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20 Nacional ABC, EN EL CORAZÓN DE LA INMIGRACIÓN SENEGAL SÁBADO 22 10 2005 ABC Los niños del barrio de Parcell disfrutan de cualquier pequeño juego, como si fueran ajenos a la miseria que les rodea ABC Los barrios periféricos de Dakar, una ciudad que estremece y cautiva, se desangran a diario sin que los que allí viven se den cuenta siquiera. Las muertes de sus vecinos en las pateras, o en Ceuta o en Melilla, no provocan ni un minuto de reflexión. El objetivo es Europa. Aunque les engañen, aunque les maten a tiros, aunque les abandonen en el desierto... Esto es una lotería y, por ahora, pierdo PABLO MUÑOZ ENVIADO ESPECIAL. DAKAR. Viajar al barrio de Parcell, en la periferia de Dakar, no es un plato de gusto para nadie. Si algún turista esnob quiere hacer realidad la manida frase de estas vacaciones busco un lugar en donde no me encuentre nadie lo tiene muy sencillo: cuatro horas y media de avión desde Madrid a la capital senegalesa, y treinta minutos más en taxi. Lo que va a ver, sin duda, lo ha visto muy poca gente. Y puede estar tranquilo: allí nadie le buscará. Porque en realidad, a nadie se le ha perdido nada allí. La basura marca la mediana de algún tramo de la calle que conduce hasta la barriada, de tal modo que el ambiente se mastica por momentos. Está nublado- -es el final de la época de lluvias- pero la temperatura y la humedad golpean inmisericordes sobre todos los que intentan trabajar o, simplemente, sobrevivir. La circulación, como siempre en esta ciudad, es densa y anárquica, y ver los llamados transportes colectivos, donde se hacinan decenas de personas en una camioneta que incluso cuesta pensar que en algún momen- to fuera nueva, angustia al recién llegado. A mano izquierda hay un callejón- -uno de los muchos que existen- -de tierra, polvo y arena. A ambos lados se levantan casas de una sola altura, frágiles, en las que parece difícil concebir que pueda haber agua corriente o luz. Hay, también, pequeños talleres en los que trabajan familias enteras, siempre los varones porque a las mujeres se les reserva los trabajos de la casa. Y carros tirados por caballos, y cabras amarradas a un madero, y gallinas, y coches desguazados... los recién llegados a pasar al patio de su casa, que tiene planta baja y un primer piso. En el lugar elegido para la conversación apenas hay un grifo de agua corriente, un futbolín de madera irrecuperable y una mesa y sillas de plástico de propaganda. Su familia se dedica a trabajar un taller de hierro- -hace puertas metálicas que son la envidia de muchos- pero él es costurero, o modista, según explica con una cinta de metro alrededor del cuello. Acepta la charla, aunque en momento alguno se sienta. El mensaje es claro: va a viajar a Europa, por las buenas o por las malas, si es que alguna persona seria me lo propone Víctima de un engaño Mientras Souleyman habla, una joven que en momento alguno abre la boca limpia el suelo con un balde y un trapo, que utiliza doblando la espalda de una forma que sólo se concibe en una contorsionista. Por su parte, un chiquillo, sonriente y travieso, juguetea por la corrala con la aparente intención de llamar la atención y, de paso, saber qué se cuece entre su familiar y los desconocidos. Son sólo dos de la quincena de personas que comparte esa vivienda; al margen, claro está, de las decenas de moscas que revolotean permanentemente por allí y que parecen cachondearse de los repelentes de insectos que utilizan los que visitan estos lares. En 2001 pagué un millón de cefas (1.600 euros, aproximadamente) a un hombre que me dijo que me iba a conseguir el visado para entrar en España explica el modista. No lo dice de forma explícita- -al fin y al cabo, el orgullo es el orgullo- pero da a entender que ya ha asumido que ha sido Sin esperanza En la barriada de Parcell hay miseria, suciedad y muchas necesidades, pero también buen humor, hospitalidad y educación, que en este país sí que es lo último que se pierde a pesar de contar con una alta tasa de analfabetismo. Sólo con poner los pies en sus callejones se comprenden mucho mejor las tragedias que a diario se viven a las puertas de Europa: porque allí no hay porvenir, ni tampoco esperanza. Souleyman Thian, de 35 años, que abandonó la escuela a los 12, invita a La miseria y necesidad que sufre el barrio de Parcell explican las tragedias que se viven a las puertas de Europa Souleyman insiste en que va a viajar. En 2001 le estafaron: pagó 1.600 euros por un visado que nunca recibió