido dueños de medio mundo, llegaron a interiorizar que eran españoles porque no podían ser otra cosa, como Y no es que vayamos a poner a la Constitución en un evangeliario entre dos velas, ni tampoco a identificarla con España, aunque esto es, poco más o menos lo que se ha hecho estos últimos veinticinco años. Pero, de repente, han cambiado los vientos, se han apagado las velas, se ha decidido que es una Constitución fallida, y ya la tenemos ahí, de nuevo, como papel mojado. Una de las razones que han devaluado el serio y normal aprecio de la Constitución, entre nosotros, es el hecho de que, en nuestra historia, se han puesto y quitado Constituciones con bastante deportividad y sans façon, y que las Constituciones han sido trágalas de un partido frente a otro. En realidad, si se exceptúa la Constitución de Cánovas, sólo la de 1978 pareció ser el acuerdo de todas las opiniones, y no hecha contra nadie. Era demasiado, por lo que se ve; y la extraña y necia paranoia de reinventar España cada dos por tres, y de jugar con la historia y las Constituciones, un asunto de ya muy siniestras consecuencias en el pasado, nos retrotrae a éste de nuevo. O quizás es que, ahora, preparamos nuevos luego diría Cánovas medio en broma medio en serio, y que tenían que dedicarse al sector servicios con los cachivaches que habían dejado los abuelos. Aunque luego cambió el sentido de la diferencia o del negocio, y los españoles optaron por dar el espectáculo de un cierto masoquismo, del reniego del pasado, y de la misma noción y consistencia de lo que España es, chequeando su historia como nación mal hecha. No hubo, entre nosotros, una ilustración filosófica de un nivel entitativo y de alguna sustancia; y, en general, todo el fenómeno ilustrado tuvo un tinte sociológico y costumbrista, y el viejo arbitrista barroco de solana o botillería, convertido al hegelianismo, comenzó a proponer ahora soluciones no sólo contra el malgobierno, sino algo así como una versión libre y casera de la dinámica del Espíritu Universal, para encarrilar la historia. De manera que España tenía que dejar de ser de España y convertirse en otra cosa, hacer otra España que no tuviera que ver nada con España, para lo que habría que liquidar por lo pronto su historia, y el concepto y la consistencia mismos de su haber sido. El paraíso siempre está en otra parte, dicen los franceses, aludiendo a la perpetua insatisfacción de nuestra condición humana en relación con lo que somos o tenemos; pero el adagio francés debe modificarse, en nuestro caso, explicitando que no es que la perfección y las relucencias del paraíso estén en cualquiera otra parte, sino que sería paraíso cualquier infierno con tal de que no esté en España, ni sea España. La única España que debe admitirse es la que no es España; y el gran proyecto, hacer de ella cualquier cosa, con tal de que no se parezca a lo que se llamó España durante quinientos años, y fue lo que fue en el mundo. Y claro está que este reniego de España, de la cultura y la historia de los muertos que nos dieron la vida y lo mejor que somos, y nos posibilitaron dar un paso más, no es otra cosa que la más alevosa variante de la impiedad en el antiguo fortísimo sentido griego de la palabra, pero también una oscura fascinación por el suicidio, y trágica, inaudita necedad. Pero ¿acaso no será igualmente el más poderoso reclamo turístico esta disolución de una de las más viejas naciones europeas, y almoneda de su herencia? Nuestra decidida e irreprimible vocación a pertenecer al sector servicios de diferencias y espectáculos, ofrece ahora en exclusiva esta gran ceremonia de derribo. Vengan y vean gentes de todo el mundo lo que nos importa una historia de quinientos años, cómo una Constitución es un trozo de papel, y se arría una bandera para siempre. El mayor espectáculo del mundo.