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ABC VIERNES 21 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LOS HIJOS DE TRAFALGAR POR RICARDO GARCÍA CÁRCEL CATEDRÁTICO DE HISTORIA MODERNA. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA En la hora de la memoria de aquella derrota, uno no puede por menos que evocar con nostalgia la infinita ilusión con la que construían el futuro de España aquellos hombres y mujeres de 1812. Los hijos de Trafalgar... F UE hace hoy dos siglos. Frente al cabo de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805 la escuadra británica dirigida por el almirante Nelson derrotó a la flota combinada hispano- francesa, dirigida por el almirante francés Villeneuve. La batalla duró seis horas y media. Objetivamente, fue la última lección de un genio militar cual fue Nelson, que desarrolló magistralmente el innovador criterio táctico del avance en dos columnas, lección que contrastó con la torpeza de Villeneuve, que, además, impidió la maniobra alternativa de Gravina que hubiera podido neutralizar la iniciativa británica. La significación de Trafalgar ha sido interpretada de muy distintas maneras por cada una de las naciones intervinientes en la batalla. Para los ingleses, fue una victoria costosa y dolorosa. Sirvió, ciertamente, para el definitivo reconocimiento en Inglaterra de su héroe nacional, que había perdido un brazo y un ojo en anteriores refriegas, pero al que la alta sociedad británica no le tributó el justo homenaje que merecía hasta su muerte, tras una agonía de tres horas en su Victory, en la que no cesó de evocar a su amada Lady Hamilton y musitar: ¡Ahora estoy satisfecho. Gracias a Dios, he cumplido con mi deber No somos los únicos, pues, en vender cara la gloria nacional. Inglaterra sufrió en Trafalgar 450 muertos (entre los que, aparte de Nelson, estaban trece de sus mejores oficiales) con 1.250 heridos. Un coste significativo en una victoria que, desde luego, consolidó el liderazgo incuestionable de la armada británica en todos los mares. Para los franceses, fue un contratiempo. Francia perdió doce de sus dieciocho barcos, con unos 3.300 muertos, más 1.200 heridos y unos 500 presos por los ingleses. Sólo un tercio de los 15.000 franceses participantes en la batalla volvieron un día a Francia. Una sangría humana importante, que fue pronto compensada por las victorias napoleónicas en los frentes europeos. Austerlitz tapó pronto la herida de Trafalgar. Napoleón repitió con matices la explicación de Felipe II ante la derrota de su Invencible: Las tempestades me han hecho perder algunos barcos después de un combate imprudentemente desarrollado Galdós, por cierto, en su Trafalgar reconvirtió la respuesta en un prepotente: Yo no puedo estar en todas partes En cualquier caso, él ya antes de la batalla había abandonado la idea de invadir Inglaterra. Nelson no salvó Gran Bretaña en Trafalgar, como tantas veces se ha dicho. relativizarla. En la Armada Invencible se perdió un tercio de los 130 barcos que se hicieron a la vela hacia Inglaterra. En la mítica victoria de Lepanto murieron 30.000 turcos y 8.000 fueron prisioneros, pero también murieron 8.000 cristianos (de ellos, unos 2.000 españoles) Pero la derrota de Trafalgar tuvo un impacto emocional especial en España que trasciende el dramatismo inobjetivable de sus muertos y heridos. Por lo pronto, fue un eslabón más de una serie de fracasos marítimos que se arrastraban desde la Invencible y que ponían en evidencia la inutilidad del esfuerzo inversor que en la primera mitad del siglo XVIII se había hecho en el intento de robustecer la marina de guerra. A mediados del siglo XVIII, la monarquía invertía el 20 por ciento de su presupuesto en marina. El primer fracaso en el siglo XVIII había sido la batalla de Cabo Passaro, cerca de Mesina (Sicilia) el 11 de agosto de 1718, con la victoria del almirante inglés Bying, al frente de la Cuádruple Alianza (Francia, Inglaterra, Holanda y Austria) Esta derrota española cortó drásticamente los sueños de Alberoni de revisar el tratado de Utrecht. Cabo Passaro abrió la espita de la invasión de España por las tropas francesas en 1719 con la ocupación de buena parte de Guipúzcoa y de Cataluña. A ello, habría que añadir los sucesivos fracasos españoles ante Gibraltar en 1705, 1727, 1779 y 1782. Los infortunios marítimos se acumulaban. Aparte de las desventuras coloniales, como la ocupación de La Habana y Manila por los ingleses en 1762 o la cuestión de las Malvinas en 1770, en la nómina de experiencias amargas españolas hay que anotar la expedición de Argel de junio de 1775, que se saldó con un rotundo revés que desencadenó una literatura satírica feroz que acabó con Grimaldi y forzó el ascenso de Floridablanca, o la derrota del cabo de San Vicente, de febrero de 1797, también ante los ingleses. Las compensaciones de la recuperación de Menorca en 1781 o 1802 aliviaron poco la dolida sensibilidad española. El testimonio de esa extrema