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70 VIERNES 21 10 2005 ABC FIRMAS EN ABC ANTONIO MONTERO MORENO ARZOBISPO EMÉRITO DE MÉRIDA- BADAJOZ CUATRO SIGLOS CON LOS POBRES Ahí tenemos a la Compañía de Hijas de la Caridad, con su premio flamante, que nunca entró en sus cálculos... lidad la congregación está presente en 93 países de África, América del Sur, Asia y Europa. El número de hermanas es de 23.045 distribuidas en 2.567 comunidades y 78 provincias canónicas Las Hijas de la Caridad, llegadas a nuestro país por Barcelona en 1790, son hoy unas seis mil hermanas, las más ya entradas en años, por la sequía de vocaciones que a todos nos aqueja, aunque con menor intensidad en su caso. Están distribuidas por nueve provincias canónicas, con 650 comunidades en los más variados ministerios de hospitales, públicos y privados; residencias de niños, ancianos y minusválidos; centros de drogodependientes y enfermos de sida; albergues y comedores de mendicantes y marginados de toda condición social y asocial. Están comprometidas a fondo con la problemática actual de los inmigrantes y mantienen todavía una presencia fuerte en el terreno de la enseñanza infantil, primaria y secundaria, con 220 colegios y 75.000 alumnos. Entre los premios de referencia, con ocho áreas temáticas de Letras, Artes, Investigación científica, Ciencias sociales, etcétera, figura el de la Concordia, adjudicado en 2005 a esta familia religiosa. Concordia es en latín, unión de corazones. El nombre con el que bautizaron Vicente de Paul y Luisa de Marillac este nuevo brote en el árbol de la Iglesia, fue el de Compañía de Hijas de la Caridad. ¿Sabían ustedes que la palabra compañero equivale a companero, esto es, el que come el pan con otros? y ¿Qué compañía, antes que una firma bancaria o una formación militar, expresa en nues- M E refiero a las Hijas de la Caridad, galardonadas con el Premio Príncipe de Asturias, Concordia 2005, entre 55 candidaturas de 17 países y, en la terna finalista con la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y la Internacional del Trabajo (OIT) En el Acta de otorgamiento por el Jurado se esclarecen, en párrafos muy densos, los datos, casi abrumadores, que avalan los merecimientos de esta familia religiosa, enraizada en el mundo de la pobreza, de la enfermedad y de la marginación, a lo largo y ancho de los cinco continentes y con una ejecutoria de cuatrocientos años. Fundadas por dos santos de estatura gigante, Vicente de Paul y Luisa de Marillac, el 2 de noviembre de 1633, no alcanzarán ese redondo aniversario hasta el mismo año del corriente siglo XXI, por la diferencia que nos resta todavía; pero ésta puede rellenarse sabiendo que el fundador llevaba en su corazón el germen de esta Obra desde unos veinte años antes, a partir de su conversión progresiva a la santidad y a los pobres, dejando atrás un decenio gris de ministerio sacerdotal con ambiciones humanas. Vicente de Paul llegó a París en el año 1608, a los 27 de su edad, procedente de Las Landas nativas (de Puy, que ahora lleva su nombre) y quiso la Providen- cia que encontrara bien pronto acogida y amistad en un gran hombre de Iglesia, Pedro de Bérulle, sacerdote del Oratorio y más tarde cardenal, que orientó su proceso personal y pastoral hacia un compromiso definitivo con la vida evangélica, el celo apostólico y el amor apasionado a los pobres. Hombre de acción fuera de serie, fue fundador, antes que de las Hijas de la Caridad, de las Cofradías de la Caridad, para señoras seglares (1617) y de los Sacerdotes de la Misión, los Paules en España (1625) Así es que el carisma vicenciano, amar a Dios en los pobres a imitación de Jesucristo, se ha mantenido vivo y operante en la Iglesia y en la sociedad, rondando casi las cuatro centurias. Remitiéndonos de nuevo al Acta del Jurado, que está colgada en la red no cabe reproducirla aquí por su extensión, aunque sí uno de sus párrafos, sintéticamente descriptivo de su presencia en el mundo: La Compañía Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul desarrolló su labor solidaria en Francia y Polonia durante los siglos XVII y XVIII. Hacia 1790 llegó a España y en el siglo XIX se hizo presente en casi todos los países de Europa y América Latina, además de en países de América del Norte, Asia, África y Oceanía. Durante el siglo XX y hasta nuestros días ha continuado su expansión por todo el mundo. En la actua- JAVIER TOMEO ESCRITOR HASTA MAÑANA Y HASTA LUEGO -H AY cosas que, a primera vista, no nos llaman la atención, pero que reflexionando luego sobre ellas nos dan bastante que pensar- -me dice esta mañana Ramón. Fíjate en mis ojeras, me he pasado toda la noche en vela, cavilando sobre las distintas fórmulas que utiliza la gente para despedirse. El asunto tiene más miga de la que piensas. Nos parece normal, por ejemplo, que la gente se despida con un hasta mañana. De