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ABC JUEVES 20 10 2005 Nacional ABC, EN EL CORAZÓN DE LA INMIGRACIÓN SENEGAL 23 Son las once de la mañana y el sol cae a plomo sobre Thiaroye Sur Mer. Se trata de un laberinto de calles de tierra y casas destartaladas. Las mujeres lavan la ropa, los niños trabajan como cualquier otro miembro de la familia y muchos simplemente observan a los recién llegados. Hay miseria, basura, polvareda y olores agrios que ponen a prueba los estómagos mejor asentados. Y, sin embargo, hay una gran sensación de tranquilidad, no se percibe la menor señal de violencia ni de animadversión a pesar de que allí, y en varios kilómetros a la redonda, sólo hay una persona de color blanco. Simplemente observan, sonríen y en ocasiones hasta saludan. Ha habido que preguntar varias veces hasta encontrar a la persona adecuada. Tras varias intentonas, el vigilante del taller de vehículos El Cordobés que debe su nombre a que su dueño trabajó muchos años en esa ciudad española y ahora vende también coches, accede a indicar dónde se refugiaron los senegaleses repatriados desde Marruecos y también, por añadidura, cuál es la razón de que hubiesen sido acogidos allí. y un santo sobre el pecho. Sonríe aquí todo el mundo tiene la sonrisa pronta- -y señala una de las habitaciones de la casa- -la primera a la izquierda, de apenas 15 metros cuadrados, con poca luz a pesar de que hay una ventana grande- Afirma que allí durmió la noche del pasado martes el último de los desdichados, que además estaba herido y al que como al resto había pagado el viaje de vuelta a casa. Esa misma mañana había decidido marcharse sin despedirse. Esa amabilidad con los repatriados podría parecer extraña, hasta que se desveló la razón de su hospitalidad con ellos: es un Marabout un sacerdote de una religión ancestral, y ellos eran sus discípulos, a los que había protegido con sus conjuros antes de que emprendieran el peligroso viaje a la frontera. Al no haber hecho efecto- -alguno de ellos incluso murió en la valla o en el desierto, según le ralataron sus protegidos al llegar de nuevo a Dakar- estaba obligado a ayudarlos. Y la mejor forma de hacerlo era ofrecerles su casa- habitación, en la que apenas hay una alfombra en el suelo, una mesa con un ordenador desvencijado, un tazón metálico sucio con una cucharilla también usada y unos cables pelados en el techo que sugieren la posibilidad de que allí hubo, o puede haber en algún momento, luz. Marabout quiere decir pájaro y es un ave que tiene las patas de una determinada forma, de tal modo que siem- pre está dispuesta a emprender el vuelo. El sacerdote de este barrio, como el resto de sus compañeros, vive de lo que le dan sus discípulos. Goza de gran prestigio social y respeto en la comunidad, que a pesar de los escasos resultados de sus conjuros de protección no le cuestionan en momento alguno. Siempre dispuesto a agradar- -si al final hay una pequeña propina esa disposición sube en intensidad- el Marabout consulta su agenda para facilitar el contacto con alguno de sus protegidos Lo hace en el suelo, vaciando su cartera de piel de un montón de papeles mal recortados donde guarda teléfonos y nombres. El primer número falla, y se extraña por ello; el segundo, por supuesto, no. Y de nuevo sonríe. Guía improvisado El improvisado guía es alto, delgado, algo desgarbado. Viste pantalón vaquero y camisa verde a rayas, y luce unas gafas de sol que impiden ver sus ojos, porque nunca, ni siquiera en penumbra, se las quita. Sabe muy bien de lo que habla, conoce perfectamente el barrio y a sus gentes, tiene muy claro adónde hay que ir. ¿Inmigration? Oui, oui... afirma. Milagrosamente, el coche, en el que también viaja el nuevo acompañante, logra salvar todos los obstáculos del camino que lleva hasta el objetivo. Hay que recorrer unos cientos de metros y en el trayecto el visitante tiene la sensación de que su vida está en manos del vigilante de un taller perdido en una ciudad de África. Un ataque en ese momento estaría protegido por una total impunidad. Pero nada ocurre, y lejos del miedo lo que surge a cada minuto es una mayor confianza. La casa donde se refugió una veintena de repatriados es grande y está pintada de un verde claro, y cada estancia es utilizada por una persona, no siempre de la misma familia. El guía ordena detener allí el vehículo y entabla conversación con los presentes. Pregunta por los compatriotas repatriados desde Marruecos, y en ese momento toma la iniciativa un hombre alto, con barba de chivo, vestido con una túnica burdeos, un gorro de lana blanco El asfalto desaparece en cualquier momento, el agua inunda los carriles y la separación entre éstos hay que imaginarla Tras varias intentonas, el vigilante del taller nos indica dónde se refugiaron los senegaleses repatriados