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ABC SÁBADO 22 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA HOJA DE PARRA POR MANUEL MANTERO ESCRITOR Y CATEDRÁTICO EN LA UNIVERSIDAD DE GEORGIA (ESTADOS UNIDOS) Un montón de aficionados a historiadores se ha propuesto abrir antiguas heridas en nombre de la justicia histórica, aunque sea en contra de la verdad. Y en contra de la paz nacional, hermosamente lograda por los protagonistas de la Transición... UANDO yo era niño y veía aquellas hojas de parra cubriendo las zonas vergonzosas de Adán y Eva al ser expulsados del paraíso, llegué a pensar que la hoja de parra era una cosa natural en todos los adultos, por repetida en tantas pinturas y esculturas de cuerpos desnudos. Inspeccionaba mi propio cuerpo, lo sabía sin hoja como en los demás niños, pero estaba seguro, allí iba a crecer fatalmente una siniestra hoja de parra en lugar de lo otro. ¿En qué momento se me caería lo de costumbre? Y ¿cómo a la hoja de parra le sería posible orinar? La hoja ¿se caería también, como cualquier hoja responsable, en otoño? Este gran misterio me conturbó durante mucho tiempo, y cada cumpleaños se me renovaba una ansiedad que no le deseo ni al tripartito catalán. Los primeros años tras la guerra española fueron para mí de incesante zozobra pisando los umbrales de la espera, en una época cuando la hoja de parra modificaba, no sólo pinturas y esculturas, sino cualquier aspecto de la vida española. Me estoy refiriendo a la censura. C a mejor vida, no se ha comprado un palacete en una ciudad mediterránea, es que ha muerto. También en la posguerra, decretaron que los muertos estuvieran presentes, no ausentes. A mí me daba miedo tanta presencia de los muertos de la guerra durante mi infancia y mi adolescencia, y tanto obligado saludo ritual. En el colegio decían ¡Gloriosos caídos por Dios y por España! y contestábamos ¡Presentes! Después decían ¡José Antonio Primo de Rivera! y nosotros, ¡Presente! Luego venía el ¡Viva Franco! respondido con un sonoro ¡Viva! y el postre ideológico del ¡Arriba España! respondido con un ¡Arriba! que resonaba como mil portazos. Lo peor fue que una mañana, al llegarse al ¡Viva Franco! yo, por inercia, lancé un estruendoso ¡Presente! Ha pasado el tiempo, y la hoja de parra no termina de marcharse. Luce triunfal y defensiva (ofensiva) no con la ruda imposición de la posguerra, sí con maneras más sutiles. La hoja de parra tapa verdades embarazosas y ofrece vacíos y mentiras. En algunos países, desde luego, no hay ninguna sutileza en el escamoteo. Hay millones de hojas de parra en Cuba tituladas Revolución ocultando la servidumbre y la pobreza, y con ellas podría fabricarse un ejército de balsas rumbo a las libres costas de Florida. Asombran las fotografías de mujeres futbolistas de Irán pateando el balón, pues sólo tienen al descubierto cara y manos; la hoja de parra, incrementada, se confunde con el cuerpo. Ya saben: el cuerpo de la mujer es la ocasión de pecado más perversa de que consta noticia. Insistiendo en el fútbol, ¿por qué la selección nacional española no viste de rojo y amarillo, los colores de nuestra bandera? Es como si a la bandera le hubieran colocado otra bandera a modo de hoja de parra. Acaso se tema a ciertos españoles con mentalidad de automovilista nervioso ante el amarillo de un semáforo avisando parada y el rojo ordenándola. Hace poco la selección vistió de blanco, de vacío. Donde cualquier bandera cabe. He hablado de la ansiedad del tripartito catalán, por supuesto en relación con el tema del Estatuto. El texto del Estatuto es una compleja hoja de parra cuya finalidad radica en ocultar la verdad del proyecto: independencia de Cataluña. Todo lenguaje está lleno de hojas de parra (metáforas, eufemismos, sinécdoques, etc. con los que desviar la atención de molestas evidencias posibles. Cuando se pide la mano de una señorita se pide mucho más, el cuerpo entero. Cuando se dice de alguien que pasó Hay hojas de parra ocultando el pasado. Metidos en la labor, los historiadores deben ser desenterradores de exactitudes, no enterradores, y volver a investigar lo que atiende por verdad Un montón de aficionados a historiadores se ha propuesto abrir antiguas heridas en nombre de la justicia histórica, aunque sea en contra de la verdad. Y en contra de la paz