ese modo expresa su convicción de que al día siguiente volverán a encontrarse con la misma persona de la que hoy se despiden. El plazo es bastante largo, exige, por lo menos, el transcurso previo de una noche, pero aunque sepamos muy bien que el hombre propone y Dios dispone, considera- mos lógico que ese encuentro se produzca. Otras veces, sin embargo, el plazo que se establece es más breve y apenas concede margen suficiente para que en el ínterin se produzca algo inesperado. Decimos, por ejemplo, hasta luego a pesar de saber perfectamente que las probabilidades de volver a encontrar a la persona de la que nos despedimos son, de hecho, nulas. Imagínate que un individuo cualquiera, en una ciudad de cuatro o cinco millones de habitantes, coge uno de sus veinte o veinticinco mil taxis. Ese individuo no volverá a coger otro taxi en los próximos dos años. Paga el importe de su carrera y se despide del taxista con un hasta luego Y el taxista le responde: Hasta luego A primera vista esa fórmula del hasta luego parece una frivolidad, pero si ahondamos en la psique profunda de quienes la utiliza, ya no lo parece tanto. ¿Comprendes lo que quiero decirte? No- -le digo. Lo que quiero decirte es que ese hasta luego puede interpretarse también como una expresión resumida de los más bellos sentimientos. En cierto modo, esa expresión en apariencia frívola podría traducirse por un Hasta luego, hermano. No te conozco, no nos habíamos visto nunca, y lo más probable es que, después de hoy, no vuelva a verte nunca más. Pero yo prefiero decirte hasta luego porque sé de antemano que hoy mismo volveré a verte en esta gran ciudad, aunque sea repetido en otros hermanos, o lo que es igual, en otros hijos de un padre único y común que nos hermana a todos Tanto es así que, en cierto modo, ese hasta luego equivale a una declaración amorosa... ¿Me entiendes ahora? No, repito- -No te entiendo. La verdad es que te entiendo muy pocas veces. tro idioma la presencia entrañable y cercana de una persona amiga que nos alivia la soledad? Sigamos con los nombres, no para jugar con ellos sino para sacarles el néctar más fragante que llevan en su entraña. Así a los miembros de un instituto religioso femenino acostumbra a llamárseles indistintamente madres, hermanas o hijas. (También ocurre en el mundo, que no en el género, masculino) Los tres nombres rezuman amor, cercanía y parentesco de sangre, en este caso por el Espíritu. Aquello de San Pablo: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm. 5,8) ¿Y qué decir de la palabra Caridad? En el Nuevo Testamento es sinónimo del nivel más alto del amor de Dios a nosotros y de nosotros a Él. Amor gratuito, más de darse que de dar, sin exigir reciprocidad y extensivo a toda clase de personas; bien distinto del amor humano, en su versión erótica, con toda su belleza, significado y plenitud, pero que reclama reciprocidad: se da y se recibe, y se circunscribe a dos personas. Lástima que en el mercado del lenguaje se haya devaluado en algunos la palabra caridad, confundiéndola con la limosna callejera o la calderilla ocasional de tantos donativos, con los que acallamos en falso nuestra opulencia consumista. Bien; pues ahí tenemos a la Compañía de Hijas de la Caridad, de carne y hueso, con su premio flamante, que nunca entró en sus cálculos, aunque valoran su grandeza, que ellas, sin humildad de garabato, transfieren a sus pobres y enfermos. Las Hermanas se alegran, lógicamente, de que a través de esta distinción, se vean reconocidos y honrados centenares de Institutos religiosos masculinos y femeninos de los mismos vocación y servicio en todo el mundo, que juntos, y con incontables laicos de ejemplar compromiso cristiano presentan en el mundo de hoy el rostro samaritano de la Iglesia. Ellas se reconocen a sí mismas en un reciente díptico vocacional como un nuevo fuego que comenzó en París en 1633 y que hoy se extiende por el mundo entero. Somos, dicen, una Sociedad apostólica que asume los consejos evangélicos de caridad, pobreza, castidad y obediencia, entregadas a Dios para el servicio de los pobres. En esa finalidad encontramos la unidad de vida. Nuestra Regla es Cristo, bajo los rasgos con que la Escritura los revela y los fundadores lo descubren. Adorador del Padre, servidor de su designio de amor, evangelizador de los pobres Sin esa veta mística las Hijas de la Caridad perderían su raíz, savia, sabor y a la larga, continuidad de su fuerza espiritual y solidaria. Mientras escribo lo que antecede, acabo de leer ahora mismo en mi Libro de Horas, la estrofa de un himno litúrgico, que les cuadra a la perfección: A fuerza de amor humano me abraso en amor divino. La santidad es camino que va de mí hasta mi hermano. Me dí sin tender la mano para cobrar el favor; me dí en salud y en dolor a todos, y de tal suerte, que me ha encontrado la muerte, sin nada más que el amor