Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 22 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES AQUEL 1 DE MAYO E STE deterioro de las condiciones laborales, fruto, en gran parte, de la reforma laboral impuesta por la mayoría absoluta del Partido Popular, puede verse agudizado si prospera el intento del Gobierno conservador de imponer un abaratamiento en el despido PSOE. 1 de mayo 2002. Algún cualificado dirigente sindical comentaba recientemente- -no sin cierta ironía- -cómo el Ejecutivo de Zapatero, guardián en épocas pretéritas de la ortodoxia, ha presentado un proyecto de reforma laboral que deja en pañales, en determinados aspectos, al que al Gobierno del PP le costó una huelga general. El manifiesto socialista de aquel Primero de Mayo se le aparece ahora en sueños al ministro Caldera, obligado a vender el abaratamiento del despido como un logro social. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR NOSTALGIA DE LAS CADENAS LAS LETRAS Y LA AMISTAD DE ALFONSO REYES Y GUILLERMO DE TORRE Pre- Textos Valencia, 2005 292 páginas 20 euros Correo de vanguardia Las vanguardias literarias y artísticas que se manifestaron en nuestro país entre los años veinte y el final de la Guerra Civil forman parte esencial de lo que se conoce como Edad de Plata de la cultura española. Figuras centrales de aquellas vanguardias- -y de sus correlatos hispanoamericanos- como protagonistas, estudiosos y divulgadores, fueron los críticos Guillermo de Torre (Madrid, 1900- Buenos Aires, 1971) y Alfonso Reyes (Monterrey, 1889- México DF, 1950) que, al tiempo que participaban activamente en muchas de sus manifestaciones, dieron a conocer a uno y otro lado del Atlántico los aires nuevos que, a partir del ultraísmo, dejaron una impronta indeleble en la cultura española del primer tercio del siglo XX. El argentino Carlos García, que ya ha publicado otros epistolarios fundamentales para el periodo, reúne en este volumen 112 cartas que estos dos gigantes de la crítica hispánica se cruzaron a lo largo de más de treinta años. Una correspondencia que no sólo informa de algunos de los hitos de las vanguardias hispánicas, sino que refleja los entusiasmos, las reticencias y la evolución de los dos conspicuos remitentes ante la cultura de su tiempo. MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO NA crónica de Andrés Cárdenas nos revela la peripecia pintoresca y tristísima de Eduardo Tagua, un hombre casi septuagenario que ha entretenido la existencia rodando de cárcel en cárcel, como un perrillo sin amo. Tagua, que acaba de ser liberado de la prisión de Granada, reclama su reingreso, pues se declara incapaz de vivir fuera, hostilizado por un mundo en el que se siente extranjero. En el caso de Eduardo Tagua, la nostalgia de las cadenas es casi nostalgia del útero materno: su madre, reclusa en la prisión de Málaga, lo parió mientras cumplía condena, en una fecha brumosa que el propio Tagua no logra establecer, quizá porque la estancia entre rejas le ha enseñado que las precisiones temporales son un cómputo superfluo. Tras quedarse huérfano, Tagua fue internado en un reformatorio, de donde saldría con dieciocho años. A esa edad, aproximadamente, comeJUAN MANUEL tió su primer hurto, tan venial como DE PRADA aquél que inauguró la carrera de infortunios de Jean Valjean, el héroe de Víctor Hugo: en lugar de una barra de pan, osó robar un frasco de colonia, y así dio con sus huesos en la cárcel, donde descubriría, contrariando la sentencia cervantina, que toda comodidad tiene su asiento. Tagua se sintió, en efecto, cómodo entre rejas, quizá porque la vida le había golpeado con penalidades más severas; y desde entonces hizo de la prisión su refugio frente a las intemperies de la libertad, perpetrando crímenes de poca monta y urdiendo argucias que le permitieran volver, una y otra vez, a su añorado hogar. En su afán por perder la libertad, Tagua no ha vacilado en atribuirse la autoría de crímenes que nunca cometió, o en pernoctar ante la puerta de algún presidio del que acababa de ser desalojado, pidiendo su readmisión. Sin atisbo de ironía, afirma que los presidiarios y los funcionarios encargados de su cuidado y vigilancia constituyen su única familia. U La peripecia carcelaria de Eduardo Tagua, no exenta de ribetes chuscos, daría para escribir una epopeya paródica. También para pergeñar una desoladora teoría determinista que explicase el destino de los hombres por las circunstancias que lo fraguaron. Pero creo que en la actitud aparentemente desquiciada de este recluso perenne y satisfecho subyace cierta querencia humana de la que, por pudor u horrorizada perplejidad, no se habla nunca. Solemos afirmar que el apetito de libertad es la aspiración más natural del ser humano; también, desde luego, la más noble y exigente. Pero solemos callar que, junto a este apetito de libertad, coexiste otro, acaso más pujante, que podríamos denominar apetito de esclavitud. Aquel aciago ¡Vivan las caenas! que el populacho proclamaba exultante, azuzado por elementos reaccionarios, cuando Fernando VII fue repuesto en el trono, podría sintetizar ese impulso, omnipresente en el pasado y desde luego vigente en la actualidad. No hace falta rememorar con cuánto entusiasmo se han adherido los hombres a las más feroces tiranías; la historia de los totalitarismos es, a un tiempo, la historia sombría de los anhelos populares. No me refiero tan sólo a las tiranías de orden político, sino sobre todo a las de índole mental o espiritual. En el sometimiento y el gregarismo el hombre ha encontrado siempre abrigo frente a las intemperies de la libertad: el pensamiento cautivo y heredado, la sumisión a la propaganda, la docilidad y hasta la adhesión inquebrantable a las doctrinas dominantes en cada época son episodios mucho más habituales en la historia humana que el apetito de libertad, quizá porque la permanencia en el redil asegura el rancho (y el pesebre) y afuera hace mucho frío. La antiepopeya de Eduardo Tagua, huésped gustoso de tantas cárceles, nos fascina tanto porque secretamente nos habla de nosotros mismos, porque explica nuestra nostalgia de las cadenas, nuestro ferviente anhelo de esclavitud.