nacional, hermosamente lograda por los protagonistas de la Transición. Mi padre luchó durante la guerra en la parte nacionalista, el de mi mujer en la otra. Mi padre era creyente, liberal y monárquico, el de mi mujer era ateo, comunista y masón. Yo no estoy recomendando que los del Partido Socialista se enrosquen en la cama con los del Popular, pero sí que alguna vez se vayan juntos de excursión. Hay muchos sitios admirables. El otro día viajé a la salmantina Peña de Francia y allí arriba, a casi dos mil metros de altura, respirando un aire purísimo y asumiendo un circular paisaje formidable, puedo asegurar que cualquier problema queda empequeñecido. ¿Hemos perdido la sensación de grandeza? ¿Nos hemos convertido en un país consumista, indolente y aburrido? Me referí antes a la verdad No está de moda, debido a un relativismo que podría echar abajo nuestra cultura occidental. No es mi intención predicar a nadie, sólo constato un hecho. Los teóricos de la posmodernidad declararon que la verdad no existe, y se acabó. También, que Dios ha muerto; multiplicaron fotocopias del certificado de defunción que un día firmó Nietzsche. Se tapa a Dios, es obsceno, y obsceno testimoniarle. Y como toda hoja de parra significa una sustitución por el vacío o por lo opuesto a lo escondido, tapan a Dios con una inmensa hoja de parra que remite a la nada y a la ridiculización de lo sagrado en nombre de la centralidad del ser humano. Decía Rubén Darío irónicamente que él tenía el mal gusto de creer en Dios Y no olvidemos a los apocalípticos fanáticos de Dios, menos religiosos todavía que los ateos: para ellos lo ocu- rrido con las catástrofes naturales de Estados Unidos, Pakistán, Guatemala, El Salvador y México es una acumulada señal de ira. Asquerosas hojas de parra, estos inventados castigos de Dios La verdad no existe y la belleza tampoco. Ya lo escribió Picasso: ¿Qué es la belleza? No hay tal cosa Si él nunca se lió con una mujer fea, no fue por atracción de la belleza; simple casualidad. Así, hoy, una gigantesca hoja de parra elimina lo que siempre se entendió por belleza: un tipo de ritmo- -el que sea, incluso el no inmediatamente percibido- un resultado de armonía personal y comunicada, una seducción que supera su propio caos y su propia agonía. Se ha llegado a decir que a una novela le perjudica el lenguaje estético, como le daña a un poema. Que el Quijote no tiene más valor que la carta de un semianalfabeto a su novia. No hay valor porque no hay valores; en su lugar proliferan hojas de parra para todos los gustos, hoja de parra del capricho, hoja de parra del odio a lo establecido, hoja de parra del naufragio del espíritu, hoja de parra de la impersonalidad glorificada, hoja de parra de la imaginación abolida, hoja de parra de la igualitaria falta de talento. Curiosamente, en esta época nuestra de desaparición de valores y pese a lo que opinaba Picasso, el valor de la belleza femenina ha resurgido de forma agresiva. No por desinterés sino por dinero: modas, sexo. Aquellos escritores neoplatónicos que idealizaban a la mujer hasta convertirla en muñeca intocable, tenían mucho de hipócritas, y hoy son también hipócritas los nada platónicos comerciantes que presentan a las mujeres con rostros idealizados pero cuerpos bien asequibles. (La mujer nunca idealizó al hombre, no perdió de vista su realidad) En este caso, la hoja de parra consiste en hacer creer la utopía de que todos los rostros de mujer son bellísimos. Hojas de parra como máscaras donde existe solamente una identidad mansamente intercambiable. A propósito de lo comercial, termino este artículo con otro recuerdo mío infantil. Una tarde en Sevilla, al volver del colegio, leí estas palabras en un muro: Hijos de puta No entendí. Ya en casa, le pregunté a mi madre qué significaba la palabra puta Mi madre se escandalizó, gritó que jamás repitiera esa palabra. Me fui a un diccionario y busqué: Puta. Mujer que comercia con su cuerpo Entendí menos. Al otro día le pregunté a un jesuita del colegio qué era lo de puta y lo de comerciar. ¡Cómo se reía el puñetero! Me explicó: Puta es una mujer que no se lava Imaginé a las putas como a las mujeres de pinturas y esculturas, y con una sucísima hoja de parra. Aún hoy pienso en la prostitución como una hoja de parra que hay que lavar. Sea el tema de un futuro artículo.