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6 Opinión JUEVES 20 10 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA FEDERICO YSART UN ROJO EN MARIE CLAIRE PARTE del BOE, su periódico de combate, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiende a expresarse, por lo que llevamos visto, en publicaciones como Vogue Zero y, últimamente, Marie Claire En clara elección del glamour antes que la inteligencia, Zapatero, sus muchachas y muchachos, lucen palmito en el papel cuché, en esa gran pasarela de vanidades que, como los hierros de las ganaderías, marcan a quienes aparecen en ellas. Lo que ya resulta más raro es que Zapatero busque un escenario consumista, conservador y afrancesado- -tres valores que comparto- -para decir de sí mismo que es rojo Cosas como ésa se dicen en blanco y negro, M. MARTÍN sobre papel escaso de graFERRAND maje y manoseado por sus ávidos lectores; pero así, entre modistos de postín y perfumes de renombre, suena a falso y pretencioso. No contento con ser y decirse rojo Zapatero presume de feminista y eso parece aún menos cierto. ¿Cómo va a ser feminista un presidente de Gobierno que, pudiendo escoger entre veinte millones de españolas inteligentes y cabales, ha requerido para integrar su equipo ministerial la nómina femenina que tanto nos alarma al frente de Sanidad, Cultura, Educación, Fomento, Medio Ambiente, Vivienda y Agricultura? ¿Que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega es de otra contextura que las aludidas? Bueno, pase; pero debe permitírsele, incluso a Zapatero, un desliz a favor del talento cuando, en la difícil responsabilidad de formar un equipo de Gobierno, se encontró con un gineceo y unos cuantos náufragos del océano socialista. Aun siendo rojo y feminista el presidente tiene por delante días muy amargos, no aptos para el tratamiento en sus publicaciones de cabecera. Ayer mismo, el líder de CiU, vencedor en las últimas autonómicas catalanas, Artur Mas, retaba a Maragall a convocar elecciones anticipadas para cegar la crisis de la credibilidad que ha sembrado el tripartito. A partir de ahí comienza para Zapatero un rosario de sinsabores. Si, como apuntábamos ayer, el PP decide presentar una moción para su censura parlamentaria, malo. Peor aún en el caso contrario, en el que el desmoronamiento posible, y previsible, en el tripartito catalán puede dejar al PSOE en una insoportable minoría en el Congreso. Históricamente, cuando, en un apuro, nuestros presidentes de Gobierno han querido disimular y reforzar su imagen, se han fotografiado con toda la familia para las páginas de ¡Hola! pero el paletismo de Zapatero y sus asesores, pobrecitos, ha preferido el colorín de importación al de fabricación nacional, y esas cosas, aparentemente menores, se pagan. Dice Zapatero no haber aprendido nada de la derecha, y se le nota. Además, es temerario pretender apropiarse del centro, el equilibrio mayoritario en la sociedad española, desde una hemiplejia confesada. Conviene siempre ampliar el horizonte. A EL PODER COMO PROBLEMA El autor analiza la extravagante política emprendida por Rodríguez Zapatero y su afán revisionista del marco legal acordado en 1978. A su juicio, el cambio de modelo, con el desbarajuste anejo que se ha creado, sólo está motivado por su ambición de poder N O estoy de acuerdo con quienes creen intuir tras la política del presidente del Gobierno el perfil radical de un republicano a la francesa, ni el del vindicador de la memoria de los derrotados en el 39. Ni siquiera el del reformista llegado tarde a resolver la Transición. En mi opinión la clave es mucho más sencilla: ambición de poder, ése es el problema. El 14 de marzo un estrecho diferencial de votos cambió radicalmente los ejes de la política española como no había ocurrido en nuestra historia reciente. La alternancia política resultante de las elecciones de 1982, como luego en 1996, no produjo la convulsión que ha seguido a las de marzo de 2004, las de la tragedia de los doscientos asesinatos cargados a la cuenta del gobierno anterior por el desastre de Irak. Sólo las constituyentes de 1977, es decir, las que abrieron el camino al cambio de régimen, tuvieron un alcance similar a las últimas, las de 2004. No eran menores las incertidumbres de entonces, pero sí mayor la fe en que las piezas de aquel ruidoso puzle acabarían por encajar en un futuro pacífico. Hoy el común de los ciudadanos no entiende que desde la propia presidencia del Gobierno se desarme ficha a ficha el paisaje que tan pacientemente acordaron todas las fuerzas políticas. Desde los terminales de la presidencia se arguye que veintitantos años son demasiados para una Constitución. O, más grave, que la del 78, la Carta de la Concordia, no fue producto de un ejercicio de libertad de los ciudada- nos, sino de las concesiones de los militares Que todo cambia y que un país como el nuestro lo ha hecho de manera exponencial es una obviedad. Como también, que esos cambios han sido propiciados desde las libertades que la propia Constitución garantiza. Pero que esta sea la hora de abrir en canal el sistema de equilibrio de poderes en ella establecido es una insensatez. Como estúpido es alegar que hemos vivido un cuarto de siglo en libertad vigilada. Sobre todo si quienes así dicen no militan en nacionalismos irredentos sino en el Partido Socialista, una de las lañas, la otra es el Popular, que debería garantizar la cohesión nacional. En mi opinión, ninguno de los argumentos aducidos constituye la raíz de la extravagante política socialista, sino meras ocurrencias con que enmascarar una realidad bastante más preocupante: que todo corresponde a una pura operación de poder. El banco azul traspasa los muros del hemiciclo; llega más allá de La Moncloa, y de ministerios, comunidades autónomas y ayuntamientos que no quieran perder comba en el reparto del presupuesto estatal; llega incluso a las confederaciones hidrográficas y a los presuntamente independientes órganos de control del mercado de valores, las telecomunicaciones, de la competencia, o el mismo Tribunal Constitucional. También, a instancias que no deberían controlar nada, como las televisiones públicas o las organizaciones de asistencia a las víctimas del te-