sensibilidad con la que se asumió la derrota de Trafalgar fue la estela literaria inmediata que generó. La oda de Juan Mor de Fuentes (1805) a la Derrota gloriosa, compuesta inmediatamente después de la batalla o los poemas de Quintana, Arriaza, Moratín o Sánchez Barbero, todos ellos de principios del siglo XIX, pueden unirse al texto que escribió Cecilia Bohl de Faber, Fernán Caballero, en 1835. Esta última se hace eco de una viuda que tiene a sus tres hijos en el combate y transpira el sentir de las víctimas inocentes de la guerra. En 1850, Miguel Marliani, un liberal esparterista que postuló por cierto la sustitución de los Borbones por los Saboya (lo que luego haría Prim) reprendió con no poca acritud al francés Thiers, que había tildado a los españoles de incapaces y cobardes. El cuadro de Sans Cabot, en el Prado, titulado Episodio de Trafalgar, refleja bien el mismo desgarro romántico de Marliani a la hora de retratar a unos marineros destrozados en patética expectativa de una solución a su problema. Efectivamente, Trafalgar, tras la tragedia de sus muertos, puso en el escenario de la historia una vez más el problema de España: la absoluta ausencia de conexión entre la clase política y el pueblo español representado por aquellos marineros supervivientes de la batalla, la enésima constatación de que la alianza con Francia sólo servía a los franceses, la imperativa necesidad de la sociedad española de asumirse colectivamente como nación más allá del Estado. Sin Trafalgar no hubiera habido Dos de Mayo de 1808. Lo dijo Antonio Alcalá- Galiano, el hijo de Dionisio, uno de los héroes muertos en Trafalgar: Fue aquella la primera ocasión en España, durante dilatados años, en que se notó lo llamado espíritu público o digamos tomar parte y aún empeños, los individuos privados, en un suceso público e interés por personas con quienes no tenían relaciones de clase alguna Lo decía Gabriel Araceli, el alter ego de Galdós en el significativamente primero de sus Episodios Nacionales: Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el rey y su célebre ministro... Para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero y gran pacotilla de ingleses y franceses después... Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí, más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros. Pero en el momento que precedió al combate comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu... Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos... Me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria Para los españoles, Trafalgar fue una derrota dura que pronto adquirió connotaciones trascendentes. Los efectos trágicos fueron bien patentes. España perdió diez de los quince barcos con los que luchó, con un total de 1.022 muertos, 2.500 heridos y unos 2.500 presos, del total de 12.000 españoles intervinientes en la batalla. La peor derivación directa de Trafalgar fue la práctica desaparición de una generación de grandes marinos: Churruca, Alcalá Galiano y Gravina (murió en marzo de 1806, a consecuencia de las heridas) Heridos graves en la lucha fueron Escaña, Álava, Hidalgo de Cisneros o Valdés. Otros ilustres marinos como Grandellana o Mazarredo, que no participaron en la batalla, murieron también muy pronto. Pero si contrastamos las cifras de pérdidas con las de otras derrotas hispánicas, la catástrofe habría que La conciencia nacional pareció descubrirse en Trafalgar. Hizo más españoles aquella derrota que lo que pudieran educar en la españolidad nuestros atildados ilustrados dieciochescos. El pueblo español creyó tocar fondo en todas sus magulladuras morales. Y emergió un nuevo patriotismo sentimental y cívico que cortó drásticamente el viejo y aburrido matrimonio hispano- francés que había durado un siglo, asumiendo lo que ya había dicho Carvajal: Francia os hará mucho más daño siendo amiga que enemiga Y la sociedad española hizo suyo el sentimiento de aquellos marineros que por puro sentido del honor y la disciplina se convirtieron en carne de cañón de una corte corrupta y arbitraria y lo transformó en musculatura nacional. Y esta sociedad saltó al ruedo ibérico en 1808. Cádiz, no en balde, se convirtió en la última reserva nacional cuando el ejército francés durante la guerra ocupó la casi totalidad de España en 1810 y allí se elaboró el primer constitucionalismo español. Nunca España a lo largo de toda su historia ha acumulado el caudal de ilusiones de futuro, el entusiasmo nacional de aquellos diputados liberales gaditanos. Pues bien, aquellas formidables baterías morales de esta generación de españoles se fabricaron con la pólvora de Trafalgar. Doscientos años después ha pasado mucha agua por el río de la historia. Un río con un delta abrumador de decepciones. Pero, en la hora de la memoria de aquella derrota, uno no puede por menos que evocar con nostalgia la infinita ilusión con la que construían el futuro de España aquellos hombres y mujeres de 1812. Los hijos de Trafalgar.